"También estaba "El Simplón", cuyo nombre en polaco significa "El Oscuro" y que puede asociarse a una sensible inocencia, al idiota medieval que sin saber posee los poderes de la luz y de la oscuridad. Fue introducido como víctima involuntaria en los juegos del grupo y elegido como su salvador. Desesperado por el amor del grupo y por haberlo aceptado, gradualmente fue consumido
por la fuerza de su propio papel y luchó inutilmente contra su extinción final. Su agonía producía placer, ira, piedad y aceptación entre sus torturadores.
Jennifer Kumiega
"Apocalipsis de Grotowsky
Algunas noches nos encontrábamos en el Obelisco. Se había empezado a correr la noticia de que en Buenos Aires estaban los hippies y llegaban chicos y chicas de diferentes lugares. Yo me había hecho famoso de repente sin ningún mérito de mi parte. Entre divertidos y entusiasmados mis amigos me habían conducido hasta un kiosco de revistas para mostrarme mi propia fotografía a toda página el día de la primavera en la revista 7 Dias. Yo no lo podía creer, pero ahí estaba, con los anteojos blancos Polnareff, la banderita de taxi LIBRE en el cuello y la estrella de Sheriff Deputy . Era muy increíble y divertido, aunque el texto a pié de página fuera un tanto malicioso. Y todo el mundo me comentaba la publicación de la fotografía. Yo no le daba importancia, pero había adquirido tres ejemplares de la revista.
Una noche en el Obelisco estaba conversando con Patty. Nos habíamos hecho muy amigos porque los dos compartíamos un estilo un tanto misterioso y esotérico. Entonces se acercó Sonia. Era una muchacha muy hermosa de largos pelos rubios y lacios. Me dió unos marcadores de colores y me pidió que le hiciese algún dibujo en la cara. Y así mientras conversábamos con Patty dibujé en la frente de Sonia una serpiente alada color azul. Sonia había sido novia de Tango, y después de Pipo y creo que ella había inspirado la letra de "La Dorada Princesa del Verano" a nuestros juglares. Además, lo que después llegó a ser "Diana Divaga", ese tema tan bien grabado con letra y música de Miguel, en un principio fue otra cosa, porque Miguel había hecho esa música para un poema de Sonia que se llamaba "La Niña Verde". Sin duda Sonia había quedado impresionada por la lectura del libro de ese crítico de arte que fue Herber Read y la lectura de ese texto le había inspirado un poema que fascinó a Miguel quien le puso una música que ya venía componiendo. Entonces el tema decía algo así:
"La Niña Verde está tocando el Cristal,
el Escarabajo de Plata le sigue el compás,
una Gran Voz de Naranja sale de la cueva mágica..."
Era una letra lindísima, muy psicodélica, al estilo hipp y la música entraba perfecto. Todos cantábamos ese tema con la letra de "La Niña Verde" de Sonia. Hasta que un día Miguel cambió la letra por la de "Diana Divaga".
Sonia era una presencia muy mágica. Yo la veía rodeada de un halo luminoso y sin duda creía que tenía grandes poderes ocultos. Me parecía ese tipo de seres muy hight que llegan a la tierra en ocasiones especiales. Generalmente no hablábamos mucho, pero solíamos enfrentarnos y mirarnos sonrientes. Y aquella noche ella me tomó de las manos y me dijo que si estaba dispuesto tenía pensado someterme a una pequeña prueba para saber si yo creía realmente en la magia.
Le dije que estaba preparado, entonces ella dijo que simplemente se trataba de ir caminando con los ojos cerrados y pasar através del Obelisco.
No pude evitar reirme ante tal ocurrencia, pero me aseguró que no era ninguna broma y que ella ya lo había experimentado con otros "iniciados". Me explicó, muy misteriosa, que exactamente en la base del Obelisco había una "puerta dimensional". No esa puerta chiquita que podíamos ver y que era la entrada al interior del monumento, sino una verdadera puerta hacia otra dimensión, una puerta sin puerta, un espacio inmaterial que como los agujeros negros comunicaban con algún lejano lugar del universo y que ella junto con otros amigos ya había atravesado. Pero me advirtió que debía tener una fuerte convicción porque ante la menor sombra de duda uno podía chocarse contra la pared.
Así que nos tomamos de la mano, nos ubicamos en la dirección al Obelisco y me pidió que cerraramos los ojos y que no los abriésemos por nada del mundo hasta haber pasado al otro lado. Después me indicó que extendiesemos los brazos hacia adelante como los sonambulos y empezamos a caminar a grandes pasos.
Yo trataba de tomar la prueba con la mayor seriedad posible pero ya le había dicho que no creía poder lograrlo. Me parecía que teoricamente era posible puesto que no creía demasiado en la realidad del mundo material pero no me sentía con la fuerza necesaria como para realizarlo y mientras caminabamos con los ojos cerrados, cuerpo a cuerpo, aferrados con una mano y con los brazos extendidos hacia adelante comencé a sentir un indecible pánico.
Sin embargo nada podía pasarnos. Estábamos encaminados en linea recta hacia el Obelisco y no podíamos desviarnos. Era una noche fresca y la plazoleta estaba desierta así que tampoco podíamos tropezar con ningún transeunte. En ese tiempo la Plaza de la República no estaba cortada por la avenida Corrientes así que podíamos caminar sin peligro alguno. Toda esa profusión abigarrada de letreros luminosos y luces de neón se había atenuado detrás de los párpados cerrados y solo percibíamos apagados resplandores intermitentes. El viento nos daba en la cara y nos agitaba el pelo y las ropas pero continuábamos avanzando implacablemente con largos y decididos pasos. Detrás nuestro habían quedado nuestro amigos observándonos con curiosidad expectante.
Me pareció que caminábamos mucho tiempo y que recorríamos un espacio mucho mayor que la distancia real que nos separaba del monumento, y en un momento tuve la certeza de que ya habíamos pasado atraves de la pared... Pero... ¡cómo podía ser? ¡debía estar soñando! Si, tenía la fuerte sensación, tal vez por tener los ojos cerrados de que todo eso lo estaba soñando y entonces sentí verguenza de mi credulidad y miedo ante lo ilusorio de la realidad. Me detuve en seco con una exclamación de asombro como tratando de despertar y abrí los ojos desmesuradamente para comprobar sobresaltado que el Obelisco estaba ahí, delante nuestro y a muy pocos centímetros de nuestras manos.
No pude contener una expresión de desencanto. Sonia abrió los ojos y me miró contrariada:
- ¿Qué te pasó? -me dijo. - ¡Si ya estábamos por lograrlo!..
Me hizo un gesto de complicidad y agregó:
- Vení, te voy a mostrar algo.
Me condujo atraves de la plazoleta circular hasta una de las bocas de entrada al subterraneo y bajamos los escalones. Como era tan tarde las puertas estaban cerradas y chocamos contra las rejas que obstruían la entrada.
- No importa. -dijo Sonia. -Desde aquí igual se ve.
Y como si fuese un premio consuelo, através de las rejas me señaló más adelante, en el largo corredor de enfrente un anuncio de publicidad muy grande que ocupaba toda la pared. Era la foto de una inmensa naranja. En todo el cartel no había nada más que esa hermosa gran naranja. Era ese tipo de pre-publicidad sin alusion a marca alguna pero que estaba destinada a crear expectativa. Al pié del cartel decía en gruesas letras verdes: "YA LLEGA LA REVOLUCIÓN NARANJA".
Era realmente un lindo afiche y nos quedamos mirándolo durante un largo rato. Parecía una promesa de algo bueno que se aproximaba, que debía ser formidable y revolucionario a la vez que simple y redondo como una naranja.
"GENERACION DESCARTABLE" - (Primera Parte)
Capítulo
"CYLBIA"
(Tercera parte)
Capítulo
"CYLBIA"
(Tercera parte)
Cuando volví al centro un par de semanas después, me enteré que Cylbia había desaparecido. Tango la buscaba por todas partes. Si, aquella vez habían pasado algunos días juntos y después se habían separado apenas un momento para ir a sus casas a cambiarse, a comer algo, a dormir un poco. Y ella estaba muy loca, se habían tomado todas las pastillas y se habían fumado todo el grass. Así que a él le pareció que mejor no dejarla sola tan delirante como estaba sin dejar de hablar y manejando todo con pases magnéticos y maniobras energéticas. Pero igual ella se borró en algún momento diciéndole que se encontrarían esa misma noche en la puerta del Moderno. Pero todo eso ella se lo había dicho en medio de un largo parlamento acerca de otra cosa y ya como desde lejos, así que no estaba seguro si era esa misma noche o el día siguiente a la noche. Así que él también se fue a su casa y paso dos o tres días durmiendo y cuando se acordó salió a buscarla por todos lados con la viola, claro. Había estado plantado ahí en la puerta del Moderno unas noches largas pero ella no apareció. Entonces la buscó por todos los boliches del ghetto encontrándose con todo el mundo pero nadie la había visto. Por momento se olvidaba que la estaba buscando porque anduvo por muchos lugares y con mucha gente hasta que volvía a acordarse y entraba a preguntar:
-Decime… ¿no la viste a Cylbia?
Pero nadie la había visto, entonces pidió plata y tomó un taxi y una noche se apareció en el Melancólico donde Rennée le dijo que por ahí no iba desde hacía mucho y que mejor que no fuese porque había estado con Kranch y le habían robado la maconha cuando se quedó dormida y que la venganza es el placer de los dioses, pero que no nos iba a matar, no, que era lo primero que se le había ocurrido a la mañana siguiente cuando vió la caña vacía. Iba a seguir siendo nuestra amiga, pero para poder vengarse nomás. Ël había intentado calmar su furia con una sonrisa mientras le preguntaba distraídamente:
-¿Si?...¿Te parece?... Andáaa…
Hasta que logró hacerla sonreír y ella le dijo que sin duda Cylbia estaba en su casa porque el padre la había andado buscando hacía unos días por el Melancólico y había estado hablando con la negra recordándole amenazador que Cylbia era menor de edad y que él sabía muy bien que Cylbia se drogaba con pastillas y otras cosas y que los amigos de Cylbia no le gustaban nada.
Entonces Tango se había armado de coraje y había ido a buscarla a la casa donde lo atendió el propio padre que para peor era jefe de policía y de la peor manera le había dicho a gritos que Cylbia no estaba y que si no se iba lo iba a meter preso y hasta la abuela se había asomado por la ventana para gritarle:
- ¡Degenerado. Drogadicto!
Ya hacía casi un mes desde que se habían separado por un rato y ni el menor rastro de Cylbia. Nos miramos en silencio sin saber que pensar hasta que él dijo:
Y bueno… ¡Qué se yo!
-Decime… ¿no la viste a Cylbia?
Pero nadie la había visto, entonces pidió plata y tomó un taxi y una noche se apareció en el Melancólico donde Rennée le dijo que por ahí no iba desde hacía mucho y que mejor que no fuese porque había estado con Kranch y le habían robado la maconha cuando se quedó dormida y que la venganza es el placer de los dioses, pero que no nos iba a matar, no, que era lo primero que se le había ocurrido a la mañana siguiente cuando vió la caña vacía. Iba a seguir siendo nuestra amiga, pero para poder vengarse nomás. Ël había intentado calmar su furia con una sonrisa mientras le preguntaba distraídamente:
-¿Si?...¿Te parece?... Andáaa…
Hasta que logró hacerla sonreír y ella le dijo que sin duda Cylbia estaba en su casa porque el padre la había andado buscando hacía unos días por el Melancólico y había estado hablando con la negra recordándole amenazador que Cylbia era menor de edad y que él sabía muy bien que Cylbia se drogaba con pastillas y otras cosas y que los amigos de Cylbia no le gustaban nada.
Entonces Tango se había armado de coraje y había ido a buscarla a la casa donde lo atendió el propio padre que para peor era jefe de policía y de la peor manera le había dicho a gritos que Cylbia no estaba y que si no se iba lo iba a meter preso y hasta la abuela se había asomado por la ventana para gritarle:
- ¡Degenerado. Drogadicto!
Ya hacía casi un mes desde que se habían separado por un rato y ni el menor rastro de Cylbia. Nos miramos en silencio sin saber que pensar hasta que él dijo:
Y bueno… ¡Qué se yo!
Así pasaron tres meses sin que supiéramos nada de Cylbia, hasta que una tarde yo estaba en una mesa de Moderno con unos amigos cuando entra Miguel buscando por entre las mesas, me ve, se acerca y me dice al oído:
-Vení a ver lo que tengo.
Así que salí tras él que caminaba velozmente. Llegamos a Maipú, cruzó la calle y se metió en un bar. Entonces la vi, sentada en una mesa del fondo. Pero no era ella. Avancé como magnetizado analizando rápidamente mis sensaciones, abriéndome paso entre la gente bajo la mirada escrutadora de Miguel que sonreía mostrándola como un mago que hace aparecer una paloma de la galera. Yo veía una mujer desconocida con una grotesca careta de Cylbia. Cuando llegué a la mesa nos abrazamos. La miré y sentí horror: una cara gorda y aplastada como impresa con una máquina. El pelo cortado en escuadra a la altura del cuello, muy liso, muy peinado. Y todo el cuerpo como inflado. Hizo un par de movimientos torpes y habló con una lengua pastosa.
-¡Omar, no me conocés, ¿viste?, estoy horrible!
-¿Dónde estabas? –fue lo primero que quise saber.
Y ella enseguida me largó todo el rollo.
-No sabés… El hijo de puta de mi viejo me encerró en el loquero… ¡Bah!, una clínica superprivada en Turdera, por allá, por el sur… Clínica San Gabriel. Yo estaba en mi casa tocando la viola y de pronto veo que entran unos tipos de blanco. Quise saltar por la ventana pero me agarraron, me inyectaron no sé qué y me desperté en el loquero. –hablaba lentamente, con dificultad para pronunciar las palabras.
-Fue horrible. Me desperté en un calabozo en clinoterapia donde solo había espacio para una cama, con los brazos y las piernas atadas, y todos los días me inyectaban una dosis de insulina. No sabés lo qué es… ¡un infierno! Y te van aumentando de a raya, cada día una raya más. Entrás en estado de coma, te tienen colgado al borde de la muerte, después te hacen tomar una bebida muy azucarada y te reviven de golpe. Bueno, todo eso y electroshock. Tratamiento insulínico y electroshock y mucho suero y cócteles de pastillas, Halopidol, Ampliactil, Fenergam, Artane -decía con asco. No se, toda basura de laboratorio. No sabía qué hacer. ¿Cómo avisarles? No me dejaban tener nada para escribir ni para leer. Quemaron mis ropas en el incinerador y tiraron a Pelgy Pataslargas al fuego. Quemaron todos mis dibujos, mi serie de Pájaros de Fuego. Y me hacían comer todo el tiempo esos guisos horribles, mirá como estoy. Pero las pastillas no las tomo porque me dan tembleque y me duermen. Estaba incomunicada, no podía ver a nadie. Recién al mes me pasaron a los pabellones y después pude salir al jardín. Una loca me prestó este libro alucinante.
Y me mostraba el grueso volumen de la “Rayuela” de Cortazar que estaba sobre la mesa.
-No te imaginás cómo los extrañaba. Pensé en ustedes todo el tiempo. En vos, en Tango… Cuando me pasaron a los pabellones conseguí lápiz y papel y empecé a escribir. Escribí poesía. Muchas poesías. Oí, oigan esta:
-Vení a ver lo que tengo.
Así que salí tras él que caminaba velozmente. Llegamos a Maipú, cruzó la calle y se metió en un bar. Entonces la vi, sentada en una mesa del fondo. Pero no era ella. Avancé como magnetizado analizando rápidamente mis sensaciones, abriéndome paso entre la gente bajo la mirada escrutadora de Miguel que sonreía mostrándola como un mago que hace aparecer una paloma de la galera. Yo veía una mujer desconocida con una grotesca careta de Cylbia. Cuando llegué a la mesa nos abrazamos. La miré y sentí horror: una cara gorda y aplastada como impresa con una máquina. El pelo cortado en escuadra a la altura del cuello, muy liso, muy peinado. Y todo el cuerpo como inflado. Hizo un par de movimientos torpes y habló con una lengua pastosa.
-¡Omar, no me conocés, ¿viste?, estoy horrible!
-¿Dónde estabas? –fue lo primero que quise saber.
Y ella enseguida me largó todo el rollo.
-No sabés… El hijo de puta de mi viejo me encerró en el loquero… ¡Bah!, una clínica superprivada en Turdera, por allá, por el sur… Clínica San Gabriel. Yo estaba en mi casa tocando la viola y de pronto veo que entran unos tipos de blanco. Quise saltar por la ventana pero me agarraron, me inyectaron no sé qué y me desperté en el loquero. –hablaba lentamente, con dificultad para pronunciar las palabras.
-Fue horrible. Me desperté en un calabozo en clinoterapia donde solo había espacio para una cama, con los brazos y las piernas atadas, y todos los días me inyectaban una dosis de insulina. No sabés lo qué es… ¡un infierno! Y te van aumentando de a raya, cada día una raya más. Entrás en estado de coma, te tienen colgado al borde de la muerte, después te hacen tomar una bebida muy azucarada y te reviven de golpe. Bueno, todo eso y electroshock. Tratamiento insulínico y electroshock y mucho suero y cócteles de pastillas, Halopidol, Ampliactil, Fenergam, Artane -decía con asco. No se, toda basura de laboratorio. No sabía qué hacer. ¿Cómo avisarles? No me dejaban tener nada para escribir ni para leer. Quemaron mis ropas en el incinerador y tiraron a Pelgy Pataslargas al fuego. Quemaron todos mis dibujos, mi serie de Pájaros de Fuego. Y me hacían comer todo el tiempo esos guisos horribles, mirá como estoy. Pero las pastillas no las tomo porque me dan tembleque y me duermen. Estaba incomunicada, no podía ver a nadie. Recién al mes me pasaron a los pabellones y después pude salir al jardín. Una loca me prestó este libro alucinante.
Y me mostraba el grueso volumen de la “Rayuela” de Cortazar que estaba sobre la mesa.
-No te imaginás cómo los extrañaba. Pensé en ustedes todo el tiempo. En vos, en Tango… Cuando me pasaron a los pabellones conseguí lápiz y papel y empecé a escribir. Escribí poesía. Muchas poesías. Oí, oigan esta:
No me digan que sigo siendo
una pobre mujer equivocada...
Eso yo ya lo sé
y sé mas cosas todavía:
sé que he soñado tanto
que convertí en inútiles
las mas puras verdades.
Sé que inventé yo misma
los mas altos obstáculos.
Sé que la vida era otra cosa...
(¡y entonces, entonces yo lo sabía!)
pero una nace aveces así:
torpe y desmesuradamente triste,
y todo cuanto toca
se va convirtiendo en cenizas...
Porque yo tuve quince años
y aspiré a ser como un dios en la tierra,
aspiré a dignificar a los hombres,
a enorgullecerme de mi misma...
Pero ya pasó...
todo cuanto puedan echarme en cara
hace ya mucho tiempo que me lo vengo repitiendo...
Extranjera en el mundo
he contemplado la dicha de todos
con una desesperada indiferencia,
pero ya nada importa.
Aquí sigo en mi puesto
con mi adolescente actitud de ávido hastío;
con mi lamentable corazón
de muchacha apasionadamente muerta.
¿Qué mas da sentirse desdichada?
si apenas queda tiempo para llorar.
Es tarde para rectificar toda una vida...
Además, ya lo saben: soy indolente.
una pobre mujer equivocada...
Eso yo ya lo sé
y sé mas cosas todavía:
sé que he soñado tanto
que convertí en inútiles
las mas puras verdades.
Sé que inventé yo misma
los mas altos obstáculos.
Sé que la vida era otra cosa...
(¡y entonces, entonces yo lo sabía!)
pero una nace aveces así:
torpe y desmesuradamente triste,
y todo cuanto toca
se va convirtiendo en cenizas...
Porque yo tuve quince años
y aspiré a ser como un dios en la tierra,
aspiré a dignificar a los hombres,
a enorgullecerme de mi misma...
Pero ya pasó...
todo cuanto puedan echarme en cara
hace ya mucho tiempo que me lo vengo repitiendo...
Extranjera en el mundo
he contemplado la dicha de todos
con una desesperada indiferencia,
pero ya nada importa.
Aquí sigo en mi puesto
con mi adolescente actitud de ávido hastío;
con mi lamentable corazón
de muchacha apasionadamente muerta.
¿Qué mas da sentirse desdichada?
si apenas queda tiempo para llorar.
Es tarde para rectificar toda una vida...
Además, ya lo saben: soy indolente.
Salimos del bar ya muy tarde esa noche y caminamos por el centro. Estábamos dispuestos a no dejar sola a Cylbia. La protejeríamos para que nada malo pudiese pasarle. Ella adoptaba una actitud infantil y se dejaba conducir sin preguntar a donde iríamos. Recorrimos los bares de ghetto como buscando a alguien. Cylbia y yo nos quedábamos en la puerta y Miguelito entraba y recorría las mesas hablando con la gente y finalmente salió de un bar de Corrientes con un tipo raro que parecía el modelo de oficinista. Había conseguido un lugar donde naufragar. El tipo cuidaba las oficinas de un edificio y había un lugar allá arriba donde podíamos pasar la noche.
Caminamos hasta avenida de Mayo y entramos en un banco iluminado y desierto a las doce de la noche. El hombre abrió una puerta lateral y pasamos a un corredor largo y en penumbras. Atravesamos varias oficinas. El trabajo del tipo consistía, según nos explicaba, en andar toda la noche dando vueltas por el edificio vigilando todo. Subimos a un ascensor y tocó el botón del último piso. A mi me parecía todo muy extraño, como un lugar desolado del futuro. Era un ámbito completamente ajeno a los lugares que solíamos frecuentar. Miguel se veía muy natural, como si estuviésemos encanutándonos en una pensión y Cylbia parecía ni darse cuenta de que habíamos montado en un ascensor. Llegamos al último piso, pasamos un hall y de pronto abriendo una puerta entre dos columnas, el hombre nos mostró el lugar donde podíamos dormir. Entramos y me quedé maravillado. Estábamos exactamente en la cúpula de un edificio antiguo de avenida de mayo. Y era una belleza: un amplio recinto circular rodeado de columnas de mármol, con altas ventanas abiertas a las luces de la noche de Buenos Aires. Recorrimos en silencio todas las ventanas mirando el puerto, los iluminados edificios de la city y la densa oscuridad del río de la Plata.
El hombre sacó de atrás de una columna una colchoneta y unas mantas que puso en el centro del recinto. Nos deseo buenas noches recordándonos que a las siete menos cuarto teníamos que salir porque enseguida entraba a llegar el personal. Y salió silenciosamente hacia su laberinto nocturno.
Nos sentamos los tres juntos en la colchoneta y mientras sentíamos alejarse el ascensor, miramos hacia arriba, sobre nuestras cabezas el magnífico techo abovedado del interior de la cúpula. Las luces de la ciudad a través de las ventanas proyectaban juegos de luces móviles y cambiantes contra el techo. Entonces nos miramos y yo dije lentamente:
-Chau, ¿qué es esto?, el Capitolio…
Cylbia buscó en su bolso y encendió una vela que puso en el piso. Miguel encendió un cigarrillo en la vela y yo empecé a circular entre las columnas asomándome a las ventanas. Las columnas brillaban, el piso espejeaba, todo de un blanco perfecto. Parecía un templete antiguo. El efecto era imponente. Yo quería ver desde todos los planos posibles. Mis amigos sentados en el centro iluminados por la luz de la vela. El arco perfecto de la cúpula allá arriba, los delicados ornamentos de las columnas y el murmullo de Miguel y Cylbia como en el fondo de una gruta. Volví a la colchoneta. Cylbia estaba hablando en un suave murmullo. Y esa colchoneta era una balsa en medio del océano. Sobre nosotros la cúpula oficiaba de pantalla de planetarium, reflejando las luces del transito de la avenida. Los sonidos llegaban amortiguados y la textura del silencio era perfecta. Cylbia decía que no se podía quedar en la city y que el padre la buscaría por todos los boliches del ghetto. Había salido de la clínica pero no le habían dado el alta, así que la buscarían. Sacó un frasquito de su bolso y tomó unas leboglutaminas CH. Miguel y yo buscamos nuestros tubos de despabiletas. Después Cylbia sacó las pastillas que le daban en la clínica y Miguel dijo que eso era todo basura mata loco y tiró todo el pastillaje psiquiátrico por una ventana. Le dijo que no tenía que tomar más esa mierda y le aseguramos que entonces volvería a ser la misma de siempre. Se pondría linda otra vez. Flaquita y poderosa como antes. Y sus pelos volverían a crecer libres y alborotados.
Ella nos contaba los horrores de la clínica en esa noche que duró una eternidad. Para eso habíamos llegado hasta allí. Hasta ese lugar fantástico donde yo tenía cada vez más la sensación de que otros seres nos percibían. Como si estuviésemos en una cámara de resonancia que nos comunicaba con miles de mentes que en esos momentos dormían en la noche de Buenos Aires.
Mientras Cylbia hablaba las lágrimas entraron a rodar por sus mejillas. ¿Cómo era posible tanta violencia? Ese tratamiento traumático que era una violación a la naturaleza íntima de los seres. Y ellos sabían muy bien que no estaban curando nada, que era solo castigo y sopor.
-Pero lo mas terrible de todo, -nos decía Cylbia. –fue haber tenido que fingir cordura todo el tiempo, porque comparados con ellos nosotros estamos relocos, ellos son máquinas perfectas.
Había ocultado su preciosa locura tratando de aparentar ser razonable y coherente.
En su largo aislamiento en los boxer de clinoterapia, sin poder leer ni escribir, decidió hacer algo para sobrevivir. Hacer algo con las manos, sin herramientas. Antes de la internación había tenido un ataque autodestructivo y se había arrancado una a una todas las pestañas, entonces en su celda de reclusión empleó todo su ingenio en hacerse un par de pestañas postiza con su propio pelo. Ató un par de pelos largos entre los barrotes de la cama. Entonces fue arrancándose pelos cortos y atandolos a los pelos del telar. Así fue completando dos lineas hasta formar un par de pestañas que luego del armado, recortado y pegado correspondiente eran las que tenía puestas.
-¿Te das cuenta, nene?, pestañas artesanales. –No cualquiera. –me dijo.
-Es cierto. –dije yo. –Desde ahora Cylbia quiere decir también: via del sil o camino del pelo… hacia la libertad.
Tenía calor y se sacó la camisa. Entonces se vió el corpiño que le hacían usar en la clínica y se lo arrancó con rabia llorando. Lo arrojó lejos diciendo:
-Si yo nunca usé esas cinchas.
Y siguió hablando con total lucidez de todo su dolor, toda su indignación. Y lentamente la claridad del amanecer fue iluminando la cúpula con una luz dorada y el día nos encontró ahí en el medio, naufragando en la colchoneta formando un extraño trío de dos chicos contemplando a una muchacha llorosa y en tetas.
Caminamos hasta avenida de Mayo y entramos en un banco iluminado y desierto a las doce de la noche. El hombre abrió una puerta lateral y pasamos a un corredor largo y en penumbras. Atravesamos varias oficinas. El trabajo del tipo consistía, según nos explicaba, en andar toda la noche dando vueltas por el edificio vigilando todo. Subimos a un ascensor y tocó el botón del último piso. A mi me parecía todo muy extraño, como un lugar desolado del futuro. Era un ámbito completamente ajeno a los lugares que solíamos frecuentar. Miguel se veía muy natural, como si estuviésemos encanutándonos en una pensión y Cylbia parecía ni darse cuenta de que habíamos montado en un ascensor. Llegamos al último piso, pasamos un hall y de pronto abriendo una puerta entre dos columnas, el hombre nos mostró el lugar donde podíamos dormir. Entramos y me quedé maravillado. Estábamos exactamente en la cúpula de un edificio antiguo de avenida de mayo. Y era una belleza: un amplio recinto circular rodeado de columnas de mármol, con altas ventanas abiertas a las luces de la noche de Buenos Aires. Recorrimos en silencio todas las ventanas mirando el puerto, los iluminados edificios de la city y la densa oscuridad del río de la Plata.
El hombre sacó de atrás de una columna una colchoneta y unas mantas que puso en el centro del recinto. Nos deseo buenas noches recordándonos que a las siete menos cuarto teníamos que salir porque enseguida entraba a llegar el personal. Y salió silenciosamente hacia su laberinto nocturno.
Nos sentamos los tres juntos en la colchoneta y mientras sentíamos alejarse el ascensor, miramos hacia arriba, sobre nuestras cabezas el magnífico techo abovedado del interior de la cúpula. Las luces de la ciudad a través de las ventanas proyectaban juegos de luces móviles y cambiantes contra el techo. Entonces nos miramos y yo dije lentamente:
-Chau, ¿qué es esto?, el Capitolio…
Cylbia buscó en su bolso y encendió una vela que puso en el piso. Miguel encendió un cigarrillo en la vela y yo empecé a circular entre las columnas asomándome a las ventanas. Las columnas brillaban, el piso espejeaba, todo de un blanco perfecto. Parecía un templete antiguo. El efecto era imponente. Yo quería ver desde todos los planos posibles. Mis amigos sentados en el centro iluminados por la luz de la vela. El arco perfecto de la cúpula allá arriba, los delicados ornamentos de las columnas y el murmullo de Miguel y Cylbia como en el fondo de una gruta. Volví a la colchoneta. Cylbia estaba hablando en un suave murmullo. Y esa colchoneta era una balsa en medio del océano. Sobre nosotros la cúpula oficiaba de pantalla de planetarium, reflejando las luces del transito de la avenida. Los sonidos llegaban amortiguados y la textura del silencio era perfecta. Cylbia decía que no se podía quedar en la city y que el padre la buscaría por todos los boliches del ghetto. Había salido de la clínica pero no le habían dado el alta, así que la buscarían. Sacó un frasquito de su bolso y tomó unas leboglutaminas CH. Miguel y yo buscamos nuestros tubos de despabiletas. Después Cylbia sacó las pastillas que le daban en la clínica y Miguel dijo que eso era todo basura mata loco y tiró todo el pastillaje psiquiátrico por una ventana. Le dijo que no tenía que tomar más esa mierda y le aseguramos que entonces volvería a ser la misma de siempre. Se pondría linda otra vez. Flaquita y poderosa como antes. Y sus pelos volverían a crecer libres y alborotados.
Ella nos contaba los horrores de la clínica en esa noche que duró una eternidad. Para eso habíamos llegado hasta allí. Hasta ese lugar fantástico donde yo tenía cada vez más la sensación de que otros seres nos percibían. Como si estuviésemos en una cámara de resonancia que nos comunicaba con miles de mentes que en esos momentos dormían en la noche de Buenos Aires.
Mientras Cylbia hablaba las lágrimas entraron a rodar por sus mejillas. ¿Cómo era posible tanta violencia? Ese tratamiento traumático que era una violación a la naturaleza íntima de los seres. Y ellos sabían muy bien que no estaban curando nada, que era solo castigo y sopor.
-Pero lo mas terrible de todo, -nos decía Cylbia. –fue haber tenido que fingir cordura todo el tiempo, porque comparados con ellos nosotros estamos relocos, ellos son máquinas perfectas.
Había ocultado su preciosa locura tratando de aparentar ser razonable y coherente.
En su largo aislamiento en los boxer de clinoterapia, sin poder leer ni escribir, decidió hacer algo para sobrevivir. Hacer algo con las manos, sin herramientas. Antes de la internación había tenido un ataque autodestructivo y se había arrancado una a una todas las pestañas, entonces en su celda de reclusión empleó todo su ingenio en hacerse un par de pestañas postiza con su propio pelo. Ató un par de pelos largos entre los barrotes de la cama. Entonces fue arrancándose pelos cortos y atandolos a los pelos del telar. Así fue completando dos lineas hasta formar un par de pestañas que luego del armado, recortado y pegado correspondiente eran las que tenía puestas.
-¿Te das cuenta, nene?, pestañas artesanales. –No cualquiera. –me dijo.
-Es cierto. –dije yo. –Desde ahora Cylbia quiere decir también: via del sil o camino del pelo… hacia la libertad.
Tenía calor y se sacó la camisa. Entonces se vió el corpiño que le hacían usar en la clínica y se lo arrancó con rabia llorando. Lo arrojó lejos diciendo:
-Si yo nunca usé esas cinchas.
Y siguió hablando con total lucidez de todo su dolor, toda su indignación. Y lentamente la claridad del amanecer fue iluminando la cúpula con una luz dorada y el día nos encontró ahí en el medio, naufragando en la colchoneta formando un extraño trío de dos chicos contemplando a una muchacha llorosa y en tetas.
A las ocho de la mañana nos abríamos paso entre la gente de la avenida que iban hundidos en sus rutinas y que parecían despertar sobresaltados al vernos pasar. Así atravesamos caminando la ciudad que despertaba y aparecimos en plaza Francia. Allí nos tendimos en el pasto junto a las palmeras y nos quedamos dormidos hasta la tarde. Conseguimos unos panes y unas frutas y comimos en un banco junto a la fuente. Ese lugar que el tiempo ha mordisqueado y que hoy ya no está; el largo paredón de las estatuas en medio del cual surgía una fuente semicircular que contenía el agua que salía de una máscara verdosa. Tenía forma de concha y estaba en la mitad del muro que bordeaba la parte de atrás del asilo y la capilla. Y desde ese muro bajaban las barrancas suavemente onduladas con sus altas palmeras hasta av. Del Libertador. Detrás se veía la mole rosada del museo de bellas artes, velada entre el follaje de los árboles y más allá el frente de la facultad de derecho con sus escalinatas y sus columnas de reminiscencia griega. Y junto a nosotros, aquellas fantásticas estatuas. Era el lugar donde sabíamos encontrarnos y por la tarde aparecieron algunos chicos con camperas de cuero y guitarras diciendo que iban para Saint Tropez en la costanera norte donde a la noche se juntaba todo el mundo para encender fogatas y hacer música hasta el amanecer. Siguiendo la onda de California y el Swinging London, empezaban a verse en Buenos Aires guitarras callejeras, pelos largos ropas floreadas, anillos y collares y dibujos psicodélicos pintados en los rostros. Era todo un desafío salir con una camisa colorida en una ciudad de por si gris con gente que había adoptado como tono único para su vestimenta el negro, el azul, el marrón y los grises. Andar con una camisa floreada te convertía en el centro de todas las miradas. Y la policía empezaba a llevarse a esos extremistas del color. Por eso los chicos se juntaban en las plazas, formando grupos numerosos se sentían más protegidos.
Nosotros estábamos paranoicos. No queríamos caer en cana con Cylbia y toda su historia. El Tata la andaba buscando y ahora tendría pedido de captura del psiquiátrico.
Cayó la noche y bajamos hasta Libertador con la idea de tomar un ómnibus a Sain Tropez, pero mientras esperábamos Cylbia hizo un dedo y un autito paró junto a nosotros y se abrió la puerta de atrás. Subimos divertidos entre grititos de alegría y nos apretamos los tres en el asiento de atrás.
-Vieron, vieron… -decía Cylbia. –todavía tengo magia. Todavía manejo la energía.
Los del asiento de adelante eran una pareja joven. Se veían muy serios y rígidos y ella enseguida nos informó:
-Poco diálogo porque estamos mufados. Venimos del Di Tella de ver “Libertad y Otras Intoxicaciones”
No nos importaba mucho, sabíamos que era una obra de teatro que estaba causando escándalo pero nada más.
-En fin, -dijo Cylbia. –a la vida se la contempla o se la vive.
-Total no es lo mismo. –dijo Miguel , completando el pensamiento.
Nos pusimos a mirar por las ventanillas del autito viendo como nos alejábamos del centro de la ciudad y entonces fue surgiendo un esbozo de diálogo entre los intelectuales del Di Tella y los autostopistas de la contracultura con un tema amable y sin sobresaltos. Las bicicletas. El tránsito a esa hora era infernal, tendríamos que ser como los chinos que andan todos en bicicleta, pero sin eso del comunismo, claro, que es mas sano, porque se hace ejercicio físico y al mismo tiempo se respira aire puro.
En Libertador y General Paz nos dijeron que doblaban y nos largaron. Pero ya estábamos embalados, así que en medio de la avenida seguimos haciendo dedo y enseguida nos paró una camioneta. El hombre venía de trabajar de su oficina en el centro de la city y con la radio a todo volumen venía escuchando el hit del momento:
Nosotros estábamos paranoicos. No queríamos caer en cana con Cylbia y toda su historia. El Tata la andaba buscando y ahora tendría pedido de captura del psiquiátrico.
Cayó la noche y bajamos hasta Libertador con la idea de tomar un ómnibus a Sain Tropez, pero mientras esperábamos Cylbia hizo un dedo y un autito paró junto a nosotros y se abrió la puerta de atrás. Subimos divertidos entre grititos de alegría y nos apretamos los tres en el asiento de atrás.
-Vieron, vieron… -decía Cylbia. –todavía tengo magia. Todavía manejo la energía.
Los del asiento de adelante eran una pareja joven. Se veían muy serios y rígidos y ella enseguida nos informó:
-Poco diálogo porque estamos mufados. Venimos del Di Tella de ver “Libertad y Otras Intoxicaciones”
No nos importaba mucho, sabíamos que era una obra de teatro que estaba causando escándalo pero nada más.
-En fin, -dijo Cylbia. –a la vida se la contempla o se la vive.
-Total no es lo mismo. –dijo Miguel , completando el pensamiento.
Nos pusimos a mirar por las ventanillas del autito viendo como nos alejábamos del centro de la ciudad y entonces fue surgiendo un esbozo de diálogo entre los intelectuales del Di Tella y los autostopistas de la contracultura con un tema amable y sin sobresaltos. Las bicicletas. El tránsito a esa hora era infernal, tendríamos que ser como los chinos que andan todos en bicicleta, pero sin eso del comunismo, claro, que es mas sano, porque se hace ejercicio físico y al mismo tiempo se respira aire puro.
En Libertador y General Paz nos dijeron que doblaban y nos largaron. Pero ya estábamos embalados, así que en medio de la avenida seguimos haciendo dedo y enseguida nos paró una camioneta. El hombre venía de trabajar de su oficina en el centro de la city y con la radio a todo volumen venía escuchando el hit del momento:
“Baing-Baing”
Contó un par de chistes malos y nos dejó en San Fernando diciéndonos que ahí nomás empezaba la Panamericana. Había comenzado a llover y nos refugiamos en un portón que tenía pintadas las letras de una palabra terminada en “…CION”.
Allí mismo hicimos dedo y nos paró un camión de “Clarín” que repartía los diarios del día y que iba hasta Rosario.
Nos dejó a la entrada de la ciudad y hasta nos dio plata para el colectivo. Unos pibes que jugaban empezaron a tirarnos piedras y tuvimos que correr.
Allí mismo hicimos dedo y nos paró un camión de “Clarín” que repartía los diarios del día y que iba hasta Rosario.
Nos dejó a la entrada de la ciudad y hasta nos dio plata para el colectivo. Unos pibes que jugaban empezaron a tirarnos piedras y tuvimos que correr.
Seguíamos tomando nuestras pastillas y así llegamos a La Cumbre en un camión.
Buscamos a unos amigos inciertos en una dirección que no encontramos así que seguimos haciendo dedo hasta Capilla del Monte. Junto al camino mientras hacíamos dedo hice un retrato de mi mismo en mi cuaderno. Me dibuje desfasado. Evidentemente yo era dos. Mi retrato exhibía dos imágenes mías como una foto movida.
Cylbia y Miguel decidieron volver a Buenos Aires así, sin motivo. Volvimos a Ciudad Córdoba.¿Cómo, volvíamos? No sabíamos muy bien qué buscábamos.
Buscamos a unos amigos inciertos en una dirección que no encontramos así que seguimos haciendo dedo hasta Capilla del Monte. Junto al camino mientras hacíamos dedo hice un retrato de mi mismo en mi cuaderno. Me dibuje desfasado. Evidentemente yo era dos. Mi retrato exhibía dos imágenes mías como una foto movida.
Cylbia y Miguel decidieron volver a Buenos Aires así, sin motivo. Volvimos a Ciudad Córdoba.¿Cómo, volvíamos? No sabíamos muy bien qué buscábamos.
