lunes, 16 de marzo de 2015

omaragon omarteum: "GENERACIÓN DESCARTABLE II"


Capítulo 6




“LOLITA”


 “Sobre la negrura luminosa
 tengo mucho que decir,
 pero mejor callar.”
  Mahmûd Shabistârí


Algunas veces yo salía del departamento de Farolito para encontrarme con Lolita. Ella había aparecido en
nuestra mesa en el Politeama una noche con Tango, mientras él preguntaba ¿qué hacíamos ahí?... y si no habíamos visto a la Poderosa, y se sentaron porque Gracielita les dijo:
- ¿Qué les pasa, che?... sientensé y quédense acá, “ya va a venir lo que esperamos…”
Entonces ellos se sentaron en nuestra mesa y Loli sin más preámbulos nos contó cómo había aparecido internada
en el Moyano porque se había peleado con su vieja y había roto el juego de sillones del living con un hacha; y si no se la llevan al loquero hubiese acabado destrozando a hachazos a su propia madre.
Y esa noche terminamos yendo al cine Lorraine a ver las “Historias Prohibidas” de Edgar Alan Poe. El cuento
final del doble perseguidor con Alain Delón nos pareció sumamente inquietante. 

Después estuvimos un rato en El Estaño y al final nos fuimos a picar unas Instilasas en las escaleras del conventillo de las artes de la calle Libertad.
Lolita era realmente divina, una especie de Liz Taylor con los mismos ojos violetas, solo que eternamente
adolescente y rematadamente loca.

Negros pelos acaracolados cortados muy cortitos, rostro muy blanco y afilado con pequitas y boquita de fresa mórbida.
Y anduvimos dando vueltas por los boliches del gueto cuando se me dio por decirle que podríamos ir a buscar un poco de grass de la planta de K. ahora que ella se había ido a Londres. Así que enseguida nos fuimos hasta allá y cuando
llegamos y Loli vió la planta no lo podía creer. Llenamos una bolsa de papel con hojas y capullos y volvimos a la city.
Por la noche estábamos en el Moderno tomando café sin saber adonde ir mientras Loli hojeaba divertida mi cuaderno de notas y dibujos marca Superman donde yo le había escrito un poema, y al pié del poema ella escribió un inmenso
“TE AMO” y debajo puso su firma junto al símbolo de la paz. Pero lo mas extraño fue que en la hoja siguiente escribió de pronto con letra apurada y automática:
TELEGRAMA URGENTE
AVISO-ARRIBA-AVIÓN-NO MÁQUINA
DENTRO DE …
Y entonces nos entró como una urgencia de ir a algún lugar sin saber bien adonde. Yo me repetía el telegrama
tratando de descifrarlo: “arriba avión no máquina” ¿qué podía ser?... arriba podía ser de arribar, algo que está por llegar y también podía ser la parte alta de un lugar… pero… avión-no maquina ¿qué podía ser?...
 Y ahí se nos ocurrió de ir a lo de Martha, y fue una elección muy acertada, porque apenas llegamos nos encontramos con un chico que tenía unos trips y quería cambiar por grass y le mostramos la bolsa de verdolaga y Loli habló un rato con el chico que nos cambió toda la bolsa por una sintética pastillita color violeta; y enseguida volvimos a salir y nos
metimos en un bar pituco de Florida y Córdoba, un barcito americano con manteles azules en las mesas y empapelado rojo en las paredes, todo muy edípico, e iluminado por una tenue luz difusa, y entonces pedimos unos tes y Loli cortó en el revés de un platito con una 
gillete la diminuta tortita violeta que me pareció de una materia especialmente esponjosa y liviana; y cuando en medio de nuestra animada
conversación nos dimos cuenta que ya nos estaba pegando, porque a nuestro alrededor los colores se tornaron luminosos y vibrantes y nos veíamos como empapados en néctar y bañados de rocío, nos atacó el speed y salimos 

nerviosamente a movernos, a caminar de arriba abajo por Corrientes.
Corrientes…¿qué era esa procesión continua de gente que deambulaba por las veredas del gueto en la noche interminable de “la calle que nunca duerme”?...
Pasamos al otro lado por el obelisco y nos paramos en la puerta de El Colombiano. Respirábamos la atmósfera
terrestre como si fuese un denso líquido atómico-molecular. Y en realidad la gran ciudad con todas sus luces encendidas… era opaca, porque como una piel cubría
bajo tantas luces a la vibrante y radiante y elemental oscuridad por donde deambulaban los seres como navegando en el viento. Y mientras estábamos parados ahí en la
puerta del bar viendo si encontrábamos a alguien fue que descubrimos que la gente que andaba por la calle era esencialmente de la misma materia de la noche, indiferenciables de la noche misma, pero también había además, algunos seres de los que pasaban junto a nosotros que estaban como iluminados por dentro, no muchos, pocos, en realidad muy pocos en esa inmensa muchedumbre; y
tampoco excesivamente iluminados, sino apenas un discreto resplandor lilaceo de luz negra en los ojos, en los labios, en las manos, en los dientes, en cabelleras como pálidos rescoldos de un fuego atípico; náufragos solitarios que
andaban como a la deriva con su tenue claridad, emitiendo alguna señal.
Entonces apareció Renée y se paró frente a nosotros mirándonos… con una sonrisa enigmática de labios violeta fluor…y cuando la saludamos nos dijo:
-      Yo estoy en sincronía con la luz negra…¡ustedes también!… somos un oximoron…en micron...en on...
Y enseguida se alejó entre la gente.
Mas tarde nos encontramos en El Estaño con unos amigos de Lolita que estaban con un auto y se nos dio por
irnos a Villa Gessell. Adelante iban los chicos conduciendo, y Loli y yo íbamos tendidos en la inmensa cama-playa del asiento de atrás. Pero a mitad de camino Loli hizo que los chicos parasen ahí en pleno campo para hacer un pis, y al volver al auto, en un balbuceo lleno de contradicciones aunque imperativo, nos convenció de que debíamos volver a Buenos Aires… ¿qué estábamos haciendo?... ¿para dónde íbamos?... ¿íbamos o veníamos?...total desorientación general…pensándolo bien, ¿qué necesidad había de ir a la Villa?… lo mejor era volvernos porque por ahí en la Villa no había onda… o pintaba la pálida…
Entonces los chicos dieron vuelta y regresamos.
En el asiento de atrás nos íbamos haciendo unos mimos con Lolita, cuando al encenderse la noche entramos a
Buenos Aires. Estábamos calientes y nos bajamos del auto en una calle cualquiera de San Telmo; podíamos ir a bailar a algún boliche, pero empezamos a pasearnos y al final  nos metimos en un bar que estaba junto a un hotel. Nos sentamos en esa mesa fatal donde yo quedaba ubicado frente al espejo  de modo que no podía evitar mirarme, y sin duda que no me veía nada bien… Descubría en la exploración de mi rostro una especie de… crispación entre la risa y el llanto.
¿Qué me pasaba? La sensación no era nada agradable… me sentía tan feliz y al mismo tiempo tan desdichado…
Lolita escribía y dibujaba en mi cuaderno. Había puesto, como saben hacer frecuentemente los niños, su manita
abierta en medio de la hoja y con la lapicera iba dibujando su contorno, (signo oscuro y arcano si los hay), y después dio vuelta el dibujo formando un bichito fantástico con cinco patitas, de una increíble dulzura que pedía “amor, solo
amor, total amor”.
Debajo del dibujo escribió:
“Esta es Lolita Amor
Es un continuo dar y dar amor
Pero…
¿qué pasa que siempre está llorando?
Y arriba puso:
“Amigos…¿no tienen un poquito, aunque sea un retacito de amor para mi?... si tienen tiempo, si no, no importa… Por favor, ¿me dan un poquito de amor? “…


Y ya estábamos por subir al hotel cuando de pronto Lolita me miró a través del espejo, y al ver los antagónicos componentes de mi expresión dijo con sincera simplicidad:
- Yo quiero hacer el amor con ese… si...
Y yo supe con seguridad que se refería a la parte alegre de mi expresión; y agregó en un susurro:
- …pero con ese otro no…
Y entonces entendí que se trataba de mi parte triste…
 Así que no fuimos al hotel y a través del espejo Lolita me veía pasar de un estado a otro de mi crisis bipolar, y a veces
decía con dulzura:
- Si, con ese si… 
-y enseguida 
–pero con ese otro no, con ese no…
Yo estaba lamentablemente dividido y el tiempo transcurría a pesar nuestro, ya amanecía y lo que hubiese sido lo mas simple, es decir pasar a través del espejo por la puerta del fondo del bar y subir las escaleras hasta una habitación de hotel, se convirtió en la misión imposible.
Esto debe ser lo que se llama un mal viaje, pensé.
Entonces Lolita me dijo:
-      Vos estás mal, y hasta que no hagamos el amor vas a seguir estando mal, creeme, es así de simple.


Fue por entonces que Miguel volvió de Brasil. Lo encontré  una noche en el Bár-bar-o  tomando cerveza. Estaba
hermoso, vestido de blanco parecía un mahatma, y festejamos alegremente su regreso. Habían viajado juntos él y el Peli, pero en Río se habían peleado y cada cual siguió por su lado. Él se juntó con una turma de músicos geniales que le volaron la mente, volvía con nuevas ideas, el tropicalismo estaba en pleno auge, Gal Costa había editado
su nuevo  álbum…
Muy tarde, cuando ya cerraban el bar nos perdimos por esas calles  aparentemente sin rumbo fijo, y en una esquina me dijo que estaba viviendo ahí, en el departamento de una amiga pero que no me podía hacer entrar por razones obvias, que lo esperase un momento porque tenía algo para mi. Entró y en seguida  volvió a salir con el long play de Gal Costa que me había traído de regalo de Brasil. 
Nos separamos en esa misma esquina. Ya nos encontraríamos en cualquier momento por el gheto en
la city. Y yo me fui para mi casa  en Lanús, cruzando el Riachuelo, para encerrarme en mi habitación y escuchar interminablemente el disco de Gal, y en
especial “Divino. Maravilloso”.


Mi habitación, un cubo evanescente
suspendido en el tiempo, y exactamente en el centro del techo de esa habitación que yo mismo había pintado de un tenue color lila, pendía un fino hilo del que colgaba un diablito de felpa rojo con cola de alambre retorcido y
sosteniendo en la mano el clásico tridente. Lo habíamos encontrado con
la Negra en el fondo de una bolsa de ropa vieja que estaba tirada en la calle.
 La luz se filtraba a través del falso vitraux de la ventana,  y aveces, en medio de una gran quietud, el diablito giraba hacia un lado o hacia otro, solo, giraba solo.


Una noche en el gheto era una de esas noches en que uno siente que el piso quema bajo los pies, y que uno se ha lanzado ahí a danzar en medio del fuego. Yo caminaba por Corrientes dando brazadas y largas zancadas sabiendo que en cualquier momento me  podía parar la policía y terminaría la noche del sábado en un oscuro calabozo de seccional.
Una noche caliente, y yo avanzaba como un naufrago  por la vereda apartando  las olas de gente a mi paso…
En La Paz miré por la vidriera a ver si había alguien, pero como no vi a ningún conocido seguí bajando por el gheto
hasta La Giralda, y ahí si, ahí estaban, sentados en una mesa bajo la luz blanca implacables de los tubos fluorescentes. Si, ahí estaban Renée, Tango, Gracielita, Miguel… Tras el agite y la persecuta de la calle, esa mesa parecía un oasis en medio del desierto. La navegación había sido muy peligrosa, había tenido que pasar por delante de los canas y los patrulleros pero ahora arribaba a puerto seguro.
-       Hola –dije -¿qué hacen?..
Hubo un largo silencio, se miraron entre sí y fue Renée la que respondió:
 - Estamos esperando un hombre.
Y yo comprendí casi subliminalmente que no estaban esperando una persona, estaban esperando al hombre  como Diógenes buscaba un hombre con su linterna encendida en pleno día.
Pero la calma no duró demasiado, porque ni bien me senté a la mesa en ese mismo instante un patrullero paró frente a las puertas de La Giralda, y bajaron unos canas que con sus recios abrigos azules estaban entrando al bar y viniendo como para el lado de nuestra mesa. Me levanté de la silla como accionado por un resorte, no, otra vez no, no
me llevarían otra vez hasta su mugriento antro tenebroso… Y me levanté como un solo hombre. Sentí pánico al ver que era el único que se había levantado, pero yo no me quedaría a esperar ningún hombre, no me iba a quedar sentado ahí
esperando  a ese hombre. No miré nada y avancé por entre las mesas. Pasé junto a los canas que por casualidad no me
pararon, y fue muy raro, porque siempre que había redada en un bar lo mas sospechoso era tratar de salir, pero esa noche no me pararon y llegué a la vereda y me mezclé en la corriente de gente y me alejé del lugar. Furioso repetía para mis adentros “Esperando un hombre, estamos esperando un hombre…”  Me quedé un rato dando vueltas por ahí, crucé
la calle y me puse a observar el bar desde la vereda de enfrente… ¡No se los llevaban!… De mesa en mesa fueron pidiendo documentos y al final se fueron sin llevarse a nadie.
Quedé trastornado, al parecer el hombre que mis amigos estaban esperando había llegado pero se había escapado
cobardemente.
Al rato vi que mis amigos se levantaban de la mesa y se desbandaban cada cual por su lado. Tango cruzó la
calle hacia donde yo estaba. Avanzaba iracundo como pateando el asfalto; paró un taxi en medio de la avenida y al verme me llamó. Enseguida me uní a él y nos arrojamos sobre los asientos traseros del auto. Le dio al conductor la
dirección de Kalendar, pasaríamos por la casa para ver si estaba Marcela.
 - ¿Qué te pasó?... –me preguntó Tango enseguida -¿Cómo te mandaste así?... No te llevaron de milagro.
- No iba a quedarme sentado esperando que me lleven -dije.
-      Cuando estas con la gente tenés que pensar en grupal, la acción individual no sirve. Te hubieses quedado con nosotros, viste que no nos llevaron.
-        Pero otras veces nos llevaron a todos.-alegué.
-       Si nos llevaban a todos al menos íbamos a estar juntos, pero vos te mandaste solo…
Llegamos a Kalendar y Tango me dejó en el taxi y subió a ver si estaba Marcela. Comprendí lo difícil de mi situación: si Marcela estaba arriba, él se quedaría hablando con ella mientras abajo el taxi seguía corriendo y yo me había quedado como rehén del tachero.
Pasó un tiempo. Yo no tenía para pagar el viaje y estaba impaciente. Pero por suerte Tango volvió a aparecer en la puerta de Kalendar. Suspiré al verlo. Su aspecto era muy original, parecía un príncipe egipcio, calzaba sus  botas beats de cuero negro, y unos pantalones negros muy ajustados, con una polera verde loro… piel aceitunada y esos mechones negros desparejos...
 Volvió  al taxi como zapateando sobre la vereda en el más
perfecto estilo de andar rocanrolero, hasta entrar en el taxi y decir que estaba todo el mundo pero Marcela no estaba, y entonces le dio al chofer la dirección del departamento de Farolito en la calle Laprida, al otro lado de la city y viajamos hasta allá, viendo pasar las luces de las calles a través de la ventanilla.
- Escuchá este temita que estoy componiendo –dijo Tango –te lo hago a capela, después en lo de Farolito te lo canto con la viola. Escuchá, oí como empieza:
"solo quiero vagar
y vagar
y vagar
divagar…"
  Y cuando llegamos me tuve que quedar otra vez en el taxi mientras él llamaba por el portero eléctrico diciendo que estaba abajo con un tacho y que no tenía plata, a ver si alguien podía bajar a pagar… por favor.







Por entonces ya nos inyectábamos otro producto de venta libre en farmacias. Eran cajas de cinco ampollitas y venían respaldadas por los prestigiosos laboratorios “Wellcome” de
Londres. Cinco ampollitas esbeltas como pagodas orientales, y lo mas maravillosos que se pueda ver: sobre el cristal, impreso en letras azules: “Wellcome – METHEDRINE” y encerrado en un círculo, (casi una miniatura), la fantástica
figura de un unicornio azul, en cada una de las ampollitas, “made in England”.


¿Pero que era esto realmente?
Según el mismo prospecto era una composición de meta anfetamina y se decía que en la práctica médica se usaba como un poderoso reactivador cardíaco en los estados de coma profundo. Era una droga para casos terminales, algo así como un resucitador.
 La denominación ya me fascinaba: meta, como metafísica, lo que está “más allá” (“metha ta”) de la física, (un mero código bibliotecario de Alejandría creado para indicar los libros que se ubicaban después de los de la física)… Y esto era meta-anfeta…
Leíamos los prospectos médicos como  si fuesen mensajes poéticos cifrados.¡Pero qué atractiva que era la presentación del producto! Los ingleses si que saben de marketing.
 El caso es que ya todos estábamos picándonos esa droga de curso legal. ¿Cómo era posible que una medicina tan peligrosa, de uso tan delicado y restringido se distribuyese en cantidades fabulosas para venta libre?
 Se decía que hasta el Presidente Kennedy tomaba anfetas por prescripción médica. Hubo un acelerado consumo
masivo y en poco tiempo el pico se instaló como un nuevo paradigma de la cultura hippie. Todo el mundo fue a ver “Panico en el Parque” donde un yonky se inyectaba diciendo “La muerte es el mejor estimulante”. Tal ves hubiese cientos
de personas adictas en Buenos Aires en 1970 que se picaban, como yo, un par de cajas por semana, lo que no es poco.
Sin duda que debía tratarse de un experimento muy bien orquestado, porque todavía se vendían las pioneras
Pervetas, ya que muchos adictos solía mezclar una ampolla de perveta con una ampolla de methedra en el mismo grifo como la fórmula ideal para un buen coctel endovenoso.
 Pero los efectos eran bien diferentes: el pervitín era extático y estático, uno podía permanecer horas y días copadísimo con un dibujo, un amor, una canción o un collar de mostacillas. Pero con methedrine pasaba otra cosa que era como un gran juego infinito que había que jugar, una
pura acción con mecanismos sumamente complejos y siempre llenos de significados mágicos ocultos.
Y en los momentos de acción mas intensa se tenía la sensación de que toda la realidad se trasladaba  para su continuidad… en otro lugar. Si, daba la impresión de que el desarrollo de los hechos presentes tendría continuación lógica en un intangible aunque concreto y visible más allá.  Transitábamos los fragmentos de un tiempo original, y la realidad era tan solo el ensayo de la realidad.
Era muy extraño, realmente misterioso: venta libre en dosis masivas y la policía reventándonos en las cárceles y los psiquiatras castigándonos en las clínicas y en los loqueros con electroshock, coma insulínico y medicación para psicóticos; centenaress de casos, de jóvenes y adolescentes… algo que involucraba a toda una generación.
La adicción al Methedrine se manifestaba en el convencimiento del adicto de que cuanto mas se picara, más remontaría la corriente del tiempo. Se experimentaba primero un rejuvenecimiento notable,  y luego se
adolecía casi hasta la infancia. La corriente del tiempo fluía al revés.
Ese efecto fue muy bien reflejado en el film Candy, donde los ancianos se inyectan una droga que los transforma en niños.
 Yo miraba el logo de la ampollita y me parecía intuir que en ese unicornio estaba la clave de un gran secreto.
 Una droga poderosa, muy poderosa, de venta libre y de  importación, autorizada por el ministerio de salud… y lo mas increíble: a precios pop!!!, muy económicos, (not much
expensive!) .
En ese momento en todo el planeta el Flower Power en pleno, con los Beatles y Timoty Lear a la cabeza se manifestaban por el libre uso y experimentación con diversos tipos de  alucinógenos y psicodélicos… y de pronto  llegaban a Buenos Aires drogas pesadas respaldadas por la Wellcome para libre distribución a bajo precio.¿acaso un regalo de la corona?..¡¡¡Bienvenido!!!  Y esa política de expendio tipo “pico libre” funcionó durante un par de años desde fines de los ´60 con diferentes marcas y productos farmaceuticos. ¿Desde dónde se orquestó ese negoción?  Veamosló en perspectiva: centenares de casos de
pibes con alteraciones químicas en el organismo, locos y delirantes, moviéndose dentro de la pautada figura algebraica del gheto de Buenos Aires, acosados por la policía y hostigados por los psiquiatras.

 Una total confabulación de poderes. Sin duda un experimento cruentísimo que nadie nunca investigó, una política de “vista gorda” de un Estado pro colonialista que
nadie jamás denunció.
 Y la extraña sensación que tenía el adicto en todo momento, es decir el hecho de ser OB-SER-VA-DO, de alguna forma era real y no tan solo una mera paranoia, sin duda por alguna extraña tecnología nos estaban viendo, nos veían… como cobayos de laboratorio inyectados con isótopos radioactivos nos detectaban, con invisibles electrodos registraban todas
nuestras sensaciones, nuestros pensamientos, nuestras emociones.
 Nos perseguían por el ghetto, nos golpeaban, nos aislaban, nos incomunicaban, nos castigaban con todo el peso de las leyes, y nos recluían en clínicas psiquiátricas.
¡Luego la policía y la psiquiatría supervisaban el experimento!…
¿Acaso para el Estado éramos monstruosos mutantes que debían ser tratados con drogas teratológicas?
Yo por mi parte era un monstruito inocuo, apenas un perverso polimorfo, cobarde e irascible, violento y obstinado, mimético y delirante, y en una podrida situación
familiar clase media tipo; no sabía nada de mí ni de los otros, ni de las leyes del juego; me parecía que había todo un orden social preestablecido desde antes de mi llegada, que había leyes absurdas y formas de comportamiento totalmente arbitrarias e injustas. Era incapaz de sentir en realidad, emplazado en una estructura rígida y represiva no podía expresarme, no sabía demostrar amor ni afecto ni empatía, estaba bloqueado para la creatividad y necesitaba para desarrollarme esa droga que el Estado tan oportunamente ponía a mi alcance sin sospechar que el premio mayor sería  siempre el castigo. Y muchos se perdieron, se quedaron en el camino, desaparecidos ya antes de los desaparecidos en una pre selección de “elegidos” descartables como jeringas,
“quienes se presentaron en los escalones de piedra del loquero con las cabezas rapadas y balbuceando como arlequines del suicidio exigiendo lobotomía instantanea, y quienes recibieron en cambio el concreto vacío de la insulina, el metrasol, el shock eléctrico, la hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping-pong y amnesia.”  


Por entonces, junto con las primeras cartas de Juanito desde Madrid, Barcelona y París, recibí la primera carta de K. desde Londres.
Estaba escrita a máquina en papel vía aérea color celeste con membrete azul. Arriba de la página mi nombre, luego doce puntos suspensivos, luego siete series de puntos suspensivos diversos, y en el medio de la hoja una
pregunta: 

“¿Y?”, subrayado,  y su nombre al pié de la página:
K.
Toda la carta era una sola pregunta:
 ¿Y?
Yo la interpretaba con mayor extensión  como: ¿y?...¿qué estas haciendo?... ¿y…qué esperás para viajar como habíamos quedado? 
Si, habíamos acordado que yo trataría de viajar a Europa, y que pronto nos reuniríamos… ¡Parecía que me estaba esperando!
 ¿Y yo qué estaba haciendo en Baires sin poder despegar? ¿Por qué me perdía entre los endédalos del gheto, en calles y
boliches y amigos y plazas y casas y cárceles y manicomios? ¿Qué estaba haciendo que no me concentraba en la idea fundamental del trip que era EL VIAJE, un viaje que se había iniciado con la psicodelia de la mente pero que
buscaba su continuidad en el espacio real.


Pero lo mas extraño de todo
era el membrete de la hoja de la carta: ¡un unicornio azul, y junto a él en letras azules:

BURROUGHS WELLCOME & CO,
 y en letra mas chiquita 
The Wellcome Fundation Ltd., y mas abajo: 
The Wellcome Building Euston Road – London NW1 –
Telefon Euston 4477 – Cables & Telex – Tabloid London Telex 22280
Junto  a mi nombre y dirección una especie de saurio
gruñendo con un signo de la paz en el lomo.
 Yo miraba todos los detalles de la carta, hasta los números y los puntos me parecían claves importantes.
¿Pero qué significaba esta coincidencia?:mientras aquí, en Baires yo me picaba un producto de los laboratorios Wellcome (¡Bienvenido!), al mismo tiempo recibía una carta de K con membrete de la BurroughsWellcome Foundation… ¿Qué significaba todo esto?
 ¿Ella había escrito la carta sobre un papel membretado “casual”?... ¿o tal vez estaba trabajando para la Wellcome Foundation y me escribía desde la oficina?... o tal vez el papel era de un block del dueñode casa de la dirección a donde podía escribirle: Jim Ryan/para K.. – 12 Lancaster Road – London W11 England…
…¿Y?...
¿Pero tanto misterio por una simple coincidencia?  Los unicornios ingleses abundan desde el escudo nacional hasta en los orinales…
¿Y?...
¿Y qué estaba haciendo?
¿Y?... ¿qué estaba esperando?...
Yo  miraba el unicornio azul del membrete de su carta y lo comparaba con el unicornio idéntico impreso en azul sobre el cristal transparente de las ampollitas de Methedrine… y pensaba: ¡pero qué misteriosa coincidencia!
    

(continuará) 

martes, 18 de noviembre de 2014

"GENERACIÓN DESCARTABLE II"

Capitulo 5






K…

Una mañana apareció K en lo de Farolito diciéndome:
-  Me voy, tengo que hacer unos trámites para viajar: certificado de salud y pasaporte… Es un bajón pero tengo que hacerlo.
 ¿Querés venir? Dale, acompañame. Después nos vamos a mi
casa y te muestro mi planta de grass. Dale, vamos.
Ella ya tenía todo planeado.
Me piqué unas ampollitas de perveta, un buen desayuno endovenoso antes de salir a encarar las Instituciones. Me puse un impermeable que usaba Tango y que era de Farolito, ella se enfundó en su pilotín y salimos a la neblinosa mañana.
Primer descenso al averno: el viejo hospital, atravesando largos corredores oscuros transitados por sombras; salas donde la gente esperaba desde hace siglos, dando vueltas y vueltas por los
imponentes pabellones, entre seres de aspecto enfermizo. 

Yo no quería ni mirar a mí alrededor, ni saber donde estaba, solo me dejaba conducir despreocupadamente por la sonrisa de K y por sus avisados ojos verdes; hasta que llegamos a una oficina perdida al final de un corredor que parecía recientemente creada para compensar tanta búsqueda. Nuestra presencia reactivó a la robótica empleada que como era de suponer nos dijo que teníamos que
aguardar.
Para no respirar el aire envenenado de la sala de espera nos fuimos al jardín, nos sentamos en un banco solitario al pié de un añoso árbol, y de pronto K se paró frente a mi y bailó.
Giraba  lentamente y se desplazaba estirando brazos y piernas como quien se despereza de un largo sueño y saluda al mundo a su alrededor… y en torno suyo giraba aquel jardín convaleciente, los demacrados pabellones y las sombras de los enfermos que deambulaban por los apestados pasillos.
Y después de la obligada espera conseguimos retirar el cartoncito gris del certificado de salud para viajar al exterior, con su sellito azul y su ilustre firma anónima.
Segundo descenso: el siguiente trámite era mucho más peligroso, porque había que ir a meterse en la mismísima boca del lobo, “Sección Documentación del Departamento de Policía”. Y ya
estábamos allí:  Oficina de Pasaportes…  en medio de una arquitectura con reminiscencias operísticas fuertemente iluminada a giorno, entre profusión de uniformes azules con adornos dorados y empleados prepotentes y malhumorados.
Nos olisqueaban y nos miraban con odio. No romperían la tregua que nos daban para parlamentar, pero ya nos perseguirían por la ciudad, nos levantarían de los bares, ya nos iban a hacer conocer los entretelones de ese híper iluminado decorado de opereta: sus inmundos calabozos y sus fétidas mazmorras.
 Finalmente los empleados recibieron los formularios estampillados y sellados completos, solo tendría que pasar a buscar su pasaporte en un par de semanas. Y así salimos de aquel infierno.
Tomamos un ómnibus y después de un largo viaje de algo mas de una hora, bajamos en una estación de servicio, y a pocos pasos de allí estaba la casa.
Su madre me saludó friamente.
Me miraba con desconfianza.
- No te preocupes, Omar, ella trata mal a todos mis amigos porque me odia. –dijo divertida para disgustar a la vieja –No es nada personal con vos, quedate tranquilo.
Hablaba con su madre y a pesar de tratarse con frialdad empleaban un idioma que me pareció lleno de expresiones tiernas y cariñosas.
La casa era un chalet muy grande en medio de un parque arbolado. Habían puesto boliche en el salón principal que estaba lleno de mesitas y sillas y adornado con banderines de todos colores que colgaban del techo. Por las tardes, me contaba K, se llenaba de parroquianos, la mayoría viejos de los alrededores  que se juntaban a beber y escuchar música.
Y ahora me haría conocer lo mejor: salimos al parque rodeando la casa por a la parte de atrás y caminamos por un sendero que los pastos crecidos desdibujaban, hasta que de pronto nos encontramos frente a toda la belleza tropical de su exuberante planta de Cannabiss Sativa.
 Era realmente magnífica, más alta que nosotros y llena de brotes y capullos verdes en sus ramas, con sus perfectas hojas de cinco, siete o nueve folículos…
Saltamos y gritamos y reímos dando vueltas alrededor de la planta mágica.
Aquella mañana gris se había transformado en un caluroso mediodía. Juntamos las hojas más grandes, mas verdes y perfectas y en una colinita de césped lindante a la planta nos pusimos
a tomar sol, mientras las hojas se secaban sobre un papel. Los altos pastos de alrededor nos ocultaban y nadie podría vernos, pero ahí estábamos, junto a la exótica planta que crecía exorbitantemente en aquel oculto rincón del parque. Y cuando las hojas estuvieron secas armamos un par de agujas.
Pero todavía me faltaba conocer lo mejor, y fue al final de la tarde cuando el sol ya bajaba: ella no dormía en la casa,  tenía su propio
lugar, su refugio aéreo al fondo del jardín. Tomándome la mano me condujo hasta llegar a su torre. En medio de los altos pastizales que la invadían se alzaba esa vieja torre, una construcción de ladrillos que había sido granero o tanque y que parecía una torre de guardagujas.
Subimos la escalera exterior hasta la habitación, y ahí estaba su lugar: apenas una camita y una mesita con una vela y unos libros. Todo como dormido en un sueño bañado por la luz del
poniente que entraba por la ventanita para colorear las diminutas florcitas pintadas del mobiliario. Se puso un capote de paño verde oliva de la última guerra. El sol nos había afiebrado y ahora estaba refrescando. Armamos otro joint y fumamos serenamente en medio de la algarabía musical de los pájaros al atardecer. Y enseguida su refugio se sumió en la penumbra.
Encendimos la vela sobre la mesita. Allí todo era diminuto y austero como ella misma, todo era bello y poético.
K, se puso a dibujar, y yo me dediqué a observarla. Estaba haciendo un monstruito, una especie de gusanito erizado y colérico que salía de la nada en medio de la hoja de papel y se desarrollaba desmesurado y amenazador. Su expresión era terrible, daba miedo, pero también tenía algo de gracioso y caricaturesco. Pasó largo tiempo hasta que el dibujo estuvo casi terminado… Entonces ella como yo había estado observándola dijo:
-      Ah, esperá que falta algo…
Encerró al monstruito dentro de la pantalla de un televisor y a los costados dibujó los botones del comando; y entonces agregó:
- Se sintoniza con estos controles. Lo tengo encerrado en este aparato porque es muy feo… -dijo y sonrió con cándida crueldad.
Supuse entonces que me había dibujado a mi… entonces… ¿ella también, mi ángel, podía lastimarme?...


El Peli apareció una tarde por el departamento de Farolito con un elegante abrigo de paño azul y el pelo muy largo de un rubio luminoso para preguntarme si quería trabajar, porque le habían ofrecido un trabajo de dibujante publicitario para una oficina editorial, pero él quería irse con Miguel a Brasil, así que si yo estaba dispuesto me pasaba el trabajo. Yo no tenía que pensarlo mucho, y acepté inmediatamente.
El Peli me acompañó a la oficina y me presentó al jefe que era amigo suyo.
Esa oficina era un extenso departamento a media cuadra de avenida Córdoba a la altura de plaza Lavalle. Y el jefe era un flaquito tímido que se ocultaba detrás de unos gruesos anteojos verdes estilo loockgodart.
Era la Editorial Ciclo que publicaba una lujosa revista de decoración. Comencé a ir todos los días desde la mañana. Ocupaba el escritorio del salón biblioteca con altas ventanas  que daban a la plaza. Apenas llegaba me ponían un modelo para copiar o una idea para desarrollar y me dejaban solo en ese inmenso departamento durante todo el día.
Volvían a la tarde para ver el trabajo realizado y eso era todo.

 El salón escritorio estaba rodeado de vitrinas que contenían preciosos libros de arte. Muellemente alfombrado y lujosamente decorado el lugar me pertenecía durante todo el día, me tomaba una hora para salir a comer  y volvía a instalarme en la mesa de trabajo.
Había que reproducir un modelo de vajilla, el detalle de algún mueble, o una puerta de hierro forjado; idear una publicidad para un juego de cubiertos, para un empapelado o un revestimiento; diagramar una página de sanitarios o un artículo de tapicería.
El trabajo era bueno y creativo, además de bien remunerado, pero solo estuve allí un par de semanas. 
Apenas me quedaba solo en la
oficina sacaba de mi bolso la cajita de ampollas de Pervitín, me encerraba en el espejeado baño y practicaba mi nueva habilidad: la inyección endovenosa. Enseguida después me ponía a
dibujar, a diagramar, a componer. Hice algunos buenos trabajos, pero para eso debía inyectarme varias veces durante el día. Y después salía completamente loco y agotado. Pasaba días sin dormir. Recuerdo el último trabajo que realicé: era un juego de desdoblamiento mágico. Tenía que hacer la publicidad para una
vajilla. Dibujé un mago malabarista, luego calqué e invertí la imagen y obtuve entonces dos magos idénticos enfrentados, los ubiqué a cierta distancia uno del otro, recorté el modelo de vajilla y lo dispuse volando en el aire entre los dos magos. El efecto de malabares quedó perfecto y se editó, pero yo estaba exhausto.

Pasamos la navidad  del 70 en lo de Farolito. Con Gato, Noemí y K
salimos a pedir comida casa por casa y armamos una hermosa mesa de noche buena.
La gente nos daba de todo, estaban felices y se sentían generosos y les resultaba simpático esos pobres chicos hippies que llamaban a su puerta: una indiecita pecosa de trenzas negras, un chico de pelo largo que tocaba la flauta, una muñeca rubia de ojos verdes que bailaba girando envuelta en un poncho celeste y blanco y una flaquita paliducha desgarbada como una modelo…
Y después de las doce apareció todo el mundo en el departamento de Farolito. Las lámparas se atenuaron y estábamos todos apretujados sentados en el piso charlando mientras en la semipenumbra empezaron a rolar los joints de grass, con la música de Jimmy Hendrix  sonando en el equipo… y Carlos del Peral, amigo de Farolito dijo:
-Estamos todos, ya se puede tirar la cadena.


Por entonces gran parte de nuestro tiempo la pasábamos presos, detenidos en las comisarías. Miguel, Tango, Pipo, K, Cylbia, Renée, Graciela, El Peli, yo… y algunos otros.
Nos encontrábamos en alguna casa, en algún bar o en una plaza, pero siempre, invariablemente terminábamos en la comisaría. Algunas veces solos o en parejas, pero también en grupos numerosos solían levantarnos de La Paz (qué ironía!), de la Giralda, del Moderno o del Obelisco. Conocíamos las seccionales perfectamente por su número: un paseo por calle Corrientes (el
guetho) podía terminar  en los siniestros calabozos de la quinta; por Florida el peligro era la primera; por Plaza Francia lo fatal era la quince. El terror policial acechaba en cada salida. Aparecían de repente, nos pedían documentos y nos subían al patrullero. Y entonces empezaba la pesadilla. Llenaban una ficha con nuestros datos y nos tomaban las impresiones digitales como bienvenida al infierno. Después nos arrojaban al fondo de oscuros y helados calabozos, siniestros como tumbas, entre chorros y borrachos. y en esa forma de muerte nos tenían suspendidos uno, dos o mas días, sin comer, sin dormir, en medio de una mugre insoportable mientras ese olor nauseabundo impregnaba el cerebro.
El trámite inicial era de averiguación de antecedentes, pero a medida que nos iban conociendo, como siempre caíamos los mismos en las mismas seccionales, nos iban cargando el expediente: y así como para divertirse, nos empezaron a poner desorden en la vía pública, ebriedad e intoxicación, segundo h, prostitución…
Hubo veces en que salíamos de una seccional y caíamos en otra. Nos revisaban, nos desnudaban, nos pegaban, nos cortaban el pelo. Teníamos veinte años y nos trataban como a peligrosos delincuentes. El lenguaje que empleaban con nosotros era terrorífico, del tipo:
-Yo a vos te conozco… (para empezar) con abundantes contradicciones y dobles sentidos a fin de confundirnos y enredarnos; sin duda el lenguaje de mierda que debían usar en su trato con el hampa.
Si nos encontraban pastillas o marcas de pico en los brazos el jaleo era un poco más fuerte. Entonces de la seccional nos pasaban al departamento de policía, donde los interrogatorios y las palizas y torturas eran comunes. Y de ahí nos remitían una temporada a Villa Devoto.
Una de las tantas veces que caí en Devoto, un preso me contó que Tanguito había estado el mes pasado en ese mismo pabellón y se habían hecho muy amigos, y mostrándome una crucecita verde transparente que llevaba atada al cuello con un cordón me dijo que Tango se la había regalado cuando le llegó la libertad y que él mismo la había hecho con el mango de un cepillo de dientes puliéndolo contra el cemento del piso. 
También he estado largos días olvidado en un calabozo, incomunicado, por tener el pelo largo y los brazos picados, sin comer, muerto de frío, con mono; y allí las horas no pasan nunca, tal es así  que a veces me parece que todavía estoy ahí.
Por la madrugada nos conducían a hablar con el comisario que nos miraba con asco desde detrás de su escritorio, sin duda dábamos lastima de tan sucios y demacrados. Nos hablaba con ironía, proferías graves amenazas  y nos regresaban a las tinieblas.
Revisaban burlones nuestros libros, cuadernos de notas y dibujos y hacían horribles comentarios. Interpretaban todo por su sentido más abyecto. Una vez en mi cuaderno requisado, sobre un alfabeto maya que yo estudiaba garrapatearon una cruz esvástica.
Algunos de los nuestros eran valerosos: Miguel les respondía insolente; Tango se los ganaba con alguna salida graciosa, lo hacían desnudar y se escandalizaban al ver que usaba la bombacha de su hermana. A veces lo hacían cantar y tocar la guitarra para ellos, K. los insultaba abiertamente, Gato les arrojaba extraños maleficios y
conjuros.
Una vez nos llevaron de la Giralda. Estábamos en una mesa grande un grupo numeroso. Habíamos desplegado nuestros papeles y
dibujábamos. Alguno escribía y otro armaba un collar de mostacillas. Habíamos copado el bar y nos llevaron a todos.  Cuando éramos muchos armábamos algún jaleo de protesta. Nos reíamos mucho y contestábamos las cosas más absurdas y hasta cantábamos y dibujábamos en los calabozos. Aquella vez era pleno verano y nos tuvieron varios días. Hacía mucho calor y el olor era insoportable. Las chicas estaban en el calabozo de al lado y nos hablábamos a través de las rejas. Nos pasábamos notas y dibujos.
 Otra vez nos llevaron a la maldita quinta con Miguel y algunos chicos artesanos de Kalendar. Miguel estaba muy loco. Hablaba
solo en un murmullo ininteligible y cuando le fueron a tomar las impresiones entró a correr y a golpearse contra las paredes como un pájaro ciego, gritando:
-    Basta! ¡Otra vez esta pared! –y se reventaba a golpes contra la pared.
Después en el calabozo hacía mucho frío, entonces Miguel organizó una danza derviche y giramos y giramos como planetas hasta entrar en calor.


Empecé a hacer psicoanálisis en el policlínico con una psicóloga por el tema de mi adicción.
 Me inyectaba cada vez más. Ya casi no iba al centro ni a lo de Farolito. Juntaba dinero de mis pequeños hurtos a la caja del
negocio de mi papá y recorría las farmacias en busca de Pervitín. Volvía a casa y me inyectaba. Durante varios días no comía nada y mis padres se afligían al ver la luz de mi dormitorio encendida todas las noches.
 ¿Qué hacía encerrado ahí?... Leía, dibujaba, pintaba. Hacía interminables dibujos, ¡mis secretos dibujos pasionales!  Eran dibujos muy complejos y desorbitados, llenos de imágenes de una erotismo distorsionado y obsesivo. Las drogas habían desarrollado mi capacidad expresiva y comencé a notar que los dibujos no eran
malos, técnicamente eran bastante buenos, aunque la temática recurrente los hacía imposibles de exhibir. Y me parecían buenos porque mis trazos se habían liberado notablemente. En las composiciones pasionales aparecían  tanto ángeles como demonios…  Los guardaba cuidadosamente escondidos en la
parte alta del placard y se iban acumulando en una pila considerable.

Al principio yo castigaba a mi analista con largos silencios. Me sentaba frente a ella en su despacho y la miraba sin hablar durante casi toda la sesión. No podía decir nada. Todo lo mío era secreto, clandestino, oculto, prohibido. Pero al mismo tiempo necesitaba que me ayudasen, entonces me iba al hospital con una caja de pervetas y mi jeringa, me metía en el baño de la sala de espera y me inyectaba dos o tres ampollas. Recién entonces entraba al análisis y hablaba. Decía todo lo que quería y tenía que decir. Mi sexualidad reprimida, mis dibujos ocultos… todo o casi todo tratando de no esconder, de no olvidarme de nada…
 En ese tiempo yo veía mucho a Adriana Gato. Como yo había dejado de frecuentar la casa de Farolito, ahora ella venía a mi casa.
Algunos días trabajaba un poco en un taller  artesanal de cuero allá en la Boca. Me había conseguido trabajo por unos días y así conocí a su amiga la gorda Cleide y a un grupo de brasileros maravillosos. A veces nos quedábamos a dormir en el taller, pero después ella venía a mi casa. Y siempre juntábamos una plata y salíamos a buscar unas perveta por las farmas. Una vez nos inyectamos todo. Llovíó a mares, caían rayos y truenos, parecía el fin del mundo,  pero nos descubrimos hermanos (incestuosos), gemelos idénticos.
Y esa mañana Gatito me había acompañado al hospital a mi sesión de análisis. Al llegar, desde la reja del jardín vio las altísimas antenas del hospital y prefirió esperarme afuera, advirtiéndome antes de entrar:
- Mirá las antenas que tienen ellos, pero nuestras antenas son mas poderosas aunque no se vean.  ¿Vas a estar mucho tiempo viniendo al hospital?... ¿Por qué no nos vamos a Brasil con Clyde y el Negro?... Sería mucho mas divertido, ¿no te parece? Lo que en un análisis lleva años de trabajo, viajando se resuelve en muy poco tiempo.
Fue entonces que mi analista consultó con su equipo y decidieron medicamentarme. Yo tenía que tomar unas pastillas por día. Debía cuidarme, alimentarme bien y tomar la pastilla.
Prometí seguir el tratamiento sin consumir mas droga. Dejé de ver a Gato y a todos mis amigos. No podía exponerme a recaer. Extrañamente la pastilla diaria que tenía que tomar era nada menos que el famoso Artane para parkingsonianos y esquizofrénicos, venta libre con el que mis amigos y yo veníamos experimentando desde hacía tiempo. Tomabamos indiscriminadamente tres, siete, quince pastillas a la vez para entrar en un viaje de pesadas alucinaciones y deliriums tremens. Ahora en cambio tenía que tomar media a la mañana y media a la noche.
Recuerdo muy vividamente ese tiempo: comía en el patio, era pleno invierno y quería almorzar a la intemperie, bajo el débil sol del mediodía. Yo quería curarme. No me inyectaba ni tomaba anfetas. Me veo por la mañana temprano yendo al hospital caminando entre la niebla densa que comenzaba a disiparse. Iba envuelto en mi capa azul y llevaba una bolsa de cuero al hombro con mi carpeta de dibujo y mis marcadores de fibra. Llegaba a la sala de espera del policlínico y me ponía a dibujar tratando de abstraerme del doloroso delirio de los otros pacientes que esperaban para la consulta. Hacía autorretratos. Me dibujaba a mi mismo en la
sala de espera.



Con Gato también habíamos hecho la promesa de no drogarnos más y después dejamos de vernos por un tiempo.
Un día fui a buscarla a su casa en el barrio de Constitución. La esperé en el porche al pié de la escalera, hasta que apareció transparentándose  por detrás de la puerta cancel con sus
cortinas tejidas al croché. Había estado en lo de Farolito… se había vuelto a picar…
Volví a mi casa sintiéndome más solo pero seguí con mi tratamiento desintoxicante.
Mi única alegría eran las cartas de Juanito que recibía de París o de Roma. Yo le respondía presuroso contándole
mi situación, mi imposibilidad de viajar por el momento. Pero en el fondo abrigaba la oscura idea de evadirme de aquella situación.


Con las inyecciones de Pervitin yo había comenzado a tener una serie de alucinaciones recurrentes: confundía a las personas. Las con-fundía, en vez de ver a la persona con quien estaba veía al objeto de mis deseos. Pero esas manifestaciones yo las tomaba como hechos completamente mágicos y absolutamente reales y misteriosos.
La primera de esas apariciones fue Juanito, por supuesto. Hacía poco tiempo que él se había ido a Europa y me escribía divertidas cartas desde Madrid, Barcelona y París. Me contaba maravillas de los lugares por donde andaba. Me llamaba. En todas sus cartas me pedía que viajara para reunirme con él, lo que para mi era imposible. Mis viejos se oponían a dejarme viajar, ¿de qué viviría en Europa? No tenía profesión, ¿Dónde iría a vivir? Lo que yo podía contarles de Juanito era demasiado ambiguo, y ellos no veían nada concreto en todo eso. Además ya sabían de mi adicción a las drogas y me vigilaban.
La primera vez que “ví” a alguien fue a Juanito. Yo había tomado la costumbre de pasear los domingos a la tarde por plaza Francia, donde se reunían los hippies y los artesanos. Y allí me encontraba con mis amigos y nos sentábamos a conversar y hacer música sobre
el césped entre las altas palmeras. Y una tarde que estaba solo un momento se me acercó un chico. Al principio no lo reconocí, porque era alguien que nunca antes había visto y me preguntaba algo, parado frente a mí. Tal vez algo acerca del lugar, o de alguien a quien estaba buscando, y yo había comenzado a contestarle cuando vi que su rostro se transformaba, y de pronto ante mis ojos
se transfiguraba y era Juanito. Había como un “montaje”, una superposición de imágenes, porque era ese chico y al mismo tiempo era Juanito. Le sonreí a Juan y el chico también me sonrío, pero lo mas extraordinario era que en lo que me estaba diciendo también había palabras de Juan, pequeñas claves, formas, modos que eran característicos de Juan. Además el chico parecía decirme con la mirada que él sabía lo que yo veía, y hasta parecía querer insinuarme que en ese momento él era realmente Juan. Mientras  trataba de fusionar mis respuestas para hablar al mismo tiempo con el chico y con Juanito, yo intentaba ser tan mágico como el mismo fenómeno que percibía, pero tenía que mantenerme en delicado equilibrio, porque si lograba ver solo a Juan y me olvidaba de la otra persona algo se trizaba y la magia dejaba de fluir. Entonces dejaba de ver a Juan  y solo veía frente a mí a un desconocido.
Pero si lograba el difícil fenómeno de percibir todo al mismo tiempo entonces la magia fluía, y yo estaba ahí, en plaza Francia hablando con un desconocido que era Juanito en París.
El chico enseguida se fue.
¿Qué pasaría si yo lo llamaba por su otro nombre?... si yo de pronto gritase su nombre y corriese hacia él para abrazarlo… para descubrirlo con un beso… mientras se alejaba sentí que me pedía que no lo hiciera, que no violara las reglas del juego, ya que era la única forma de que él pudiese ser quien fuera y de que hubiésemos podido estar juntos como pares por un momento en plaza Francia…y en Paris…demostrando una vez mas que las líneas paralelas si, se
cruzan… en el infinito.
Cualquiera puede explicar este fenómeno con el término de “lo que se parece”… de los parecidos…de lo que al aparecer se parece… de las meras apariencias… y entonces no hubiese pasado de ser una simple co-incidencia. Me decía a mi mismo; “Solo se parece”… y fue entonces que enuncié mi Principio Fundamental:

                 “TODO LO QUE PARECE ES”

(tan acertado como decir que todo lo que es parece…)
Y a partir de entonces ese fenómeno comenzó a desarrollarse vertiginosamente cada vez con mayor frecuencia, tal es así que  comencé a estar siempre con alguna persona … y con “alguien mas”.
No era del todo necesario que hubiese un parecido físico, ya que se daba con todos, con cualquiera y en cualquier lugar, en algún momento la fisiognomía se fusionaba y los seres se con-fundían y se amalgamaban. Por eso veo a otros en cada ser, “tengo ojos en
los oídos” y …”una oreja detrás de la oreja”…entonces era cierto que nosotros somos nos y somos otros.
 Existen otras formas de explicar el fenómeno además de la escisión esquizoide: el desdoblamiento de la actuación, la caracterización, el disfraz,  o el misterio de la transfiguración, las
mutaciones, las metamorfosis mitológicas…
El caso es que comencé a buscar a otros en cada uno…




Recibí una carta de Miguel.
Me escribía desde Brasil unas líneas por las que soplaban aires de libertad y también un poco de su acostumbrada agresividad:

“Mandame el sobre redondo y no te olvides nada encima del piano. Ahora estoy con un chico brasilero y todo acaba de empezar en cuanto te escribo esta carta.
No hagas preguntas molestas y preocupate por tus problemas que para que me rompan las pelotas me voy a vivir a un campanario. Tratá de no ser tan incómoda y lavate los dientes que dentro de poco te vamos a tener que comprar una aspiradora.
Además, lo mío, se trata de una cuestión molesta y si me molesta me molesta.
Las baratas brasileras te comen la lana, el papel, el algodón, el paño, los roperos, los zapatos, los gemelos, cualquier cosa 
te comen, y no te comen a vos porque no te vieron.
Dejá todo por mi cuenta, andá tranquila.
Pará, pará, ya te sale el destinatario y me querés serruchar el enviato.
No sé si te habrás dado cuenta de que yo te veo a vos, y vos, que no me ves, pero tenés una carita de sopa que mata, o no mata, extermina:
                  Es un producto de ceras Johnson
                  Nuevo R.A.I.D.
                     Mata
                   Cucarachas
                   Pulgas
                 Hormigas
         Matándolas bien muertas  (vapores penetrantes)
La vidriera está vigilanta y me parece que me voy a tomar el olivo muy derepente.
             Garotos, ya empecé.
             Uníos garotos
             Unios garotos
                Uníos, uníos.”


Por entonces me sentía realmente esquizo. Durante el día hacía mi tratamiento y quería curarme, pero al caer la noche armaba mi mochila con un poco de ropa y mis cuadernos y mis lápices y preparaba mi fuga. Cuántas veces esperé que los ruidos de la casa se acallaran y que todos se fuesen a dormir para salir como un forajido oculto en la oscuridad, cargando mi mochila. Me iba sin decir nada, entornando apenas la puerta detrás de mí, y entonces caminaba deslizándome por las sombras. No quería que nadie me viese, creía que toda la ciudad era una clínica  psiquiátrica disimulada entre calles y casas y plazas. Al llegar a la estación de trenes ya me sentía cansado y confundido… ¿adonde iba? Sentía sueño y me adormecía. ¿A dónde pensaba llegar? ¿Qué estaba
haciendo? Me sentía realmente loco, cargado como un tonto y sin rumbo cierto, sin saber adonde ir, como el loco de las cartas del tarot… me sentaba en un banco en la estación y veía pasar los trenes sin decidirme a tomar ninguno mientras el tiempo transcurría. Cerca del amanecer, con la última oscuridad de la noche volvía a mi casa, entraba sin hacer ruido, deshacía la mochila… era increíble las cosas que pretendía llevar en mi huída. Eso era de lo mas extraño, en cada fuga cambiaba notablemente el contenido de mi equipaje, como si con cada equipaje viajasen diferentes personas…
 Sin duda alguien se iba a partir del punto máximo de la fuga, porque cuando volvía ya no parecía ser el mismo. Alguien me
dejaba en el banco de la estación, tomaba el tren por mí y yo volvía mas solo y abandonado a desarmar a escondidas el complejo equipaje y meterme en la cama los pocos instantes que faltaban para el amanecer.
Un día vino Gato con una caja de ampollitas y le costó bastante convencerme.
- Estoy tomando unos medicamentos –le dije muy seriamente –si tomo alguna otra droga puede ser contraproducente.
-  Todo lo contrario, –me aseguró Gato –te podés morir si seguís tomando esos medicamentos de mierda… -y para dar por terminada la discusión, limó unas ampollitas y se inyectó.
Entonces limé mis ampollas y me piqué yo también. Inmediatamente comprendí toda la verdad, esos medicamentos de los psiquiatras me estaban volviendo loco, me estaban confundiendo, me estaban atontando, sofocando mi fuego interior, cortándome las ramas de crecimiento, impidiéndome la libre respiración, obstruyéndome la visión… y no me fue necesario preparar ningún equipaje, salimos a la calle simplemente tomados de la mano llevando solo lo puesto, y en la estación tomamos el tren sin sacar pasaje y esa noche aparecimos en el departamento de Farolito. Yo me había impuesto tanta soledad y ahí estaban mis amigos como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Pero después de varios días de naufragio volví a mi casa con una terrible sensación de fracaso y dormí varias semanas.
Hasta que de pronto, una mañana ella apareció en medio de mi habitación, mi ángel luminoso: K! Botas altas, pantalón de pana color dorado, camisa blanca y un largo chaleco afgano. Se iba a Londres la semana próxima. Pero antes quería ir a Villa Gesell a despedirse del mar. ¿Quería acompañarla? Tomé el voluminoso
tomo de Las Mil y Una Noches que estaba leyendo y salimos a hacer dedo al camino. Momentos después viajábamos hacia la Villa en la destartalada chata de un viejito que avanzaba muy lentamente.
K me miraba divertida y decía:
-No se puede creer… ¿vos siempre viajas así, Omar?
Ella y Gracielita habían ido a hacer una obra de teatro a Rosario y a Córdoba y habían viajado las dos solas a dedo, leyéndoles la biblia a los camioneros, y habían llegado rápido como la luz.
Claro, pensaba yo, dos minas solas a dedo van como el viento. Ahora yo le leía los cuentos orientales en una catramina que avanzaba a paso de tortuga… Y luego de complicadas peripecias
llegamos a la Villa.fueron hermosos días plenos de sol. Paramos en casa de una familia amiga y estábamos todo el día jugando en el mar y tomando sol sin hacer mas nada en esas playas que comenzaban a poblarse de los primeros turistas del verano.
Era como si hubiésemos recuperado nuestra infancia olvidada. No había problemas, no había mas conflictos.
K llevaba un cascabel de bronce hindú atado al tobillo con un tiento de cuero. Se lo sacó y sin decir nada lo ató alrededor de mi tobillo. Sonreímos y volvimos a mirar el mar en silencio y esa misma noche regresamos a Buenos Aires.

Cuando llegamos a Baires nos fuimos al departamento de Marta Serrano, que era realmente el departamentito mas reducido que yo hubiese visto, y que estaba ahí nomas, a la vuelta de Galería del
Este tras un larguísimo corredor interminable, entrando por una puertita en la minúscula salita y subiendo un escalón hasta  la única habitación.
Extendido sobre el medio de la cama, desnudo, boca abajo, con una enrulada peluca verde yacía el andrógino de Jorgelina. La lámpara velador sobre la mesita de luz cuyo resplandor había
sido atenuado por un pañuelo de seda azul, arrojaba sobre él-ella una fantasmal luminosidad de profundidades marinas. Parecía el andrógino de Maldoror recostado en la hierba, pero este, en lugar de llorar derramando abundantes lágrimas, se reía.
Yo ya había visto antes a ese flaco alto con pinta de Greta Garbo. Si, en una mesa de la Giralda con K, toda la noche bordando con sus luminosos hilos de colores… y enhebrando mostacillas.
Desnudo sobre la cama con un pelucón verde escribía unos poemas que  nos iba leyendo. Escribía y leía, se había tomado cualquier pastilla y se reía roncamente mientras leía sus poemas.
Así que nos tomamos unas pastillas. Hasta que llegó Tango que
había conseguido una caja de pervetas en una farma y le preguntaba a K si nos podíamos picar ahí o si teníamos que ir a otro lugar. Entonces K dijo un poco en broma
que había un lugar muy lindo en las barrancas de San Isidro; y así fue que en medio de la noche nos fuimos los tres a Retiro y en la estación desierta tomamos el tren.
 Después caminamos por unas calles empedradas hasta una vereda cortada en una barranca que se asomaba al río. Todo estaba muy
oscuro. Nos asomamos por el borde de la barranca y nos pareció ver allá abajo el final del jardín de una vieja quinta, desdibujándose entre los matorrales que bajaban hasta el río.
-    …¿y ese caserón? –pregunté admirado.
-    La mansión de los Ocampo. –dijo K. – Desde acá se ve la barranca de la parte de atrás del parque que baja hasta el río.
Nos sentamos sobre la baranda mientras el  viento agitaba los ramajes que nos cobijaban. Nos picamos en ese lugar, en plena oscuridad a la luz del encendedor, y de pronto Tango escrutando el cielo nocturno le preguntó a K:
-   ¿Vos lo ves?... está ahí... ¿podés verlo?...
-   Si, si… está ahí…-dijo K mirando el cielo negro por encima de nuestras cabezas.
- ¿Entonces… ¿lo ves?... –insistió Tango - ¿está?...
-  Si, -dijo K –ahí está. –afirmó volviendo a mirar hacia lo alto.
Yo también miré hacia arriba pero confieso que no vi nada.
- Bueno, vamos… entonces vamos. –ordenó Tango.
De pronto noté que se iban para el lado de la estación.
-  Esperen –les dije - ¿adonde vamos?... si acabamos de llegar…
- Vamos… nos vamos –decían ellos.
Pero mi insistencia y mis preguntas fueron inútil y regresamos a la somnolienta estación de trenes y volvimos al centro.
Yo me quedaría eternamente intrigado…¿qué habría sido lo que ellos vieron y que estaba flotando ahí arriba sobre nosotros en la noche?...

Pocos días después K nos avisó que su avión salía de Ezeiza con destino a Canadá al día siguiente.
Krishna, el mendocino del taller de Kalendar le había hecho para viajar un largo abrigo de piel de cordero; era blanco y vaporoso, y las lanas llegaban hasta el suelo. En el dobladillo le había encanutado un join para brindar cuando llegase a Londres.
 Fuimos con Marta en el autito hasta el aeropuerto a despedirla. Y
 Ella alcanzó su avión pasando corriendo y
saltando a través de las puertas vidriadas y girando y volviéndose para mirarnos y saludarnos una vez mas hasta el final como bailando siempre una danza que la alejaba inevitablemente de nosotros. Antes me había hecho prometer que no me deliraría y que haría lo posible para viajar. Nos encontraríamos en París, o en Barcelona…
Yo me quedaba cantando un tema de Almendra de esa época:

 “Era una chica que voló
 vio florecer la luz del sol
 y no volvió
 Tal vez esté sentada aquí
 en una silla de algodón
 para mirar y mirar
 ¿Dónde estás ahora?
 que el viento borró tus manos
 ¿Dónde estás ahora?
 tu cara es tan gris
 tu imagen se va.”









             *
(continuará)