miércoles, 19 de marzo de 2014

Para vos,
Omar,
esta poesía de
“Les Élus de la Nuit


LA REINE

Je suis la reine
des essaims et des hommes
des termites et des astres,
des terrains vagues et des constelations.

Je suis née il y a trois millions d´annees
a la source d´un ruisseau d´or
qui coulait dans la Cappadoce.
Moi-méme, je suis en or masif, pur,
et mes gestes resplendissent tels une foret incendiée
ou une coulee de lave incandescente
sous une sombre nuit étoilée.

Je suis si imposante
que personne n´a jamais osé me toucher
ni méme m´approcher,
on dit que souvent, la nuit,
je me suis transmuée en charogne
dans l´espoir qu´au moins les hyénes
me caressent avec leurs langues rugueuses…
ce qui semble assez improbable pour une reine.

Je suis une reine.
Au-delá de la géometrie Je suis.
Je bois des néctars,
mange des friandises diaphanes
et sodomise des anges transparents.

Juan Bautista Piñeiro







DE REGRESO
   
“¡Qué mina bárbara la Negra! Una de las pocas realmente libre que conozco. No tiene ley, no tiene código, va a lo que saca. ¡Es un personaje! Algún día voy a escribir algo sobre la Negra. ¿Te fijaste con qué facilidad que atrae a la gente? Es como si los hipnotizara… y si, es media bruja. Ella sola da para una novela.”

 Sergio Mulet
“Tiro de Gracia”



De regreso en el laberinto infinito de Buenos Aires. Sin habérmelo propuesto estaba otra vez en el mismo lugar, aunque por supuesto algo había cambiado. Me parecía que había tenido que viajar muy lejos para vivir una parte de mi vida que se me había pasado por alto: mi adolescencia. Por unos pocos meses había vivido despreocupado y sin conflictos, a pleno sol y en absoluta libertad, tratando de seguir solo los impulsos de mi propio ser, sin imposiciones familiares ni problemas de dinero. Me había sentido independiente y capaz de arreglarme solo en el mundo. Y eso me había dado una nueva fuerza. Pero el vuelo había sido muy breve y había caído otra vez en esa realidad opresiva que ya conocía tan bien.
Rennée  y Gracielita se entusiasmaron cuando me vieron aparecer por la casa de San Telmo con Marisa y la brasilera Vicky, porque casualmente habían estado pensando en mí a raíz de las complejas operaciones esotéricas que estaban llevando a cabo en esos días; y cuando les mostré los pocos libros que había podido salvar de la desintegración del viaje de vuelta, se mostraron realmente asombradas: ¡Numerología!, ¡Tarot!, ¡Cábala Mística!… porque precisamente era en relación con esos temas que estaban trabajando.
Rennée no pareció muy contenta de volver a encontrar a Marisa. Habían sido amigas en un tiempo, pero parecía que ya no lo eran tanto. Marisa se entrometía en todas las conversaciones dispersando la concentración en el trabajo y la Negra optaba por no tenerla en cuenta para nada.
Yo me interesé muy vivamente en las investigaciones de mis amigas. Me mostraron sus esquemas y sus gráficos que coincidían exactamente con los temas desarrollados en mis libros. Así que inmediatamente nos pusimos a trabajar en una tarea que según Rennée, requería la mayor atención, porque había que hacer uso de todo el poder de la razón sin apartarse para nada de las formas más rígidas del pensamiento lógico. No debíamos confiar en la intuición ni dejar nada librado a la casualidad. Esto era aritmética, álgebra pura. Yo sentí que el piso se removía bajo mis pies. Las matemáticas no eran mi fuerte, pero ¿cómo explicárselo a mis amigas?... cuando yo sabía muy bien que para la Negra hasta la música y la poesía eran expresiones de las matemáticas superiores…
 El caso era que durante el análisis de los  componentes de los caracteres simbólicos de la escritura, es decir las letras del abecedario, habían descubierto que la letra Be larga imprenta mayúscula, segunda letra del abecedario y primer consonante estaba formada por la unión de los números 1 y 3 y que en realidad la B era el número 13 con sus caracteres 1 y 3 fusionados… O sea que el segundo exponente del sistema escrito, el dos lingüístico estaba formado por el 13 del sistema numérico. – Está claro – afirmaba la Negra- el dos contiene la raíz del uno y la posibilidad del tres…
 Así que nos abocamos inmediatamente a desarrollar en  papel milimetrado y sobre los ejes de coordenadas y abscisas el proceso por el que se llevaba a cabo ese fenómeno extraordinario.
Tomamos unas cápsulas de anfetaminas para poder concentrarnos mejor en el trabajo.
 Marisa y Vicky se fueron a dormir a la habitación contigua mientras nosotros nos sumergíamos en nuestros complejos gráficos.
 Mas tarde llegó Miguel y el trabajo se postergó para otro momento porque enseguida se puso a hacer unos temitas con su guitarra. Yo aproveché para cantarle  a capela los nuevos temas que había aprendido en Brasil, las composiciones vanguardistas de Vandré, Chico Buarque y Caetano Veloso. Y a Miguel le encantaron esas canciones. En buenos Aires el movimiento del rock nacional estaba en plena floración, se organizaban festivales y se editaban discos.
 Mas tarde apareció Luis Alberto Seguin, muy contento de volver a encontrarnos. Nos sentamos en un rincón en el suelo en posición de loto mirándonos frente a frente sin hablar, con una sonrisa idéntica. Habían acontecido tantas cosas durante mi ausencia… teníamos nuevos amigos… ya me contaría… pero mas tarde, porque acababan de llegar riendo y alborotando Javier y Melina contando la última aventura callejera: los habían parado los blus cuando venían para acá y los habían revisado minuciosamente aunque sin encontrar la bola de grass que desenrollaban en ese momento y que había pasado desapercibida en un bolsillo oculto de la campera. Melina estaba radiante y Javier de un humor mas corrosivo que nunca. Me miraba incrédulo, me palpaba y me decía:
-         ¿Ya estás acá otra vez, Omar?... ¿argentino yaaaaa?...
Y estuvimos haciendo música hasta la salida del sol, cuando Rosanrol fue a buscar leche y facturas, nos sentamos todos en un gran círculo en medio de la habitación, se abrieron todas las ventanas y las puertas para dejar entrar la luz del nuevo día y la Negra sirvió el desayuno envuelta en una bandera argentina, con el sol dorado refulgiendo sobre su pecho.
Después a lo largo del día nos fuimos quedando solos. Era así desde hacía un tiempo, la casa se llenaba de gente inexplicablemente, todos los amigos parecían coincidir en ese lugar en algún momento y después volvía la calma durante días…
Marisa y Vicky se fueron y quedamos en la casa Rennée, Miguel y yo. Nos refugiamos en la habitación grande cerrando ahora todas las puertas. Encendimos una vela y nos acostamos a leer tendidos sobre un colchón tirado en el suelo. Rennée nos leía “Los Grandes Iniciados”, el voluminoso libro de Shuré. En su velada voz pasaban las historias de Platón, Pitágoras, Buda, Jesús… y durante varios días no salimos de ese lugar apasionados con la maravillosa lectura.
 Mas tarde regresó Gracielita y nos trasladamos a la habitación de arriba. Allí la lectura continuó con “El Libro de los Muertos” en una edición que contenía el texto tibetano y el egipcio. Rennée me preguntó si tenía miedo cuando empezamos a leer acerca de las Divinidades Irritadas. Yo tomé un huevo muy blanco de la frutera junto a la cama  y lo paré en perfecto equilibrio sobre la palma de mi mano para demostrarle que mi pulso estaba bien firme y que no tenía nada de miedo. Renée me miró fastidiada y de un manotazo aplastó el huevo que chorreó entre nuestros dedos. Reímos juntos, pero enseguida ella  me advirtió:
-         No te distraigas, Omar, -me dijo muy seriamente- porque sino cuando mueras no vas a poder alcanzar la liberación del Samsara.
Y así continuó la lectura. Leíamos en voz alta y nos turnábamos para leer. En un par de noches leíamos libros enteros…
Amanecía cuando una de las velas con que nos alumbrábamos se consumió y pego fuego al colchón sobre el que estábamos tendidos leyendo. Como hipnotizados, veíamos que el fuego avanzaba y no hacíamos nada, seguíamos prestando atención a la lectura, pero en un momento nos alarmamos e intentamos apagarlo, entonces la Negra nos detuvo… ¿cómo íbamos a sofocar ese espléndido fuego que acababa de brotar entre nosotros?... El fuego, Agni, era una divinidad de la naturaleza muy poderosa… ¿quién se creía capaz de poder extinguirlo?... Nos veíamos iluminados por las cambiantes llamas flamígeras y estábamos fascinados mientras el fuego seguía creciendo y propagándose rápidamente a través del colchón. Enseguida la habitación se llenó de un humo espeso y sofocante. Y entonces, recién entonces Rennée rompió el encantamiento ígneo al que nos sometíamos como encandilados, se levantó de un salto y apartándonos abrió la ventana, agarró el colchón de una punta y lo sacó a la terraza donde se terminó de quemar desprendiendo densas volutas de humo gris sobre el  rosáceo amanecer.
Esa tarde salimos a pasear. Caminamos hasta el centro por la avenida Belgrano mientras Gracielita nos contaba que estaba ensayando un trabajo con su grupo para poner en el Di Tella. Se llamaba “Las Orestiadas”  y había muchas escenas de pura agresión donde los actores se daban con todo. Cada uno tenía un número, y cuando aparecía un número en la pantalla todos tenían que atacar al que tenía ese número. Todos contra ese… Todos con todo contra ese, durante varios segundos hasta que cambiaba una señal y todos volvían a inmovilizarse frente a frente esperando la aparición del número siguiente en la pantalla… Y en los ensayos había que darse en serio, aunque desarrollando ciertas técnicas actorales para no hacerse mal.
Mientras hablábamos llegamos al centro y anduvimos dando vuelta por los boliches del ghetto, hasta que en algún lugar Renée nos pidió que la esperásemos y entró en un edificio de departamentos del que salió enseguida diciendo que había pasado a saludar a una amiga. Seguimos caminando y ella se puso junto a mí.
-         Me dieron un regalito, Omar, mirá. –me dijo alegremente y me mostró un sobrecito. Escrito en letra de imprenta con un marcador verde decía: “Para Renée y Omar”, y mas abajo había pintado un corazoncito rojo.
-         ¿Qué es? –le pregunté.
-         L.S.D. –dijo ella-  recién llegado de California. Vamos a casa a tomarlo.
Así que lentamente volvimos caminando hasta San Telmo. Ahí nos estaba esperando Luis Alberto. Mientras tanto yo había tenido tiempo de pensarlo durante el camino y estaba paranoico, me perseguía una idea estúpida: ¿quién había escrito mi nombre en el sobrecito? Su amiga no me conocía, ¿cómo sabía mi nombre?, y por la letra parecía escrito por Renée… Estaba embotado y no podía pensar otra cosa. Abiertamente me perseguía y tenía miedo. Hasta entonces nunca había tomado lisérgico y tenía temor a tener un mal viaje, lo que era bastante frecuente según los relatos de algunos experimentados. Cuando entramos a la casa le dije a Renée que no tomaría el ácido. Ella me miró como desencantada sin poder evitar sus mohines despectivos, pero abrió el sobrecito y sacó una pastilla, la partió y le dio la mitad a Luis Alberto.
Pusieron música, encendieron velas y sahumerios y se pusieron a mirar juntos las maravillosas ilustraciones del libro de Carl Jung “El Hombre y sus Símbolos”. Al rato noté que estaban muy animados. Hablaban y se reían, cuchicheaban y se admiraban. Yo los observaba. Luis Alberto parecía ascender a un estado de conciencia cada vez más elevado. Las ilustraciones que veía le parecían extraordinarias, increíbles, fabulosas. Realmente ahí estaba todo el pensamiento humano expresado de la manera más bella y armoniosa y viendo los mandalas y los signos arquetípicos de la mente alcanzó en su viaje un estado tan próximo al Nirvana que se desmayó. No nos atrevimos a tocarlo. Sonreía y respiraba placidamente y despertó un rato después sin intentar explicar qué le había pasado. Se sentía bien y el viaje continuaba.
Yo me había puesto a observar a Renée y habíamos caído en el juego de “mirarse”. Ella me mirada asombrada y después se reía divertida. Pensé que me estaría viendo de las formas mas extrañas. Me concentré yo también en la mirada  y vi que la Negra se transfiguraba. Le brotaron del rostro líneas brillantes como pelos luminosos y la veía aureolada como los santos. Me preguntó qué veía. Le dije que la veía con largos pelos y barba como si fuese un profeta. Si, le dije que en realidad estaba viendo al mismísimo Moisés. Ella entonces se rió un tanto molesta y me dijo:
-         Vos sos Moisés, Omar. Yo no tengo nada que ver con tus visiones.
Entonces comprendí sobresaltado que estaba viendo mis propias proyecciones. ¡Y nada menos que Moisés, el colérico patriarca del pueblo de Israel! Mi proyección no era nada estimulante. Ahí estaba en lo profundo de mi conciencia otro símbolo de mi deformada educación judeo-cristiana. Entonces su rostro cambió bruscamente. Era un hombre feo al que veía ahora, un hombre muy feo cuyos rasgos brutales parecían haber sido modelados toscamente con sus propias manos… Pelos desgreñados, barba hirsuta, marcas, cicatrices… Y comprendí que ella era Sócrates “El Escultor de Hombres” cuya biografía ilustrada yo había leído de chico en una colección de Vidas Ilustres de una revista mejicana. Entonces Renée me preguntó qué estaba viendo ahora y cuando le dije un tanto avergonzado:
-         Veo al feo de Sócrates.
Se rió francamente y dijo:
-         Bueno, eso está un poco mejor.
Entonces yo le pregunté a mí vez:
-         ¿Y vos qué ves?
Ella dudó un momento antes de contestar y finalmente dijo:
-         Veo veo… algo muy extraño… No sé como explicarte… Veo la Impermanencia… Te veo aparecer… y desaparecer. De pronto estás ahí… y de repente ya no estás.
Me pareció bastante desconcertante su visión y preferí no indagar si se trataba de un fenómeno de proyección o de una visión objetiva. Empezaba a sentirme perseguido otra vez.
La psiquis del paranoico funciona así: ante el universo que lo ignora él todo lo relaciona consigo mismo. Para el paranoico todo lo que pasa y todo lo que se dice se refiere a él. No hay nada que no tenga relación con él. Como bien dice el refrán: “Si va a un casamiento cree ser la novia y en un velorio le parece ser el muerto.”
Entonces Miguel se puso a hacer un nuevo tema con la viola:

Apurate Josefina
que la misa se termina
tomá mate y empolvate
que sino dios te castiga.
En la iglesia Josefina
a todo el mundo examina
se olvida de sus pecados
por mirar a las vecinas.
Apurate Josefina
que la misa se termina
Josefina apurate
tomá mate y empolvate

Me pareció que sin duda alguna se estaba refiriendo a mí. Si, eso que estaba cantando lo cantaba por mí y para mí. Seguro, no tenía ninguna duda. Yo también sospechaba que el tema de la vaca “¿Nunca te miró una vaca de frente?” … lo había compuesto para burlarse de mi mirada obsesiva durante mis frecuentes ataques catatónicos. Así que pensé que otra vez se la estaban tomando conmigo. Me levanté y le dije a Renée:
-         Chau, me voy. –y empecé a salir de la habitación.
-         Viste… -dijo ella- …viste que siempre te vas… Algunos no encuentran mejor recurso que irse para hacerse notar.
Y todavía después, mientras viajaba en el ómnibus hacia mi casa continuaba oyendo su voz:
- “Te vas… vos siempre te vas…”

  
                                                    *



                                                  ...

martes, 18 de marzo de 2014

martes, 24 de septiembre de 2013

"GENERACIÓN DESCARTABLE" - ÍNDICE GENERAL

"GENERACIÓN DESCARTABLE"

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN A VERANO
EL COMIENZO
EL COCO
MIGUEL
EN LAS LILAS
ROMILIO
CYLBIA 
VOLÚBILIS VARIADA
PRIMAVERA
AMOR DE PRIMAVERA
REVOLUCIÓN NARANJA
¡HELP!
BRUJOS DE VERANO
LA PORDIOSERIE
MELINA
CAPILLA DEL MONTE
POEMAS DE PIPO REMOLINO
LA NEGRA RENÉE
TANGO
MONTE GRANDE
EL POZO
FIESTA EN EL PALACIO VERDE
EFECTOS
LUZ SPEED
BRASIL
LA CASA DE TIJUCA
LOS ÁNGELES DE LA CALLE
DEUS MITOLÓGICO 

..



"Al convertirse en escritura la realidad se hace mentira."


Mario Vargas Llosa

lunes, 23 de septiembre de 2013

omaragon omarteum: omaragon omarteum:" - Capítulo 27 - "DEUS MITOLÓG...

omaragon omarteum: omaragon omarteum:" - Capítulo 27 - "DEUS MITOLÓGICO"
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omaragon omarteum:" - Capítulo 27 - "DEUS MITOLÓGICO"

"Generación Descartable"

 Capítulo 27

"DEUS MITOLÓGICO"

Iba a playa de Leblón desde la mañana, me quedaba hasta la tarde y me gustaba volver caminando hacia la casa. Parecerá increíble porque hay una distancia inmensa desde Leblón a Tijuca por la costa, pero con frecuencia me gustaba hacerlo. De paso iba "trabajando", pidiendo dinero y así juntaba más de lo necesario. Me gustaba pasar a través de las amplias avenidas por la elegante Copacabana con sus lujosas lojas y sus hoteles internacionales donde los ricachones despreocupados solían dar hasta billetes de diez contos. Después pasaba el túnel del Pan de Azucar y seguía atravesando Flamengo y Botafogo hasta Cidade. En Flamengo no se conseguía mucho porque era un barrio de clase media y pequeña burguesía, y en Botafogo no convenía ni intentar el mangazo porque era un barrio de gente humilde y trabajadores, pero en Cidade valía la pena tomarse su tiempo. Primero porque allí volvía a encontrarse gente bastante pudiente y también porque era el lugar mas interesante de mi largo trayecto ya que cerca de allí se agrupaban el Museo de Arte Moderno, la Biblioteca y la Cinemateca, y ahí solía pasaba mis mejores momentos. Con frecuencia me quedaba las tardes enteras hasta bien entrada la noche  en ese lugar maravilloso. Solamente la arquitectura  ya era fabulosa. Desde las vidrieras de la sala de lectura se veía el mar espléndido de la Bahía de Guanabara y los amplios jardines del museo. Yo consultaba los ficheros y los libros de los anaqueles que a diferencia de otras bibliotecas eran de libre acceso, es decir que el público podía revolver y buscar directamente entre los estantes. Después recorría las salas de las exposiciones de pintura y escultura, y como broche de oro asistía a la proyección de algún film de antología en el pequeño auditorio de la cinemateca. Ese era mi gran mundo. Salía a fumar un joint en los jardines de diseño ultramoderno, entre las esculturas abstractas y volvía a recorrer los salones de exposición. Veía obras increíbles como nuca había visto en las galerías de Buenos Aires a no ser entre las vanguardias del Di Tella. Pero los artistas plásticos brasileros me parecían más osados y con más sentido del humor que los argentinos. Una noche en la sala de proyecciones ví  “Gabinete del Doctor Caligari” que me dejó sorprendido y alarmado.
 Después seguía camino hacia Tijuca recorriendo una avenida tras otra.
Había conseguido comprar un calentador y algunos utensilios de cocina y ya podía prepararme algo de comer al llegar a  la casa.
Un día apareció la conflictiva Laura Madanes. Se había escapado de su familia en Buenos Aires y se había largado tras nosotros. Nunca supe cómo había hecho para encontrarnos pero estaba ahí, durmiendo en la habitación de Marisa en el Palacio de Tijuca. Yo no la soportaba. Estaba más perversa que nunca, me recordaba aquel estilo de crueldad del mundo de Renée y de toda la gente de Buenos Aires que yo había olvidado tan rápidamente y que de pronto ella me devolvía  con su perverso estilo. Me dí cuenta, así de repente todo lo que había cambiado mi vida. En principio ya nada me perseguía. Nadie me perseguía.  La gente no me resultaba ni cruel ni retorcida. En cambio la gente de Río me parecía fresca, amable, expresiva y afectuosa. También es cierto que yo había dejado de tomar esas nefastas pastillas de anfetamina y tal vez esa fuese la verdadera causa de todo el cambio. Me sentía saludable y vital. Estaba conociendo un mundo nuevo que me atraía con una fuerza continuamente renovada. Ahora todo resultaba simple y bello. Porque también había dejado atrás la relación conflictiva con mi familia y ese era otro factor importante de mi liberación. No quería ni pensar en el complejo mundo de mi vida en Baires y las conversaciones crispadas de Laura me causaban pavor. Pero no estuvimos mucho tiempo juntos, cambiamos unas pocas palabras y noté que a su vez ella no me reconocía, algo había cambiado en mí que ya no era el mismo. Yo creía saber cual era el secreto: solo el sol y la magnífica gente de Río sin conflictos, sin dramas. La ví tan atrapada en su propia trama que solo pude decirle que se tomase un tiempo y que en pocos días estaría mejor. Ella se enganchó con Marisa y la turma y casi no volvimos a vernos.
Me quedé pensando en mi propio cambio. Qué increíble que hasta ese momento me hubiese pasado desapercibido, pero el caso era que hasta la maconha ya no me producía aquellos delirios persecutorios, los estados catatónicos y las terribles paranoias.
Había sido todo una pesadilla, un mal sueño, una enfermedad del lado de allá. En realidad el grass me hacía bien, me ponía optimista, me divertía, era saludable, encima me daba hambre y me renovaba las energías. Activaba mi imaginación y ampliaba mis percepciones. Era medicinal, me conectaba con la vida mientras que mis experiencias en Baires estaban signadas por obsesiones autodestructivas. De pronto adoré Río y amé Brasil.
También mi imagen había cambiado: me había cortado el pelo muy cortito y me afeitaba barba y bigotes. Me ocupaba de andar limpio y bien vestido. Tal vez influenciado por Juanito y Marisa me adaptaba al gusto carioca por la ropa nueva y los cuerpos limpios. Yo venía de participar en la floración del movimiento hippie en Baires, pero en Río ese fenómeno todavía no se había manifestado a nivel popular. Aún no se veía por las calles a la gente de la generación de la flor y aunque por la radio se  pasaba música de los Beatles, todos preferían la música brasilera.
Por esos días asistí en Cinelandia al estreno de Satiricon de Fellini y quedé fuertemente impactado, me parecía que los hermanos incestuosos éramos Juanito y yo y también adoré al semidios albino que moría de sed en medio del desierto… sin duda nunca había visto nada comparable. Una obra de arte mayor.
Enseguida llegaron las fiestas de fin de año. Había dejado de ver a Juanito que ya vivía con sus nuevos amigos en Ipanema. Nos veíamos a veces paseando por la avenida costanera. Pero en cambio se había profundizado mi relación con Marisa. Al menos en el terreno en que parecíamos necesitarnos. 
Marisa era de ese tipo de personas que no pueden dejar de inventar todo a cada momento. Inventar y reinventar la realidad todo el tiempo. Mentía todo y mentía bien pero era evidente que mentía mas por  originalidad que por necesidad. Sin duda creía, como muchas personas, que decir siempre la verdad era de lo más aburrido. Y cuando me necesitaba para algún maneje yo era siempre su mejor amigo, su "hermano", pero una vez conseguido lo necesario se alejaba de mi sin complejos. Pero yo la quería y me encantaba su forma de ser tan fresca, superficial y voluble. No éramos pareja y no iba a andar exigiéndole nada, al contrario, me gustaba así mismo, tal como era. No paraba un momento y siempre estaba inventando alguna historia. Y no era solamente que mintiese, podía decir también las verdades más crueles acerca de si misma y de los otros, pero además había que inventar otro tanto, aunque solo fuese como divertimento. Algunos creían que era malísima, según la fama que se hacía ella misma y algunas veces hasta tenía que demostrarlo, pero con los amigos era puro corazón. Típica canceriana, siempre estaba enamorada, siempre obsesionada por algún amor, por amar y ser amada. Con la turma se tomaban toda la cerveja, después seguían con el whisky y acababan con la ginebra. Hablaba todo el tiempo y sabía contar las anécdotas más graciosas y ocurrentes. A veces se le salía el Rolling Stone que llevaba a dentro y se peleaba y rompía todo. Cuando despertaba después de una resaca tenía fuertes sentimientos de culpa y había que pagar los platos rotos, pero sabía tener la fuerza necesaria para reponerse.
Cuando supo que yo pedía dinero por la calle para comer y para otros gustos como el cine y alguna ropa enseguida formamos una sociedad de trabajo. Y así fue como salíamos a trabajar todos los días, preferentemente en el horario de bancos y oficinas. Nos íbamos al centro de Cidade y empezábamos con el verso para conseguir dinero. El verso era siempre el mismo con leves variantes: “Disculpe señor, nois somos estudantes aryentinos y ficamos sin dinhero.” Eso era invariable, pero después introducíamos variantes según el caso: “No recibimos nuestra mesada y necesitamos dinhero para viajar… o para comer… o cualquier otra cosa. Y la gente nos daba. ¡Era increíble cómo nos daban! Y Marisa era especial para detectar fortunas. A simple vista ella sabía muy bien a quién había que pedirle, o por la cara o por el traje, o por el carro o por lo gordo o por la expresión bonachona, y nuestra especialidad eran los “gorditos opulentos”. Esos eran los que más daban, sin preguntar nada, y era increíble toda la plata que juntábamos al final de la tarde. Yo tenía los bolsillos llenos de todo tipo de billetes chicos y grandes. Por lo general el trabajo era bastante mecánico y en pocas horas nos hacíamos el día. Pero muchas veces pasamos por situaciones divertidas, interesantes o complicadas, porque a veces se daba el caso de encontrarnos con gente que se enojaba porque ya le habíamos pedido otras veces otros días y se daban cuenta de que éramos cuenteros, y algunos nos amenazaban con denunciarnos a la policía. Pero había muchos que además de ayudarnos nos brindaban su amistad, entablábamos conversaciones interesantes y hasta nos invitaban a su casa a comer. Como generalmente pedíamos para comer que era lo mas efectivo siempre nos encontrábamos con alguien que casualmente iba a almorzar a un restaurante y nos invitaba a compartir su mesa. Aunque preferíamos el efectivo no podíamos rehusar tanta amabilidad y algunas veces nos vimos obligados a almorzar dos veces seguida en distintos lugares con diferentes comensales. Entonces teníamos que fingir estar hambrientos y comer todo lo que nos servían.
Había que tener buena memoria visual para no tocar a una misma  persona varias veces porque eso las enfurecía.
Cuando terminábamos de trabajar nos repartíamos el dinero y cada uno se iba por su lado. Yo había comprado alguna ropa y cosas para la casa, pero Marisa se gastaba todo en las salidas nocturnas con sus amigas. Cuando se quedaba sin nada me pedía de lo mío. Yo  solo gastaba para comer, para cinema y para grass, así que siempre me sobraba plata y le prestaba sin esperar devolución.
 Pasamos la fiesta de natal en casa de una familia amiga de Marisa y después nos fuimos a bailar. Pero el 31 a la noche todo el mundo estaba en la playa festejando Yemanjá, la diosa del mar. Todos los habitantes de las favelas bajaban a la bahía con presentes de flores, bailando y cantando viejas canciones tradicionales. La playa se llenó de velas encendidas y altarcitos con peines, comidas, bebidas, ofrendas de dinero, flores y espejitos… regalos para la diosa que a medianoche son botados al mar en pequeñas barcas. Las negras bahianas con sus vestidos impecablemente blancos orlados de puntillas formaron rondas y bailaron sobre la arena hasta entrar en trance. Una ceremonia maravillosa que jamás olvidaré. 
 Aveces yo robaba algún libro en las bancas de journais y pasaba varios días leyendo en la casilla del jardinero. Pero un día Marisa me pasó un libro recientemente editado en portugués: “Diario de un Ladrón” de Jean Genet que me produjo una fuerte impresión. Enseguida adoré ese estilo delirante con esas descripciones tan poéticas de las ropas de los vagabundos y los presidiarios, sus aventuras marginales, sus amores trasgresores, sus traiciones, sus miserias… Me costaba leer en portugués pero devoré el libro en muy poco tiempo y a veces Marisa me traducía.
Hasta que en algún momento comencé a deprimirme. Tal vez extrañase a Juanito. ..No lo sabía con certeza, pero dejé de ir a la playa. Salíamos a trabajar y yo volvía al palacio y me pasaba leyendo toda la noche, oyendo los tambores obsesivos de las escolas de samba, fumando grass solo en mi habitación, dibujando y escribiendo.
También salía a encontrarme con los ángeles de la calle y luego dormía días enteros. Una noche desperté  antes de medianoche. Había estado leyendo y durmiendo y fumando y de pronto sentí pasos sobre la hojarasca del jardín y vi a Juanito entrando en la habitación. Me pareció increíble y casi milagroso. Se sentó junto a mí al borde de la estera y me miró preocupado.
-         Omar… ¿qué te pasa? Hace tanto que no sé nada de vos… Marisa dice que no querés salir, que estas deprimido. Estamos en Río de Janeiro, Omar, tenés que disfrutarlo. Aprovechar este momento de tu vida que nunca se va a volver a repetir…
Yo lo miraba sonriente y dopado sin poder contestar y el siguió diciendo:
-         ¿Qué estas haciendo aquí?... solo, en esta casa abandonada... Este lugar no te hace bien. Tenemos que hacer algo.
Me pareció de pronto un ángel asomado al borde del infierno. Nos quedamos en silencio un momento, después me acarició levemente y se marchó.
Algunos días después en pleno calor del mediodía sentí que alguien llamaba en el jardín y cuando abrí la puerta ví a un señor gordito y elegantón, de cierta edad, con ojos claros de muñeca. Se presentó: era Cecilio Madanes, el tío de Laura y estaba persiguiendo a su sobrina que se había fugado de la casa, la mocosa. Le habían dicho que estaba viviendo allí con nosotros. Le dije que había estado unos días en la casa cuando llegó de Baires, pero que después no había vuelto a verla. Quiso saber qué hacía yo y de qué me ocupaba. Confundido le mostré alguno de mis delirantes dibujos y después se fue.
Al poco tiempo dejamos el palacio de Tijuca. Con Marisa trabajamos fuerte varios días seguidos y alquilamos  una habitación en una pensión de Ipanema a pocas cuadras de la avenida. Era un lugar discreto y la habitación era amplia y cómoda. Fue por entonces que leí el “Justine” de Sade ya que Marisa era lectora apasionada del divino marqués. También vimos juntos el inquietante film de Polansky “El bebé de Rosmary”.
 Ahora nuestros amigos podían visitarnos en la pensión. Marisa dormía sola en la cama grande de puro ventajera que era, porque decía que ella necesitaba dormir sola porque daba muchas vueltas durante la noche. Yo dormía en un colchón en el suelo.
Y pronto llegaron los famosos carnavales cariocas. Vi todos los desfiles de las escolas. Una noche la divina Verushka entusiasmada atravesó la valla que contenía al público y quiso meterse a bailar con las comparsas pero fue  expulsada  violentamente por los agentes de seguridad. Por mas famosa que fuese ningún extranjero podía invadir la sagrada  pista del sambódromo… Ese año Portela ganó el premio del carnaval. Me gustó mucho el desfile histórico que contaba la liberación de los esclavos. Bailé por las calles atestadas al son de la música hasta el amanecer. La gente se tiraba a dormir en las veredas y  yo seguía bailando con mis amigos hasta terminar en la playa. De pronto vi que se me venía encima… Cecilio Madanes enfurecido.
-         Mirá mocoso de mierda, -me dijo enojadísimo –que sea la última vez que le decís a mi sobrina que yo tengo pinta de trolo porque te rompo el alma. ¿Me entendiste?
Y se volvió a perder entre la gente, ¡el tío! La tarada de Laura me había metido en un lío con su eterno chismorreo.
Con Marisa ya íbamos a trabajar en taxi y cada vez éramos más hábiles con el verso y con la gente que tocábamos. Nos iba tan bien que abrimos una cuenta  de ahorro conjunta en un banco.
Una tarde encontramos unos hippies argentinos paseando por Cidade. Desgreñados y sucios al estilo hip nos pidieron dinero a nosotros en un portuñol risible. El trío estaba compuesto por un muchacho y dos chicas. Él era un tal Leo, que se presentó como astrólogo y que viajaba con sus dos mujeres que además eran hermanas. Enseguida supimos que era amigo de la negra Renée quien una vez le había tirado las cartas y le había aconsejado tener dos mujeres para colmar sus ansias amatorias. Así había encontrado a las dos hermanitas y formaban un triángulo feliz. Los llevamos a la pensión y pasamos unos días juntos hasta que siguieron viaje. Y así fue como me enteré que Marisa también conocía a la Negra.
- Claro, -me dijo – si fuimos amigas y algo mas… vivimos juntas en el Melancólico.
Yo no salía de mi asombro ya que nunca se me hubiese ocurrido asociarlas.
La dueña de la pensión considerando que nos visitaban tantos amigos nos ofreció un lugar mejor en otra casa de su propiedad cerca de allí mismo, en una calle que subía la ladera del morro. Nos dijo que allí vivían unos músicos locos y que estaríamos más en nuestro ambiente. Y entonces nos mudamos.
Era una casa en una calle que subía hacia el morro en un laberinto de callecitas entre Copacabana e Ipanema. Una casa de dos pisos con un hermoso jardín al frente. Ocupábamos una habitación en el piso superior que tenía un largo balcón, justo al lado de la habitación de los músicos, unos chicos divinos que habían formado una banda de rock sensacional. ¡Finalmente había rock también en Río! Ya estábamos allí, y los músicos ensayando todo el día con sus potentes equipos. Tenían un estilo parecido al de los Cream. Nuestros balcones se comunicaban y del otro lado llegaba un olor bien conocido. Era de tarde y Marisa se quejaba porque no había podido dormir la siesta. De pronto la vorágine del rock se aplacó y oí que comenzaban a hacer un blues y cuando la voz del cantante arrancó con el tema salí al balcón  irresistiblemente  y me asomé por la puerta abierta de la habitación de al lado, para ver enseguida unos pelos amarillos enrulados y unos ojos de un azul  muy intenso. Era Arpa cantando “My Chemis” y con un rápido intercambio de sonrisas nos hicimos  grandes amigos. Desde entonces no me perdía un momento de las largas horas de ensayo. Todos los chicos del grupo eran formidables, pero yo tenía una comunicación especial con Arpa. Me gustaba su actitud crítica y contestataria y me gustaba sus composiciones y su voz poderosa. Teníamos largas conversaciones y nuestros pensamientos eran muy afines. Él me llamaba “meu amigo aryentino” y a mi me parecía que nuestras mentes estaban muy conectadas porque nos bastaba una mirada para entendernos.
El grupo ensayaba allí, pero cada uno vivía en su casa. Un día fuimos a ensayar a lo de Arpa. Tomamos un viejo tranvía que se montó a la cresta de los morros dando vueltas y más vueltas hasta que llegamos a una casa muy hermosa en medio de un inmenso parque. Entre añosos árboles la casa parecía salida de un cuento de hadas. Ensayaron toda la noche, y nos fuimos al amanecer, yo con la certeza de haber conocido un ser excepcional: Arpa…
Juanito regresó a Buenos Aires en esos días. Se volvía porque tenía que ver qué pasaba con la publicación de su libro. Pasó el último día en Río con nosotros y esa noche a la hora de partir estábamos muy tristes. No sé por qué le preparé un sándwich de presunto para el viaje y lo acompañé a tomar el taxi que lo llevó hasta la rodoviaria.
El verano llegaba a su fin, pero aún a fines de abril todavía estábamos con Marisa tomando sol en la playa mientras ella me decía:
-         ¿Te das cuenta Omar?... En pleno mes de abril mientras todo el mundo ya volvió a su trabajo nosotros estamos aquí en la playa como bacanes, tenemos buena guita, vamos a boite, vivimos en una casa hermosa, tenemos amigos hermosos, tomamos taxis… ¡Esto sí que es vida!
Pero pensábamos trabajar. Una señora amiga nos había encargado unos trabajos de artesanía, enhebrar unos collares de cuentas, pulir unas fantasías, hacer un marco de metal para un espejo… Nos había dado el material y hasta nos había facilitado las herramientas, pero no nos decidíamos a comenzar.
Mientras tanto en unas de mis habituales incursiones por las librerías me encontré con un libro que me llamó la atención. Estaba envuelto en papel transparente y traía un juego de extrañas cartas. Se trataba de “O Livro do Tarot”. Sin pensarlo dos veces puse el libro entre las revistas que llevaba y salí de la librería. Unas cuadras mas adelante en una banca de journais descubrí unas revistas literarias francesas formato Planeta, tomé un par de ejemplares y seguí mi camino con la mayor naturalidad. Poco después en una calle de comercios elegantes me paré a mirar una vidriera y divisé unas hermosas camisas. Entré a preguntar el precio, pero en el local parecía no haber nadie y me puse a mirar la mercadería. Nadie venía a atender. Tomé varias camisas de tul de seda muy bonitas con dibujos de flores y mariposas de vivísimos colores y las guardé entre mis ropas. Eran de una tela tan fina que cabían en un puño. Seguí mirando todo, salí de la tienda y me alejé. Había leído a Genet y estaba inspirado. Descubrí que tenía gran habilidad para la sustracción, y sobre todo muy buena suerte. Los tesoros de Río se me ofrecían generosamente, parecían decirme: “toma lo que quieras, es todo tuyo”.
Marisa me presentó a su amiga Ángela. Era muy ingeniosa y hablaba con la zeta. Inmediatamente la encontré parecida a Gracielita. Ella pensaba que yo era un tanto diabólico y hasta planeamos casarnos, todo en joda, claro, porque ella decía que quería ser “a mulher do Diabo”, pero en realidad me inquietaba un poco ese juego donde yo encontraba extrañas coincidencias...
 Marisa casi nunca fumaba maconha y solo lo hacía de vez en cuando para complacerme. Entonces se ponía muy divertida y los juegos de palabra eran interminables. Pero en cambio volvía siempre al amanecer invariablemente muy alcoholizada. Yo estaba siempre fumando grass y como no me gustaba mucho bolichear me quedaba leyendo y escuchando música. Billy la enamorada de Marisa nos había prestado un tocadiscos chiquito portátil y yo me había “conseguido” unos buenos disquitos 33 rpm: “Safe in my garden” de The mamas and the papas, Michel Polnareff, “Le roi de fourmis”,  de los Beatles: “Viaje mágico y misterioso”, el magnifico “Fool on the Hill” y “Rústico camino azul” (mi preferido).
Una noche girando por Copa conocí un chico muy dulce que cuando supo que yo era argentino me confió su admiración por el Che Guevara. No podía entender que no me interesase la política cuando según él “todo era política”.  Tuvimos un  encuentro  tan apasionado como efímero que duró esa sola noche. Al amanecer salí al balcón envuelto en una sábana. Salía el sol y me subí a uno de los pilares del balcón. Soplaba una ligera brisa marina. Me descubrí haciendo flamear la sábana y baile  para él, desnudo sobre la calle vacía mientras la ciudad se iba despertando. Pero no volvimos a encontrarnos.
Hasta que una noche Marisa apareció con unas cápsulas de anfetamina… Estaba muy loca y no podía parar de hablar. Decía tener saudades de Argentina. Extrañaba Buenos Aires, los amigos, los boliches. Quería volver cuanto antes y nos pusimos a planificar el regreso. Nos iríamos así, sin avisar a nadie para evitar la pálida emocional. El mismo lunes sacaríamos nuestros ahorros del banco y saldríamos para Sao Paulo y de ahí directo a Buenos Aires. Yo también estaba nostalgioso de mis viejos amigos, de los boliches y  del reviente porteño… Comenzamos a preparar nuestro equipaje. Nos llevaríamos todo. No había tiempo de andar devolviendo nada ni de  dar explicaciones. Había muchas cosas, demasiadas. Los libros nomas ocupaban dos bolsos inmensos y con la ropa se hicieron otros dos bolsos más. Y los trabajos encargados, los discos, el tocadiscos, todo… Tuvimos una duda a último momento: llevarnos los trabajos encargados ya era demasiado deshonesto porque esas personas habían tratado de ayudarnos, pero no podíamos quedarnos a dar explicaciones. Sí, nos íbamos con todo.
Nadie nos fue a despedir ya que nadie supo que nos íbamos. Yo solo lamentaba no poder decirle adiós a mi querido Arpa, pero el lunes a primera hora sacamos nuestro dinero del banco y tomamos un ómnibus en la rodoviaria con destino a Sao Paulo. Por supuesto que hasta nos fuimos sin pagar la pensión. Me sentí muy culpable de llevarnos  los trabajos encargados, que no eran cosas de gran valor, apenas unas chucherías, pero la actitud era pésima, aunque si uno se complace en leer a Sade y a Genet también hay que llevar la teoría a la práctica…
Al escribir todo esto pienso que aquella huída fue muy extraña. En realidad no huíamos de nada en particular, pero… ¿de qué estábamos escapando?... A veces me asalta una sospecha: ¿qué motivos podía tener Marisa para salir así de Río?... ¿por qué abandonaba repentinamente a sus queridas amigas de la turma sin dar explicaciones?... ¿Habría roto dramáticamente con su amada Billy?...Tal vez no haya sido solo un cope anfetamínico y saudades…pero ella no quiso aclarar nada al respecto...
Llegamos a Sao Paulo y buscamos a una amiga que nos alojó por unos días. Vivía con su familia y su pareja: Vicky, una garotinha muito bonita, casi una crianza. Por la noche salimos a bolichear y Marisa se enganchó con Vicky. Ella misma nos pidió que la llevásemos con nosotros a Buenos Aires… y nos fuimos… con todo nuestro exceso de equipaje… y con Vicky.
Al amanecer salimos a la ruta a hacer carona. ¡Nos llevaban! Dos muchachas y un chico…. íbamos viento en popa. Yo veía con pena como la  original arquitectura con características orientales iba quedando atrás… Las casas de colores intensos… los ornamentos coloniales… Pasamos por una extensa región de chalets tipo alpino mientras Marisa distribuía  las últimas cápsulas de anfeta  hablando sin cesar en la cabina del camión que nos llevaba. Hablaba sin parar extasiada y angustiada. Y nos amaba, decía, éramos sus mejores amigos y nos amaría siempre…
En Porto Alegre buscamos a una amiga que habíamos conocido en Río durante el carnaval. Era divina y muy parecida a María Bethania y nos alojó unos días en su casa.
 Nuestro equipaje se había  aligerado sensiblemente. Por obra de lo que  convenimos en llamar  “la magia de la mafia brasilera” olvidamos los dos inmensos bolsos con libros y ropa en el baúl de un taxi. Re-volados nos bajamos muy frescos del coche y recién cuando se alejaba a toda velocidad nos dimos cuenta entre sonoras carcajadas que se llevaba todos nuestros tesoros.
Pasamos unos días en Porto Alegre y seguimos viaje.
Antes de llegar a la frontera, en un camión que nos dejó en medio de la ruta olvidamos otra valija con los trabajos, los materiales y las herramientas. Cuando llegamos a la frontera nos quedaban apenas los bolsitos de mano y una pocas cosas más. El sueño se había desvanecido en nuestras manos, pero aún teníamos a Vicky con nosotros como trofeo:  una auténtica aborigen brasilera.
Llegamos a Buenos Aires y caímos los tres en casa de mis viejos quienes no tardaron mucho en descubrir escandalizados la relación que había entre Marisa y Vicky y ahí se pudrió todo. Marisa se fue a procurar un lugar para llevar a Vicky, pero se enganchaba bolicheando con sus viejos amigos y  así pasaban los días. Vicky en mi casa se aburría, extrañaba y dormía todo el día, hasta que  finalmente Marisa llegó y se la llevó a una pensión.
Entonces yo empecé a preguntarme qué estaba haciendo ahí, otra vez en la maldita Buenos Aires y a comienzos del pálido otoño.
Como Wan-Tzu no sabía si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre…



                                                             *

(Fin de la primera parte de "Generación Descartable")
Continuará.


sábado, 24 de agosto de 2013

omaragon omarteum: omaragon omarteum:"LOS ÁNGELES DE LA CALLE" - "Gen...

omaragon omarteum: omaragon omarteum:"LOS ÁNGELES DE LA CALLE" - "Gen...: “Generación Descartable”   Capítulo  26  “LOS ÁNGELES DE LA CALLE ” “Yo bebo los néctares, como los manjares diáfanos y sodomizo a los ángeles transparentes.”...