jueves, 12 de julio de 2012

2GENERACIÓN DESCARTABLE" - Capítulo 16 - "Pioneros en Capilla del Monte"


                                                                                         “Estoy en esta carrera loca
                                                                                       hacia todas las cosas… pero
                                                                                       no estamos haciendo esto
                                                                                       para nosotros solos.”
                                                                                                                    Junco
    
Ante percepciones tan erróneas y delirios tan paranoicos era mejor olvidarse un poco de los estimulantes y tratar de alejarse por un tiempo de la city. Y fue Pipo el primero en tomar esa determinación. Un día que pasé por su casa me dijo:
- Me voy a Córdoba, allá está Junco con los chicos del río ¿venís?, ya sé, no tenés plata, no te preocupes yo tengo suficiente, ni vayas a buscar nada a tu casa, mirá tengo un montón de pantalones de corderoy, podés usar este marrón… Después escribís avisándoles a tus viejos, no perdamos tiempo, el tren sale en un par de horas, enfundá la viola.
     Y ese mismo día salimos para Córdoba. Estábamos encantados de hacer juntos un largo viaje. Íbamos mirando un catálogo que llevaba Pipo sobre el grupo The Mamas and the Papas. Estaba en inglés y Pipo traducía mientras mirábamos las fotografías de los componentes del grupo que se paseaban a caballo por el campo vestidos con ropa country con la gorda y sonriente Mama Kats. Era uno de los grupos de la costa oeste que más nos gustaba. Verdaderos precursores, su música era sensacional. Por supuesto Pipo llevaba también un montón de discos long-play entre los que se encontraba mi preferido: Los Aviadores de Jefferson. Ignorábamos dónde los íbamos a escuchar pero ya encontraríamos un winco en algún lugar.
     El tren iba repleto de estudiantes universitarios que hacían música de campamento con sus guitarras y alborotaban mirándonos con curiosidad por nuestra pinta los hippies.
    En ciudad Córdoba el tren se vació de gente y al rato seguimos viaje hacia Capilla.  En el horizonte empezaban a dibujarse las sierras y tendidos en nuestros asientos contemplábamos el cambiante paisaje por la ventanilla. Ese tramo final se hizo más largo que todo el viaje, no llegábamos nunca y el tren de trocha angosta bordeando los cerros iba parando en todos los pueblitos. Al fin llegamos y bajamos en la vieja estación en cuyos jardines se abrían miríadas de rosas amarillas. Caminamos el corto tramo de la calle principal, era un pueblo chico, siestero, somnoliento y tranquilo y en un bar preguntamos por Junco. Debía estar allá abajo nos dijeron, con los chicos en el río, así que seguimos hasta el final de la calle, pasamos la plaza y la iglesia y después un boliche y bajamos por un caminito que iba serpenteando una ladera hasta el río, atravesamos el balneario vacío cuando anochecía y remontamos el riacho corriente arriba. Pipo me decía que debía estar en el rancho, porque Junco había hecho un rancho con los chicos del río, realmente, ella y los chicos habían levantado las paredes de piedra y después lo habían techado con haces de paja.
     Llegamos con las últimas luces del día justo para poder apreciar la maravilla arquitectónica del ranchito junto al río. Era enternecedor: una sola habitación de tres por tres, hecha con piedras redondas fijadas con barro y cubierto con un bonito techo de paja amarilla. Eso era todo ¿y para qué mas?, una puerta de madera de tablas y ninguna ventana. En el patio una roca inmensa lo protegía y hacía las veces de terraza, balcón y mirador. Un hilo de agua del río se acercaba al rancho murmurando su canción de siempre y ahí nomás la ladera del cerro y todo el cielo.
 Pero en el rancho no había nadie y hasta el propio silencio se despertaba ante nuestra llegada. El interior era cálido ya que las piedras conservaban el calor del día y no había nada, ni muebles ni utensilios, nada más que una espesa capa de paja seca y olorosa cubriendo el piso. Estábamos fascinados, nos mirábamos en silencio y sonreíamos al constatar como todo el confort que siempre nos rodeaba de pronto se había hecho totalmente prescindible. Dejamos nuestros bolsos y Pipo se asomó al patio y llamó con poderosos gritos a Junco. Su voz rebotó en la ladera de los cerros devolviendo el nombre, pero después del silencio no hubo respuesta. Debía andar por ahí porque Junco era muy andariega y nunca paraba mucho tiempo en un lugar. Sin duda más tarde llegaría al rancho para dormir, así que encendimos una vela y Pipo se puso a tocar la viola y entonces si, enseguida llegaron los chicos del río. Eran una banda de seis mocosos que aparecieron en el patio del rancho asomándose por la puerta.
Todos morenos de renegridos pelos lacios y en edad de entre seis a doce años, auténticos cabecitas negras en el mejor sentido porque sus miradas vivaces y sus gestos nerviosos y cuchicheos los hacía semejantes a pájaros salvajes, a renegridos tordos en libertad. Semidesnudos con sus pieles curtidas por el sol sonreían mostrando sus blancas dentaduras perfectas. Los chicos del río…  eran todos hermanos. Uno nos dijo que Junco hacía varios días que se había ido a un pueblito cercano a la casa de un amigo, mientras los más chiquitos ya se instalaban junto a nosotros entre risas contenidas curioseando la guitarra.
     Domingo que era el mayor enseguida le dijo a uno de los más chicos:
- Andá hasta la casa, vos, y decile a la mamá que mande algo de comer para el Pipo y su amigo.
     Pipo ya era un viejo amigo para ellos y su familia porque ya había estado unos días en el verano con Junco. Entonces el rancho todavía no estaba y Pipo había acampado en su carpita junto a la vertiente del río. Me contaba que fue entonces cuando se había vuelto loco, porque al principio había pasado con Junco unos días magníficos y plenos de amor, pero después ella se alejaba sin dar explicaciones como poniendo en claro su total libertad e independencia y Pipo pasaba días enteros en la carpa esperándola consumido por los celos. Se creía hechizado y pensaba que solo através de prácticas mágicas y brujeriles lograría atraerla hacia él otra vez. Se pintaba la cara de negro con un corcho quemado y batía como un tambor africano su cacerola de camping durante toda la noche cantando y gritando y ululando hasta el amanecer. Pero las invocaciones y conjuros no habían logrado cambiar el espíritu rebelde  de Junco que aparecía a veces para hacer el amor y volver a volar.
     Los chicos volvieron trayendo una fuente con papas y trozos de carne de un puchero que comimos con ganas ante sus miradas curiosas. Después hicimos música hasta que se oyeron desde la casa los gritos llamando a los chicos porque ya era tarde.
     Cuando nos quedamos solos nos disponíamos a dormir y entonces la puerta se abrió y apareció Junco. Estaba hermosa, salvaje también como los chicos con la piel bronceada y los pelos quemados por el sol. Nos abrazamos alegremente y conversamos hasta muy tarde. Yo me fui envolviendo en mi poncho y me quedé dormido oyendo su conversación y desperté mas tarde cuando la luz de la vela ya se había apagado y ellos jadeaban apasionadamente haciendo el amor a mi lado en la oscuridad, cuchicheaban y se reían suavemente.
- Sh… -dijo Junco- que lo vamos a despertar.
- Está rendido. –susurró Pipo.
-Si, -dijo quedamente Junco- pero él también está haciendo el amor con nosotros.
     Entonces sonreí junto a ellos en la oscuridad, me di vuelta y me volví a dormir.
Antes del amanecer hacía mucho frío y nos apretujábamos bajo las escasas mantas que habíamos conseguido, pero no bien salió el sol salté fuera de la casa, corrí hasta el arroyo, me lavé la cara con esa agua fría y límpida, tomé unos sorbos y me tendí en el patio envuelto en mi poncho mientras el sol subía devolviéndome el calor. A media mañana encendimos un fuego en los rescoldos de la noche anterior y desayunamos con mate y tortafritas.
     No había vecinos cerca, solo algunos ranchos desparramados a dos o tres cuadras del nuestro y ni bien llegaron los chicos salimos a caminar por los alrededores y al final nos tendimos a tomar sol junto al río.
- Cómo se llama este río? –le pregunté a uno de los chicos.
- Calabalumba –dijo -la mayor parte del año está seco y va subterráneo, si vamos al balneario allí se puede nadar porque el río se ensancha y es profundo.
     A la tarde nos fuimos a tomar algo al Kaylo que era el único bar elegante para turistas en el pueblo. Ocupamos una mesa que enseguida se llenó de libros y cuadernos y pasamos hora conversando, dibujando y escribiendo.
     ¡Junco estaba tan contenta de que estuviésemos allí! Caminábamos tomados de las manos y a veces nos abrazaba de alegría. Esa tarde mientras charlábamos en el bar escribió en mi cuaderno con su hermosa letra de imprenta y en fibra azul:
           
                  “Domingo 28 de abril del 68 – Y el polen de las flores de sol flotará
      en el aire para meterse en las grietas que el día dejó en las piedras y correrán
      hacia el sol para pintar un pedazo de tierra creciendo hacia el cielo donde
      los pájaros buscan sus alas en el centro de las nubes.
      Por todo lo que vive y lo que estamos creando en este tiempo maravilloso.
      Y en las mañanas cuando se despierta todo lo que dormía tranquilamente,
      el ala de algún pájaro será una semilla que olvidamos.”

     Los chicos nunca venían con nosotros cuando íbamos al pueblo, pero en cambio andaban siempre alrededor nuestro cuando estábamos en el río o salíamos de excursión o nos quedábamos en el rancho. Tampoco nos acompañaban cuando a la noche solíamos ir al boliche.
     El boliche era un típico bolichón de campo, con bar, restaurante, pensión, almacén y hasta un local adjunto que funcionaba como salón de baile. Por las noches mientras los parroquianos se reunían en el restaurante mirando el estridente aparato de televisión y alborotando jugadas de dados y truco, nosotros nos adueñábamos del salón de baile. Había largos bancos alrededor de las paredes, guirnaldas de papel y banderines colgando del techo y lamparitas de colores y… si,  había un viejo tocadiscos que largaba un sonido metálico através de los altoparlantes y entonces Pipo llevaba sus discos y nos instalábamos en el salón de baile. Pedíamos unas ginebras y bailábamos sueltos como acróbatas y trapecistas en la gran sala vacía. Así pasaban y se repetían hasta el cansancio: Jefferson Airplaine, nuestros favoritos, Beach Boys, los mas grandes, Mamas and the Papas, los únicos, Rolling Stones, Beatles, Donovan, Dylan, Joan Baez…
     A veces los parroquianos se asomaban para mirarnos como si fuéramos peces exóticos en una pecera colorida, y algunos hasta se animaban a hablarnos y pagarnos unas ginebras, pero no nos molestaban y preferían dejarnos solos. Otras veces íbamos con amigos de Junco de ahí del pueblo, pero nunca íbamos sábados y domingos porque entonces el boliche estaba tomado y un discjockey contratado ponía Palito Ortega, Leo Dan, Joli Land…
     Volvíamos al rancho tarde por la noche, muy felices y bastante borrachos.
     Una de las primeras noches mientras dormíamos se largó a llover y la guitarra que dormía a mi lado comenzó a sonar sola. Estábamos despiertos por la lluvia pero cuando oímos que la guitarra sonaba muy suavemente encendimos una vela y al rato de observar descubrimos qué era lo que pasaba: los granos de la paja del techo se desprendían por el golpetear insistente de la lluvia y caían sobre la guitarra haciendo sonar suavemente las cuerdas. Nos causó mucha gracia y Junco dijo que eso era pura magia y que eran los duendes que andaban haciendo travesuras.
     A Junco le encantaba fantasear de magia y brujería. Decía saber de hechizos y curaciones y acostumbraba contar historias extraordinarias. Al atardecer mientras oscurecía nos sentábamos en el patio frente al rancho alrededor del fuego y ella iba haciendo tortafritas que acompañaba con mate y relatos fabulosos. Los chicos también nos decían que todo ese lugar era muy misterioso y Domingo contaba que en el cerro de enfrente, en la cima del Uritorco se veían, algunas noches, extrañas luces moviéndose allá arriba. Pero el Gallo creía como muchos que bien podía ser la fosforescencia de restos de animales muertos que relumbraban, aunque Gitano decía que debían ser otras cosas porque a veces las luces eran como fuegos artificiales y rayos de colores. Así que algo debía pasar en lo alto del cerro pero nadie sabía decir de qué se trataba. Varias veces habían llegado al pueblo grupos de extranjeros con cámaras fotográficas y equipos de filmación de japoneses, rusos  o ingleses, pero no se sabía nada cierto. Algunos decían que había una ciudad subterránea en las entrañas del cerro y que esas luces eran naves espaciales que entraban a la ciudad. Según otros, entrando por unos túneles ocultos se llegaba al mundo de Erk donde vivía una antigua civilización, pero ninguna expedición había logrado adentrarse mucho por esos túneles y la gente del pueblo prefería ignorar el fenómeno y pensar que se trataba de meras supersticiones.
     El caso es que además de nuestra afición por la magia teníamos el aspecto de verdaderos brujos. Yo andaba con un poncho y me había hecho unas ojotas peruanas con unos trozos de cuero, mis pelos lucían enmarañados sin peinar y me acompañaba siempre un largo bastón que me había hecho con una rama seca. Cuando después de varios días de estar allí me vi en el espejo del bar no me reconocí. Mis pelos parecían una planta creciendo en libertad, mi barba sin afeitar crecía abundante, era evidente, yo estaba creciendo. Y Pipo y Junco también estaban hermosísimos. Yo le había hecho a Pipo unas botas de gamuza verde, sin suela, para andar descalzo y sentir la tierra. Eran botas altas hasta la rodilla con varios agujeros que dejaban ver la pierna y el pié. La punta estaba abierta y se veían los dedos. Unas tiritas de cuero salían del empeine y pasaban entre los dedos y bajo el pié. Se ataban con mil tientos y nudos y una vez puestas no se sacaban más. Junco andaba sencillamente con unos jeans y una remera o una camisa aunque le gustaba adornarse con anillos y cadenas y medallones y enredarse en el pelo margaritas silvestres. La gente del pueblo la quería y la respetaba y algunos hasta la temían por la fama que ella misma se había creado de maga y hechicera. Era un torbellino incontrolable y a los pocos días de haber llegado Pipo ya se desaparecía días enteros sin que supiésemos por donde andaba. Entonces con Pipo y los chicos nos poníamos a arreglar el rancho y preparar la huerta donde sembramos lechuga y rabanitos.
 De pronto por la tarde aparecía Junco, inquieta y exaltadas, tomábamos unos mates, hacían el amor con Pipo encerrados en el rancho y volvía a desaparecer. Pipo decía que ella tenía varios novios en el pueblo y los alrededores pero yo no lo creía, me parecía que los celos lo trastornaban.
     Y ella siempre traía lo necesario, provisiones, abrigo, dinero y cosas para el rancho. Así que nunca nos faltaba nada, porque también los chicos traían siempre algo. Pero a veces Pipo sentía necesidad de una comida completa bien servida como en la casa de uno, entonces nos íbamos al pueblo, al restauran donde se comía bien y barato y pedíamos costeletas con papas fritas y huevos fritos, lo de siempre. Y después por varios días vivíamos a mate y tortafritas. A veces Junco llegaba y nos hacía una pizzetas sobre las piedras del fogón que eran su especialidad. Las hacía con la misma masa de las tortafritas pero arriba llevaban salsa de tomate y cebolla y queso fresco. Y tenía que hacer montones, porque si junco hacía pizzetas los chicos se anotaban y se quedaban a comer en el rancho desoyendo los gritos de la mamá que los llamaba desde la casa a la hora de cenar. Y era lindísimo ver a Junco haciendo las pizzetas y contando sus historias de magia donde los brujos de un pueblo guerreaban contra los brujos de otro pueblo y se mataban las gallinas a distancia por telepatía y se hechizaban las vacas o se hacía enloquecer a las cabras y eran historias de miedo y risa que encendían los ojos de los chicos alrededor del fuego mientras las pizzetas iban saliendo redondas y riquísimas, mientas Pipo tocaba sus temas en la viola aunque nunca estuviese bien afinada para su oído y los chicos acompañaban con sus voces y a veces yo cantaba mis cuentos fantásticos de coleópteros, tigres y espejos o Había una vez un Bru…

     A los pocos días apareció Gato. La reconocí más que nada porque llevaba puesto un viejo chaleco mío color borravino, pero por lo demás su aspecto había cambiado mucho. Y yo también me sentía tan diferente que nos tratábamos como si nos viésemos por primera vez. Además con Gato la relación era muy especial porque casi nunca hablaba y la comunicación era puramente telepática, nos mirábamos y sonreíamos espontáneamente, sin motivo y salíamos a caminar por los cerros admirando la belleza del paisaje y el profundo silencio. Pero en general ella dormía mucho, demasiado, casi todo el día y todos la cuidábamos y protegíamos porque venía de la caótica realidad de la city y necesitaba un poco de tiempo para adaptarse y mucha paz y mucho amor.
     Un día quiso que fuésemos a conocer la iglesia del pueblo. Pasábamos todos los días por ahí y nunca se nos había ocurrido entrar a echar una mirada y valdría la pena porque era una capilla de piedra muy antigua. Nos metimos por una puerta lateral y remontamos por una escalera hasta el campanario. El paisaje que se contemplaba desde allí era extraordinario pero yo me sobresalté cuando vi que Gato se subía al parapeto y sin sostenerse de ningún lado miraba los cerros distantes y el vacío que se abría a sus pies. No me animé a decir nada pero yo tenía de siempre terror al vacío y el solo asomarme a una ventana alta me causaba un vértigo insoportable, por eso estaba apavorado mientras ella erguida muy derecha con los brazos a los lados del cuerpo, las piernas un poco separadas y sus pelos negrísimos agitados por el viento comenzó a hablar, ella, que casi nunca hablaba comenzó a hablar lentamente en aquella peligrosa posición:
- Donde yo voy… también hay una iglesia, es en el caserío de mi familia, de mis tíos, de mis abuelos, allá en San Pedro… -dijo señalando un lugar incierto entre los cerros - también hay una capilla muy antigua que está abandonada, pero ese lugar es nuestro, de la rama de los Varega… que tienen como blasón y escudo una varita mágica de donde viene el apellido de Vargas… y allí también se ven luces extrañas y pasan cosa rarísimas y dicen que una vez bajó un plato volador… ¿vos que pensás que puedan ser esas luces? –y al preguntarme eso volvió la cabeza para mirarme.
     Desvanecido de terror solo atiné a decirle:
- Gato… yo voy a estar mas tranquilo si te bajas de ahí. –pero ella me miró extrañada y sonriendo divertida como el gato de Cheshire estiró los brazos y caminó ágilmente por el borde de la pared.
- ¿Te da miedo que ande por acá arriba?... ¿por qué te crees que me dicen Gato? No te preocupes.  –hizo una graciosa posición “quinta” de ballet y para mi tranquilidad saltó ágilmente hasta donde yo estaba. Recién entonces respiré.
     Bajamos por la escalera hasta el interior de la capilla. Yo localicé el órgano, abrí la tapa, accioné los pedales y comencé a tocar así sin saber nada de música, pero me encantaba sacarle esos sonidos graves al instrumento y hacía circo de tocar mientras Gato me observaba en silencio, pero antes que viniese alguien a decirnos que eso no se podía hacer cerré la tapa del órgano y salimos furtivamente de la capilla.

     A la semana siguiente llegó Melina. Yo estaba junto al fuego y sentí que alguien apoyaba su mano en mi hombro muy suavemente como si se posara sobre mi y cuando me volví a mirarla vi su hermoso rostro junto al mío, cubierta la cabeza con su boina amarilla y diciendo:
- ¡Buendía! –y se echó a reír, y enseguida me explicó: - No podía dejar de venir… sobretodo cuando me enteré de los chicos del río. Hice bien en venir ¿no te parece? ¡Están todos tan lindos! Apenas bajé del tren en la estación y vi todas esas rosas amarillas supe que no había sido en vano un viaje tan largo desde Villa Gesell… porque… ¡¡¡estamos floreciendo!!! ¿no te parece?
     Y los chicos del río enseguida encantados con Melina, siguiéndola a todas partes andando a su alrededor juntando flores de retama en la plaza del pueblo y junto al fuego que surgía del centro de las cinco piedras del fogón. Por las noche contemplando el cielo estrellado Melina sabía el nombre de las constelaciones y si a veces se veía caer o remontarse estrellas ella nos advertía que no toda luz que se mueva es una nave espacial, por lo general eran meteoros que se deshacían al entrar en la atmósfera terrestre.

     Una tarde salimos de expedición. Pipo y Junco nos conducían porque ya conocían el lugar. Esa noche habría luna llena y queríamos pasarla en un lugar que nos decían que era maravilloso. Llevábamos todo lo necesario: la guitarra, abrigo y provisiones. Cruzamos un cerro y bajando al otro lado  llegamos al cauce de un río seco de piedras inmensas y siguiendo ese cause avanzamos varias horas hasta que encontramos un arroyo de aguas claras que bajaba de una montaña y por allí empezamos a remontar ese arroyo que iba bajando desde la cumbre por entre el tajo de un desfiladero. Y cada tanto había ollas de agua profundas donde nos bañábamos. Subir no era nada fácil porque había que ir escalando grandes rocas de superficie muy lisa por lo que avanzar nos llevó mucho tiempo. Había rocas muy grandes, como transparentes y el lugar era realmente salvaje  a tal punto que ya no había senderos. Y los saltos de agua se hacían cada vez más altos y las ollas más grandes y cristalinas. El agua estaba fría pero no podíamos evitar el meternos en todas las ollitas a nadar y bucear y después seguir escalando por entre las rocas aún calientes por el sol del día. Solo se oía el agua saltando entre las piedras y el griterío de los pájaros y al anochecer llegamos al lugar.
     Era una vertiente de agua mas alta que las otras que caía desde dos piedras muy grandes allá arriba, una de ellas inmensa y perfectamente esférica como una bola gigante. El agua al caer formaba un amplio chorro de cristal en algunas partes muy denso y en otras mas fino como una película transparente y abajo la olla era grande y profunda y en una orilla formaba como una playita. Un lugar encantador, paradisíaco, realmente fantástico. Nos sumergimos y nadamos. El agua era tan clara y el fondo lleno de arena y mica que brillaban como estrellas sumergidas. Enseguida descubrimos maravillados que justo detrás de la cortina de agua de la vertiente había un lugar… Era como una pequeña gruta y en la pared de la gruta se abrían  varios huecos donde uno podía meterse acurrucado o sentado o acostado viendo como por todas partes corrían hilos de agua entre las piedras y el musgo. Pero nuestro asombro ya no tuvo límites cuando Pipo y Junco nos condujeron hasta el  lugar secreto. Subiendo a lo alto del salto rodeamos la gran roca redonda y nos metimos por debajo de ella descubriendo un espacio muy estrecho donde solo se podía pasar de a uno a la vez. Me indicaron que pasase apartándose ellos a ambos lados. Era un pasadizo por donde solo podía deslizarse el cuerpo muy estrechamente y que primero descendía a la base misma de la roca esférica y después ascendía por el otro lado un corto trecho hasta desembocar en una cueva cerrada, precisamente en una cripta de forma cónica donde solo se podía estar sentado y con las piernas cruzadas en la posición del loto. Allí no era posible  casi ningún movimiento, solo se podía articular un poco los brazos y la cabeza hacia arriba , hacia la cúspide del cono donde la mirada se dirigía extasiada porque desde allí llegaba milagrosamente un tenue rayo de luz y una ráfaga de aire además del canto del agua de la vertiente ahora como subterráneo. Los latidos de mi corazón se aceleraron al máximo mientras las voces de mis amigos en el exterior llegaban muy apagadas. Solo el sonido torrentoso del agua se percibía con claridad amplificada. Era muy fuerte la sensación de estar ahí como incrustado en la roca viva, en una posición que casi no permitía ningún movimiento. Lo único visible era la textura blanca grisácea de la piedra También podía ver mi cuerpo en esa perspectiva tenuemente iluminado. Todo invitaba a disfrutar de un espacio de una paz infinita pero en algún lugar muy profundo de mi mismo se despertó también un oscuro temor: ¿y si no fuese posible salir de allí?... ¿si la entrada se cerrase? ¿si practicar las ajustadas maniobras necesarias para salir fuese imposible?...¿si se produjese un movimiento o un leve desmoronamiento?.. quedaría sepultado en medio de toneladas de piedra... Era mejor no pensar en eso para que el placer no se tornase en pánico, aflojarse, dejar descansar la cabeza contra la piedra mirando hacia el vértice superior desde donde provenía la débil claridad y el aire, y respirar profundamente, abandonarse a la calma imperturbable de la piedra… y tratar de descifrar el mensaje del agua. Ese lugar tan original era enteramente natural pero también parecía haber sido diseñado… o completado, por alguna forma de artificio humano. Estaba hecho como una matriz pétrea para contener con la precisión de un estuche un cuerpo humano en la posición yoga de meditación.
     El agua articulaba voces que repetían mis pensamientos como un eco, pero el murmullo lejano de mis amigos me recordaba que ya debía salir para que entrase otro, así que interrumpí mis meditaciones y grité llamando y riéndome y hasta mi propia voz en la acústica de ese lugar me pareció fantástica.
     Salí retrocediendo por el pasadizo hasta el mundo de la superficie que no se por qué  me pareció brillar con una luz mas intensa.
     Y así fueron pasando todos… de a uno.
     Gato estuvo mucho tiempo. La llamábamos y no contestaba. Llegó a parecernos que se había esfumado o que había pasado a otra dimensión y que ya no estaba en la cripta cónica, pero sospechábamos que le gustaba tanto el lugar secreto que no quería volver a salir. Finalmente después de mucho tiempo salió con la expresión de haber descifrado un gran enigma.
     Melina no estuvo mucho tiempo pero si el suficiente para salir muy seria y emocionada y convencida de la inmensa grandeza del todo y de la infinita pequeñez del ser humano. Sus ojos brillaban con una intensidad diferente.
     Junco en cambio que ya había estado allí  estuvo mucho tiempo hablando y cantando diciendo a los gritos lo maravilloso que era ese lugar, el lugar mas fantástico del mundo y lo mucho que disfrutaba estar ahí, llamándonos a cada unos por nuestros nombres, gritando y riendo para salir con el rostro bañado en lágrimas pero con una sonrisa inextinguible, y exaltada como si sus energías se hubiesen acrecentado.
     Pipo permaneció largo tiempo en un silencio interrumpido de vez en cuando por explosivas exclamaciones onomatopéyicas tales como: ¡Oh!... ¡Ah!...¡Uh!... ¡Chau!... ¡Nooo…! Para salir después con la expresión alegre y perpleja de quien se encuentra a si mismo descubriendo en las verdades mas simples los mas grandes misterios.

    Acampamos  a la entrada del lugar secreto junto a la roca redonda como un huevo de ave rock y al lado del agua de la vertiente. Juntamos ramas secas y cuando ya se hacía de noche encendimos nuestro fuego. Arriba, sobre las altas paredes del desfiladero el cielo se llenó de estrellas y cuando la luna llena alcanzó su cenit todo el lugar se encendió con una luminosidad fantástica. Las rocas se veían fantasmales como si la luz surgiese desde su interior y el agua tornaba líquido el reflejo de la luz lunar que corría en ondas murmurando. El fuego brotaba con inusitada fuerza de los leños resecos lanzando chorros de chispas al aire nebuloso.
     Hicimos música y cantamos nuestras mejores canciones mientras siempre alguno volvía furtivamente a la cripta dentro de la roca. Volví y estuve largo tiempo más confiado sin temores, tal vez porque ahora la oscuridad era total y no me oprimía la visión de la piedra rodeándome por completo. Los sonidos exteriores llegaban con más nitidez y unidos al canto de la vertiente como tejidos en una misma trama para confundirse con mis propios movimientos internos, mis latidos, mi respiración, mi circulación… y mis pensamientos se concentraban en la música que parecía llegar de un mundo exterior muy lejano horadando  la piedra para alcanzar mi corazón. Y al salir anduve como flotando en el espacio en plena luzazul… mientra la luna avanzaba y las estrellas vagabundas cruzaban el cielo. Me asomé a la límpida olla de agua donde la playita brillaba con su arena de minerales fosforescentes y el agua se alejaba como caminito plateado de mercurio.
     Volví al fuego con mis amigos y me uní con ellos en la música hasta que empezó a amanecer, como siempre demasiado temprano.
-Estamos haciendo esto –dijo Junco -para que un día no seamos todos iguales  y  podamos vivir sin recordar que estamos haciendo otra cosa.

     Melina casi no paraba en el rancho porque se la pasaba visitando gente amiga en el pueblo y parecía haberse adueñado de los chicos del río que la seguían a todas partes y juntos salían a hacer largas excursiones al Uritorco, a Las Gemelas, a Los Terrones… Yo me quedaba en el rancho con Pipo y con Gato y alguna noche conseguimos una botella de ginebra que nos tomamos cantando junto al fogón. Y un día Junco apareció con anfetas que había comprado en la farmacia de otro pueblo adonde había ido con el auto de un amigo. Pero a las cuatro de la mañana ya no quedaba nada y nos fuimos a despertar al farmacéutico de Capilla para comprar mas anfetas y desde entonces las cosas empezaron a ponerse feas, andábamos muy locos y todo el mundo se daba cuenta.
Una noche tarde dormíamos en el rancho con la puerta atrancada cuando nos despertaron una voces gritando en el patio. Era obvio que estaban borrachos y nos pedían que saliésemos a tomar algo y a cantar con ellos. Nosotros no sabíamos qué hacer. Al ver que no salíamos trataron de voltear la puerta entre risas y gritos. Entonces Gato abrió la puerta y con la misma tranca los enfrentó. Ellos eran tres, se le vinieron encima y ella los empujó y pegó unos trancazos al azar. Cayeron como peleles pero se incorporaron pidiendo disculpas y se fueron tambaleándose.
Pero a la noche siguiente estábamos sentados alrededor del fogón tomando una instilasa cuando algo repicó entre las piedras cercanas. Enseguida unas detonaciones lejanas y otro rebote de balas en las rocas.
     Corrimos a refugiarnos en el rancho y atrancamos la puerta. Ya no había ninguna seguridad en ese lugar. Además nos enteramos que el comisario decía que nos iba a rapar a todos y nos iba a meter en cana.
     Melina se quería volver  y me proponía que nos fuésemos juntos a dedo, lo que me pareció lo más acertado y ese mismo día salíamos en camión de vuelta a Buenos Aires..

martes, 22 de mayo de 2012

"GENERACION DESCARTABLE" - Capítulo 15 - "Melina"

"MELINA"

In Paris in die rue Madelaine
Da hab ich eine engel gessen
Und si lächte mich an
Und ich lud in sie an
Und wie waren in himmel zu zwei
Da fon get die welt nich under.

("En París, en la calle Madelaine
   allí vi un ángel
   y ella me sonrió
   y yo la miré
   y entonces estuvimos en el paraíso
   por eso no se caerá el mundo.”)

Se sentó en la arena cerca mío sin hablar y yo hice una pausa y miré alrededor, estábamos solos. ¿cómo había aparecido? ¿por donde había llegado la Diosa de las Dunas? ¿cómo no la había visto venir? Estábamos en medio de una ondanada de arena rodeados por las crestas de las dunas. Sonrió levemente en un estilo que inexplicablemente califiqué de “italiano”, haciendo un movimiento de cabeza. Bajo  la sombra del ala de su sombrero, sus ojos oscuros era aún mas bellos e inquietrantes. Buscó un cigarrillo en su bolsa y lo encendió,  después hizo otro gesto señalando la guitarra como pidiendo que siguiese tocando y entonces con la misma naturalidad que estando solo canté con las tres cuerdas de mi guitarra y sin variar el tono libre del diapasón, la historia del “Tigre, Secreto... y Tigre”


"Un tigre tenía un secreto
escondido en en un pozo
detras de un espejo 
al pié del manantial.
En las noches de luna
desenterraba el secreto 
y lo echaba a rodar..."


Era un largo poema que estaba imaginando por esos días donde un tigre liberaba su imagen del espejo para tener con quién jugar y compartir sus secretos.
Su inesperada presencia me hacía sentir bien, ella no me perturbaba ni me cohibía como la mayoría de la gente. Podía seguir cantando con confianza. puesto que ella no tenía una actitud crítica, y cuando terminé de cantar, después de un breve silencio me dijo:
-¡Que hermoso, parece un cuento de Borges por el tigre.
- Puede ser. –le dije. Aunque todavía no leí mucho de Borges.
- El tigre es una imagen que utiliza frecuentemente –dijo ella. – en sus poesías y en sus cuentos.
Y ahí nomás, en pocas palabras me refirió la historia del tigre que tiene la clave del universo inscrita en las rayas de su cuerpo. Me pareció formidable la relación con mi historia de tigres y me gustó mucho la forma en que ella citó el texto de Borges, tratando de recordar las palabras exactas con su cálida voz.
Me pidió que siguiese cantando y me vi obligado a advertirle que no sabía cantar, que solo acostumbraba cantar o mas bien vociferar algunos poemas para mi mismo y que tampoco sabía tocar la guitarra, por eso que no usaba el diapasón y solo hacía vibrar el sonido libre de las tres cuerdas,  y que había buscado la lejana soledad de los médanos huyendo de la gente y también para no herir oídos musicalmente sensibles, pero puesto que ella había llegado hasta allí introduciéndose dentro de mi ámbito sonoro, podía seguir… cantando.
- Me gusta mucho lo que hacés. –y sonó tan sincero que le creí.
Hice varios temas con ese sonido persistente y monótono y cuando la sombra de la cresta cubrió la ondanada de las dunas nos fuimos caminando lentamente hacia el pueblo intercambiando nuestros nombres en pleno atardecer y  ya cerca del Pinar, en un desvío del camino me dijo:
- Yo estoy viviendo aquí en “La Mosca”, ¿querés venir?
La Mosca” era el boliche bailable de más onda en La Villa aquél verano. Estaba perdido entre los médanos y a un lado estaba el motel que consistía en una hilera de habitaciones. El dueño del lugar era un tal Ben, un tipo misterioso de barba que yo veía pasar siempre por el pueblo conduciendo su jeep.
- Ben me deja vivir en un cuarto del motel, total está todo vacío al final de temporada... ¿vos lo conocés?
- Si, –le dije. –de vista, es un viejo jazzero...
- Es un tipo muy raro, –dijo Melina. –tiene la biblioteca de libros esotéricos más completa que yo haya visto. Vení, es por aquí, nunca hay nadie.
Entramos y quedé fascinado al ver el interior de su habitación que parecía una gruta mágica. Lo más notable era que a la cabecera de su cama había puesto un árbolito seco lleno de adornos  colgados de sus ramas y por todos lados libros y tratados de pintura y candelabros con velas de colores y colección de llaves viejas, ¡un caleidoscopio! una bola de cristal, caireles de lámparas y llamadores de ángeles, ramas y raíces de formas extrañas que parecían esculturas naturales, un clavecin, un espejo trizado:
- Los espejos rotos se curan derramando aceite sobre la superficie... Un voluminoso tratado de magia, frascos de perfumes y anillos poderosos y sahumerios, copas y botellas con líquidos de colores, y sobre una repisa un inmenso zapallo redondo y anaranjado y sobre el zapallo una vela roja medio derretida...
- ¡El zapallo que se hizo cosmos! –exclamé señalándolo en una clara alusión al cuento de Macedonio que había leído hacía poco.
- El mismo, –dijo ella -el que traspasará los límites del universo.
 Su voz tenía un tono muy sensible, parecía que hablaba desde el corazón.
Me senté en un rincón donde había varios almohadones, ella cerró puertas y ventanas, encendió varias velas y nos sentamos juntos a mirar un libro de reproducciones de pinturas de El Bosco.
Estábamos muy cerca uno del otro mirando las imágenes fantásticas del pintor flamenco. Ella era realmente hermosa, sin duda, pero lo más atractivo era su intelecto. Esa chica ya se había leído todo, y no era nada tonta ni presuntuosa, puesto que hablábamos de arte y literatura con total naturalidad mientras me mostraba extraños ejemplares de "La Rama Dorada", "El Libro de los Sueños", "Al Revés"... Yo la veía ahora bien de cerca, detalladamente, no usaba ningún maquillaje y no lo necesitaba, de piel cobriza y satinada, ojos marrónes oscuros un tanto nostálgicos y una boca sensual que conservaba aún rasgos infantiles, lucía toda una textura homogenea: su piel de cobre con su saco de gamuza marrón árbol y su pantalón de corderoy verde hoja, su pelo castaño dorado, era todo muy cálido, con los colores de la tierra, del sol, de los árboles, de los metales. Y así como inexplicablemente en las dunas su primer sonrisa me pareció “italiana”, es decir gestual, la sonrisa de alguien acostumbrado a vivir en soledad y que en esa sonrisa expresa muchas cosas, su voz, en cambio me parecía “griega”, es decir primitiva, brotando del centro emocional, irradiando desde su plexo como un fuego sagrado.
- Soy Aries, –me dijo - la cabeza del zodiaco.
Tomamos unos estimulantes y compartimos una “Instilasa” mezclada en un té de yuyos y  enseguida iniciamos una animada conversación que duró varias horas. Ella hablaba y yo seguía su discurso apasionado prestando suma atención. Las gotas nasales nos conducían infaliblemente a través del complejo laberinto de la memoria. Era ineludible y Melina narraba como si los visualizase fragmentos enteros de su vida pasada. Así fluían desordenadamente lejanas imágenes infantiles a la vez que experiencias trascendentales de su adolescencia. A veces completaba su relato con referencias literarias. Y siempre haciendo alusión a lo emocional, a lo afectivo, a lo orgánico, a lo esencialmente humano, a lo real. En su conversación no había nada delirante como en mis parlamentos fantásticos. Todo era coherente y lógico, aunque algunas veces se detenía de pronto en medio de una frase, se llevaba la mano a la frente y exclamaba:
-¿Qué te estaba diciendo?.. ves, ya me olvidé. –y sonreía como al borde del llanto, para enseguida decir como tratando de recapacitar: -¿no ves? ¡no hay derecho!.. pero no puede ser… ya me voy a acordar...
Para distraerla de su olvido tomé el diccionario de la biblioteca, busqué y leí:
- Melífero, que produce miel. Melifluo: que destila miel. Fig.: Suave como la miel. Ej.: Elocuencia meliflua.
Nos reímos juntos. Pero ella continuaba pensativa, así que continué:
- Melindre: nimia delicadeza. Melindroso: ridículamente delicado… A ver… Aquí está. Melinita: del griego, melinos: de color de membrillo. Explosivo que contiene ácido pícrico. Melino, melina: de Milos, isla de grecia.
- Milos quiere decir “manzana” en griego. –acotó Melina.- Milos es la isla de las manzanas. – y de una frutera tomó una manzana muy roja que me ofreció.
Yo estaba encantado con su nombre. No era un nombre tan común en esa época. Pero cuando quise tomar la manzana, me advirtió:
- Saquemoslé el cabito, – y ella misma lo arrancó diciendo: - el cordón que la une al origen... al árbol. Hay gente que se come la manzana sin sacarle el cabito, como que no les interesa por donde viene... ahora sí, tomala y continuó - el diccionario...Cortazar lo llama "el cementerio", y a mi me encanta el diccionario, sus definiciones exactas, precisas, sintéticas, concisas, habría que hablar citando las definiciones del dicionario para cada palabra... o intercambiando términos como en el gíglico -reflexionó ella mientras yo le daba un mordiscón  a la lustrada manzana red delicius y se la pasaba. Pareció recordar algo pero que no era lo que había olvidado. 
- Yo soy como la “Gradiva” de Jensen -dijo "la que avanza" ¿la leiste?
No, y era un libro mas que yo no había leído, entonces ella me contó la maravillosa historia de Gradiva, “la que avanza”. Toda una historia basada en el detalle del ángulo del pié de una estatua al caminar me hizo recordar un cuento improvisado de Rennée acerca de un campeón de tenis prodigioso.
- ¡Que increíble! –dije. – Renée me contó una historia con un elemento en común: el pié en ángulo al avanzar.
- ¿La negra Renée? –preguntó Melina sorprendida.
- Si, claro, ella. –contesté yo y a los dos nos pareció que a la sola invocación de su nombre, Renée se hacía presente en esa habitación, y agregué como si se hiciese evidente algo que hasta entonces intuía oscuramente:
- ¿La conocés?
- ¡Claro, –dijo Melina. – si es la mina más genial de Buenos Aires!
Y hablamos de ella, de esa mujer extraordinaria que de alguna forma nos influenciaba y ejercía sobre nosotros una atracción irresistible.
Seguimos tomamos té y volví a recitar mis canciones en la guitarra.
 - Vos tenés que leer "El Libro de Monelle”, de Marcel Schow, la historia subreal de las pequeñas prostitutas, estoy segura que te va a encantar... 
Yo anotaba mentalmente títulos y nombres de autores como si ella fuese un catedrático impartiendo una  importante bibliografía.

En los días siguientes anduvimos siempre juntos por la Villa. Paseabamos por el pueblo mientras los altoparlantes pasaban una y otra vez “Tardes azules de la Villa” de Baroncela. Conseguimos algunas Instilazas y fuimos a tomar el té en un bar donde conversamos durante interminables horas. Me gustaba su risa franca y su ternura. Me parecía un ser excepcional. Decía naturalmente cosas muy sábias.
- Hay que prestar atención a los pequeños detalles: hay gente que habla de amor mientras destroza una flor o mutila una hoja. 
Otros se creen muy inteligentes pero apenas dan unos pasos se tropiezan con un perro.
Detesto la torpeza. No hay nada peor en la vida que ser torpe.
Había cambiado su chambergo marrón por una luminosa boina amarilla. Nos sentábamos en la vereda y me decía:
Me gustaría tener un hijo con vos porque me parece que sos una persona buena. 

Inmediatamente tuvimos un hijo, como suele suceder en las parejas platónicas donde los hijos surgen a cada paso aveces en forma de creaciones espontáneas... conocimos a un cineasta novel que vestía exoticas camisas rusas bordadas con flores y era rubio de ojos azules y muy amable y andaba todo el tiempo con su cámara planeando las escenas de un film y quería filmar a Melina, estaba obsesionado por su imagen, nos buscaba por el pueblo con su jeep y nos íbamos a los médanos. Allí hacía largas tomas de Melina en diferentes situaciones: caminando, corriendo junto al mar, deslizándose por una duna, o asomándose entre los plumerones de las brujas. Nos divertíamos sin dar mayor importancia a lo que hacíamos y el cineasta nos parecía ingenuo, bello y amable. Y con Melina nos habíamos convertido en compinches inseparables.

Una mañana llegaron Miguél y Pipo. Venían del campamento de Valeria del Mar. Yo había ido con Melina a la playa a ver el amaneccr y ahí me encontré con mis amigos que acababan de llegar. Nos abrazamos efusivamente, y si, habían huido del campamento del grupo esotérico abrumados por el orden y los ejercicios espirituales y venían a buscar otra vez la libertad anárquica de la Villa. Yo estaba sentado en la ladera de un médano mirando el sol que brotaba del mar como de adentro hacia afuera y Pipo y Miguel se sentaron junto a mi mientras me contaban diversas anécdotas del campamento. De pronto vieron a Melina caminando por la orilla del mar con su boina amarilla jugando con los perros de agua y  se quedaron petrificados. Ella se volvió a mirarme desde lejos y me hizo un gesto de saludo con la mano.
- ¡Chau! –dijo Pipo. ¿quien es esa mujer alucinante?
- ¿Está con vos? –me preguntó Miguel. -¿te la ganaste?
-  Fuira buitres. –les dije yo. – Es una amiga, es Melina.
Entonces ella llegó hasta donde estábamos y los saludó sonriente. Pipo estaba deslumbrado y Miguel hacía lo posible para acaparar su atención y Melina ya estaba encantada con ellos. Ahí apareció una  guitarra y Miguel se puso a hacer alguno de sus temas.
 Yo me sentía mas celoso y desplazado a cada momento. Ya había empezado a perseguirme y no había más que dejarse llevar por la ola.
Caminamos por las calles y yo me iba quedando atrás, pero Miguel enseguida me notó raro y me preguntó qué me pasaba.
-¿Sabés qué me pasa? –le dije –que cuando nos encontramos es una fiesta  y una alegría increíble, ¿viste? Nos abrazamos y saltamos de contentos, pero eso nunca dura demasiado ¿cuánto tiempo puede pasar hasta que volvamos a pelearnos y a mirarnos con odio?
- Y bueno, –dijo Miguel. -¿qué querés?.. la amistad es así: encontrarse, abrazarse y vibrar de alegría, pero después del abrazo ya no se sabe y puede pasar cualquier cosa, además ya sabés, yo siempre digo que más que amigos necesito cómplices.
Ese día recorrimos juntos todos los boliches de la Villa encontrando a la gente amiga y conseguimos más pastillas y mas Instilazas. Tomamos cerveza en un bar y Melina fluctuando entre los tres. ¿quién tenía más posibilidades de ganársela?.. había claras muestras de rivalidad y yo detestaba competir. Sin duda no creía tener muchas posibilidades junto a mis amigos.
Me escabullí del grupo y pedí una plata prestada a los artesanos y saqué un pasaje en el ómnibus de la noche para Buenos Aires. Además el verano ya llegaba a su fin y había que volver, pero
antes de la salida del ómnibus busqué a Melina y le dije que me iba.
-¿Qué te pasa?  -preguntó -¿cómo te vas a ir así cuán ladrón en la noche?
- Chau, Melina, –le dije. –no te puedo explicar pero… tengo que irme, estoy en peligro, nos vemos en Baires.
Y esa misma noche me fui de la Villa.

Volvimos a encontrarnos meses después en Buenos Aires en la puerta del bar La Paz pero ya era pleno invierno y anduvimos de bar en bar un par de días largos sin dormir y hablando sin parar  hasta que Melina se acordó que podíamos ir al departamento de Cocho que era ahí en la calle Junín, a la vuelta de la  mole sombría de la Facultad de Medicina, un edificio de departamentos muy antiguo y atravesamos  un largo corredor de pisos espejeantes hasta un ascensor-jaula negro de hierro forjado con ornamentos barrocos, y después otro corredor con suntuosas puertas de madera oscura, y en todo ese laberíntico trayecto ni la más mínima señal de presencia humana, silencio total, ni voces lejanas, ni música de la radio, ni ruidos, ni gritos de chicos, ni olores de comida, ni el mas mínimo vestigio de vida en ese extraño lugar desértico... aveces la realidad es tendenciosa, las puertas eran altas, los techos elevados. ¿para qué hacían las puertas tan altas?...¿para que pasen los fantasmas?..
Melina llamó a una puerta y esperamos largo tiempo hasta que Cocho salió a abrirnos. Lo miré extrañado: aquel personaje amorfo e intrascendente que me habían presentado una noche en el hotel Melancólico se había transformado en este hermoso príncipe, alto y esbelto, de aspecto anglosajón, preciosos ojos celestes, pelo largo y lacio hasta los hombros con mechones dorados, cuando el otro era gordo y fofo y peinado a la gomina... y esa forma tan graciosa de pronunciar la erre gutural... era el mismo, ¿qué había pasado?.. Yo no podía entender un cambio tan rotundo. Ahora se percibía en él una mente ágil y un estilo atrayente con un sentido del humor encantador, entonces ¿cómo podía ser aquella persona oscura y densa que yo había conocido y a quién ni siquiera había tomado en cuenta por su aparente insignificancia? Se había realizado una profunda transformación alquímica como una operación de cuervo negro a ave del paraíso...
El departamento era también su estudio y estaba extrañamente desordenado.
- Llegan cuando ya se terminó todo. –nos explicaba Cocho mientras recorríamos las sucesivas habitaciones donde se acumulaban contra las paredes sus magníficas pinturas monumentales: inmensos bastidores de lienzo blanqueados al latex y salpicados y tachados violentamente con gruesas capas de oleos y esmaltes de colores estridentes, con grotescas figuras humanas como garabatos infantiles desmesurados hechos con gruesos trazos negros, de ojos desorbitados y bocas devoradoras... Me facinaron sus pinturas puesto que estaban en la linea de los pintores que a mi mas me gustaban por entonces: Deira, Macció, De la Vega...
- Hasta ayer había mil quinientas personas viviendo en este departamento, era una especie de comunidad, pero se pudrió todo, no resultó, la utopía hippy no pudo ser.
( a nuestro paso camas exageradamente revueltas, montones de ropa por todas partes, pilas de libros por el suelo) 
Al pasar junto a una montaña de ropa tomó un pantalón de terciopelo rosa.
- Todo el mundo con ropa loquísima, –decía Cocho –yo me ponía este pantalón con una túnica marroquí y…esas botas blancas, música todo el tiempo, locura, mucha locura, se terminó, vengan, estoy refugiado allá arriba en el altillo.
Melina observaba todo sumamente divertida mientras subíamos una escalerita hasta el refugio de Cocho y nos sentamos en el suelo sobre una colchoneta.
- Primero corté con mi mujer y los chicos, bueno, se fueron, que se yo, después fue la invasión ¡¡¡todos los delirantes de Buenos Aires viviendo aquí!!! La negra y Grass arrojando fosforos encendidos contra la pared...
(comenzó a armar un join)
- Es yerba de la plantación... en la terraza había una selva, estos son los últimos capullos, qué se yo… yo creía que iba a pasar algo, ¿entendés? que se podía formar un grupo interesante, que podía surgir un equipo de trabajo, que íbamos a hacer algo, que el caos se podía organizar… pero no, puro reviente, nada mas... al principio: yoga, masajes, meditación y después se fue todo al carajo.
- Ah, eso, haceme unos masajes –pidió Melina. –estoy tan dura, aquí, los hombros y la espalda.
-Si, claro. –dijo Cocho. –Pero primero voy a poner un poco de música.
- Para hacer masajes pone algo con onda, poné Concierto de Aranjuez que me gusta tanto.
-Bueno, vení, acostate aquí, boca abajo y andá relajando los músculos, las tensiones, dejando que la energía fluya libremente a través de los centros...
Los dedos ágiles de Cocho comenzaron a presionar con precisión la espalda de Melina subiendo y bajando a lo largo de la columna vertebral, después masajeando suavemente la línea de los hombros, como amasando...
Yo ya tenía pensamientos bipolares: ¡ah, que bien, hay yerba!, y al mismo tiempo presentía el inminente peligro de la persecuta. Aranjuez sonaba como por primera vez, fabuloso y el joint pasaba de mano en mano y entre los masajes Cocho y Melina hablaban, y enseguida el “complot” se instaló en ese lugar. Ahí estaban ellos hablando... en código cifrado… acerca... de mi... y se reían burlándose disimuladamente... finalmente habían conseguido llevarme... hasta allí... yo me inmovilizaba pegando la espalda a la pared sin apartar los ojos de mis amigos con expresión expectante. Ellos no tardaron en percibir mi rigidez, pero hicieron como que no pasaba nada mientras seguían hablando en código: -¿qué me pasaba? – nada, es así, – le pega mal, – vaya a saber qué siente, – debe pensar que ya está listo, – y mucho no se equivoca...
Hice un esfuerzo sobrehumano hasta levantarme y fingiendo absoluta serenidad, comencé a observar la habitación,  y aparentando querer conocer el resto de la casa aproveché para bajar por la escalera; trataba de actuar con la mayor naturalidad pero todo movimiento resultaba terriblemente superfluo y sospechoso, hasta que de pronto se me ocurrió: ¿por qué no iba al baño?, era natural, en cualquier circunstancia estaría excusado, no estaba clavado en el lugar como me parecía. 
Fui al baño sin verdadera necesidad pero desde ahí me parecía seguir oyendo sus voces que decían: - ¿qué hace? – nada, cualquier cosa, todo mentira, - tiene miedo, – y hace bien - 
Yo trataba de pensar coherentemente, no quería oírlos pero estaba conectado a sus voces, aquí, adentro de mi craneo, entonces comencé a recorrer la casa.
 Me asomé a la cocina... era el lugar mas sucio y desordenado que se pueda imaginar: la pileta, la mesada y  hasta el piso estaban llenos de platos sucios y ollas con restos de comida, vasos con rastros de vino y cerveza con cenizas y puchos de cigarrillos y botellas vacías y tachos desbordando de basura y bolsas de residuos reventadas y moscas y cucarachas y trapos de piso pringosos y agua estancada y allí, ¡el clásico plato con el huevo frito y el pucho aplastado en el medio! A primera vista sentí repulsión... pero el sol del mediodía entraba por la ventana abierta cayendo sobre toda aquella inmundicia con chorros de luz dorada y de repente me pregunté si aquella imagen imposible no sería una de las tantas “pinturas” de Cocho... Todo era muy hiper-realista y tenía los volúmenes y las dimensiones reales, pero había “algo” que me hacía sospechar de las casualidad y  la causalidad de semejante caos: esos restos de huevo frito en el plato estaban como pintados, y los vasos y botellas a contraluz en el marco de la ventana combinaban tonalidades muy estudiadas y exquisitas... la distribución de las pilas de platos usados y cubiertos sucios tampoco parecía nada casual, y hasta la gota de agua cayendo insistentemente de la canilla mal cerrada y haciendo rebalsar la pileta y desbordando por el piso hasta formar un inocente arroyito hasta la rejilla lograba un efecto impresionante. Todo el cuadro se completaba con profusión de elementos marcadamente plásticos como correspondía a la vivienda de un pintor: platos y paletas con pomos de pintura, jarros con cantidades de pinceles, botellas con aceites y solventes, trapos coloridos donde se habían limpiado pinceles de diversos colores (verdaderas joyas del arte-accidental-efímero) y las paredes cubiertas de ilustraciones y graffitis, y ahí mismo, frente a mi, en la pared sobre la cocina en grandes letras rojas de aerosol la advertencia fatal: “¡CUIDADO CON LA PINTURA!”
Ya no cabía ninguna duda, era todo una pintura más, uno de los cuadros de Cocho, tal vez una instalación semejante a “El Batacaso” que en esos días escandalizaba en el Di Tella.
Volví de mi distracción al oír las voces de mis amigos allá arriba:
 - ¿pero qué se creía, que era todo basura? – preguntaba Cocho y Melina que decía: -...y, uno siempre pone afuera lo que tiene adentro... (pero... ¿cómo harían para saber lo que yo estaba mirando?.. esta pregunta era tan recurrente que ya no quería volver a formulármela... ¿tal vez los Beatles habían creado un nuevo paradigma psíquico al cantar “estoy mirando a través tuyo”?..)¿entonces ellos veían lo que yo mirara? ¿eran videntes como esos que con los ojos vendados adivinaban los números del documentos? ¿por qué no me dejaban tranquilo? ¿por qué tenían que ocuparse de mí? ¿por qué no se concentraban en el masaje?.. y así seguí recorriendo la casa.
- ¿adonde va? – qué se yo -  se querrá escapar - siempre se va - ¿por qué? – ¡no sé! -  es lo único que se le ocurre, se pone paranoico… y se va...
Bueno, pensaba yo, ya que lo saben todo, está bien, es eso lo que tengo a hacer, me tengo que ir...
-Escuchá este cuento del paranoico. –decía justamente Cocho.
-¿A ver?, contame...-le daba pié Melina.
-Un paranoico sube a un taxi, -cuenta Cocho –y el tachero le pregunta: “-A donde quiere ir, señor?, y el paranoico le dice: -“No te hagás el boludo que vos sabés muy bien a donde quiero ir.”
Yo seguía mi pensamiento: es imposible estar con gente que ya lo sabe, me inmoviliza, yo me voy, de paso se quedan mas tranquilos solos, para hacerse masajes...
Subí las escaleras y agarré mis cosas con fingida naturalidad.
- ¿Qué hacés, Omar? –preguntó Melina.
- Me voy, estoy cansado.
Ella se echó a reir.
- Viste, ¿qué te dije?
- Será por eso que me voy, porque lo dijiste.
- ¿Siempre te vas?.. Mirá que hay algunos que se van para hacerse notar...
- No seas ridícula, tengo sueño.
- Y dormí aquí.
- No puedo.
- ¿Tenés miedo?
- ¿Yo… de qué?
- Eso quisiera sabe:. ¿de qué tenés miedo?
- Chau, Melina, chau Cocho.
Y bajé las escaleras y atravesé las habitaciones y cerré la puerta detrás de mi. El corazón me latía precipitadamente. Creía que no iba a poder salir de ese ámbito persecutorio, pero caminé lentamente por el pasillo, comencé a bajar las escaleras y de pronto me detuve y me senté en un escalón ¿a donde iba? ¿qué estaba haciendo?
Así permanecí largos minutos hasta que oí el ruido de una puerta y después pasos por el corredor y Melina apareciendo junto a mí.
 Bajó unos escalones y se sentó a mi lado divertida.
-¿Qué hacés? – le pregunté. - ¿adonde vas?
- ¡Y vos?... ¿Adonde querés ir?
-Vamos a mi casa, necesito bañarme, comer algo, dormir…
- Hacia el sur entonces. –dijo Melina con tristeza. – El sur siempre…

El sur… El sur mío no era precisamente el sur borgiano de las quintas y las casas de fin de semana; el sur mío era mas bien arltiano: el sur industrial de Avellaneda, Gerli y Lanús y mientras íbamos en el ómnibus Melina preguntaba extrañada mirando por la ventanilla:
- ¿Qué es esto, Omar?...¿dónde estamos?... ¿esas casitas todas iguales y  todas diferentes... sin estilo definido, cada una con su diminuto jardincito al frente como un trofeo de miseria...  ¡estamos en el borde de la media!.. de la clase media, y un paso más allá está el infierno de las villas, aquí estamos justo en el límite...
- Cierto que vos sos de la aristocracia del norte. –le dije molesto.
- Del Moco Amarillo, para ser más exactos, –aclaró ella. –
es decir toda esa zona del norte de Olivos, Vicente López y Belgrano, esa es otra frontera, más allá están los del Moco Verde, más para el lado de San Isidro...
Bajamos del ómnibus, cruzamos la calle y entramos en el boliche de mis viejos, saludando distraídamente y enseguida nos metimos en mi habitación.
- ¡Vivís en el almacén del barrio, Omar! –exclamó Melina.
- Si, pero eso es cosa de ellos – me defendí -yo nunca seré comerciante
- Y tus viejos ni me saludaron ¿qué les pasa?
- Nada... No son muy sociables, pero además no te oyeron, no oyen bien.
- ¿Sordos? –dijo ella. –¡Encima te tocaron los sordos!..
- Bueno, cortala, Melina, no seas tan brutal, todo eso es problema mío.
Y era cierto, porque ese mundo que me rodeaba y del que formaba parte era mi mayor problema.
- Pero mi mundo empieza aquí. –le dije señalando mi
 habitación -esta es mi isla, relativamente independiente, para ir al baño o a la cocina hay que atravesar la linea de fuego, ser un poco coherente, saludar: buenos días, ¿qué tal, cómo le va? tratá de no crearme problemas, por favor, así y todo más de un día no nos aguantan, enseguida nos sacan a patadas, aprovechá para dormir.
- ¿Vos no vas a dormir?
- Yo estoy aquí escribiendo.
Aquella habitación comunicaba al fondo con otro cuarto más chico que yo usaba como escritorio. Debajo de una ventanita estaba la mesa de trabajo con la vieja Remington de mi papá rodeada de papeles y libros, un sillón frente a la mesa, varios estantes con libros y una vieja alfombra cubriendo el piso.
Melina se durmió en la cama grande de la habitación y yo entré en el escritorio y cerré la puerta de comunicación para apagar el sonido de la máquina de escribir. Hacía tiempo que venía pensando una historia y de pronto la veía con claridad y sentía que tenía la energía necesaria para escribirla. Sería un cuento largo: Un hombre se sumergía bajo el agua para realizar una prueba de resistencia. Quería medir el tiempo que le era posible permanecer bajo el agua sin respirar. Se sumerge con un cronómetro en mano, lo pone en funcionamiento y observando como avanza la aguja del segundero, comienza a imaginar una extraña historia. Ve un mar muy azul y las orillas de una costa montañosa y en la ladera de la montaña un pueblito de casitas blancas, sin duda es en Grecia, le parece, un pueblo de pescadores… Olvida el tiempo del cronómetro y se introduce en la historia que empezará a desarrollarse a partir de esa imagen inicial.
Al mediodía nos llamaron a comer. Había que ir para no crear problemas. Y fue un bajón, porque mis viejos hacían cantidad de preguntas y Melina sabiendo que no oían bien contestaba con una voz inaudible de modo que sólo yo podía oír sus respuestas, por lo que se hizo automáticamente antipática y por lo tanto nos echarían antes de lo previsto.
Volví a escribir en mi escritorio mientras ella volvió a  dormirse.  Durmió todo el tiempo mientras yo escribía sin parar la absurda historia del sumergido. La máquina de escribir repiqueteaba echando chispas y tenía que hacer regresar al sumergido a la superficie para respirar pero pasaban los años.
Mis viejos se estaban poniendo cargosos y querían que nos fuésemos, ¡esto no es un hotel alojamiento!.. decían... pero... ¿por qué Melina dormía tanto?, la desperté.
- Melina, hay bronca, te tenés que ir.
Se despertó con un humor de diablos, agarró sus cosas y se fue. Por la ventana la ví parar el colectivo en ese atardecer desolado.
Y me acosté y dormí semanas enteras.

domingo, 15 de abril de 2012

"GENERACIÓN DESCARTABLE" - Capítulo 14 - "La Pordioserie"

     Íbamos totalmente locos cantando jitanjáforas a la orilla del mar, saliendo de la Villa hacia el norte, a través de ese largo paraje solitario de anchas playas y dunas de arena cambiantes hacia Valeria del Mar. En ese tiempo el balneario no era mas que un edificio de departamentos de varios pisos frente a la playa con algunos comercios de provisiones y unos pocos chalets desparramados por los alrededores entre bosques de pinos. Todavía no había sido invadida por la fiebre turística y se podía andar tranquilo por lugares salvajes y a través de kilómetros de playas desiertas.
     El campamento estaba oculto entre espesos arbustos. Apenas dos o tres carpas viejas armadas entre la arboleda alrededor de un fogón.
- ¡Bienvenidos a La Pordioserie! -gritó Pipo al vernos aparecer -Llegan justo para la única comida del día que invariablemente es... polenta.
     Junco se había ido a Córdoba, pero él había preferido venirse al mar. ¡Qué emocionante! ¡Qué magia volver a encontrarnos! Estaban Pipo, Miguel, Javier, Mario, Hernán, Gato (a quien yo veía por primera vez, su figura sugestiva con su larga trenza negra a la espalda), Cylbia, el Peli... ¡Todo el mundo!
- Estamos tocando fondo. -nos explicó Pipo -Cortamos con todo hasta con la guita, aquí nadie tiene un peso. Aveces ni siquiera podemos conseguir una polenta, pero siempre se puede ir a tirar la linea y conseguir un par de pescados para una sopa.
- Ya probamos de todo -dijo Mario -hasta sopa de hojas de árboles y ensalada de raíces, tratando de sobrevivir como los náufragos.
- Nos morimos de hambre -aseguró Pipo -pero contentos... Por aquí no viene nadie, es de lo mas tranquilo,  pero si vamos a pedir algo al edificio nos miran como si fuésemos linyeras, nos tienen miedo claro, con esta pinta de cavernícolas que tenemos... Así que mejor cortar todos los lazos con la civilización, igual siempre aparece una polenta o un guiso, estamos en la miseria pero con finura, ¿vió? -decía imitando un acento francés. ¿Diganmé si este lugar no es un paraíso? Y todo el día música, mucho blues y rockanroll... buenas conversaciones... filosofía... methaphissshika... buena literatura, Krishnamurti... mucha cultura... libertad y vida silvestre... Por allá está el campo nudista para el club de corazones solitarios y pasando esa duna todo el vastoyproceloso océano. Al campamento le pusimos La Pordioserie, así en francés, somos pobres pero finos ¿vió señora?... ¿qué le parece?...
     Nos instalamos y comimos esa deliciosa polenta sin salsa sin nada, distribuida equitativamente entre todos, sentados alrededor del fogón, mientras en el silencio del atardecer se hacía mas intenso el canto de los pájaros.
     Miguel nos dijo que Cylbia no estaba bien. ¿Dónde estaba? No la había visto durante la comida... Dormía todo el tiempo en una de las carpas. No quería que la despertasen ni para comer. Decía que quería volver a ser ella misma, perder esos kilos que le habían hecho engordar en la clínica... Ya no era la misma... Se despertaba solo para ir a llorar a la orilla del mar. Iba hasta la playa, se sentaba en la arena y lloraba horas enteras sin parar. Había que dejarla, había dicho que no se preocupasen, que la dejasen tranquila que ya se le iba a pasar, que no era una plaga emocional, no lloraba por nada, ni de tristeza, ni de dolor, ni de bronca, no... Lloraba simplemente... por llorar... para identificarse por medio del agua salada de sus lágrimas con la esencia misma del mar frente a sus ojos.
     Esa noche hubo batucada, zapada, bluseada y hasta un negro spiritual que terminó en un intenso ritmo africano con abundante percusión de latas y platos y un nutrido coro de voces. Hasta que nos dormimos al amanecer alrededor del fogón.
     Cuando pregunté por Miguel al despertar a media mañana me dijeron que estaba en la playa pescando. Desde lo alto de la duna podía verlo: era una mañana blanca, plateada y el mar estaba agitado por el viento. Y en la orilla Miguel revoleaba la linea y la arrojaba al mar. Y mientras esperaba el pique observaba el vuelo de las gaviotas... y las imitaba. Reproducía el vuelo de los pájaros con gran habilidad. Agitaba los brazos como poderosas alas y así corría planeando y girando. Las gaviotas volaban chillando a su alrededor y él también imitaba sus agudos chillidos. Corría volando sobre la linea del oleaje, salpicando y jugando con la espuma. Después parecía aterrizar y caminaba con el mismo paso vacilante de las aves y en graciosas lineas ondulantes. Perseguía a las olas que retornaban al mar  y luego huía de las que avanzaban. Y otra vez volvía a lanzarse en vuelo rasante a lo largo de la orilla.
     Desde donde yo lo observaba él no podía verme y a mi me parecía conmovedor que Miguel estuviese... jugando solo. Cada tanto iba a ver si había picado algo en la linea y después volvía a practicar el vuelo de los pájaros. Lentamente me acerqué hasta donde estaba y nos sentamos en la arena cerca de la linea y se puso a hablar de lo lindo que era pescar. Le encantaba, era toda una aventura y además era necesario para la subsistencia de un náufrago.
     Al rato llegaron otros amigos dispuestos a bañarse en las agitadas aguas del mar. Gato se sentó en la orilla un poco apartada del grupo. ¡Qué extraña que era! Siempre andaba sola y cuando nuestras miradas se encontraban sonreía tímidamente y señalaba con la vista algún lugar del horizonte. Parecía establecer con la mirada una conexión telepática.
     Estábamos mirando como nadaban nuestros amigos. Hernán había cruzado la rompiente y tuvo grandes dificultades para regresar. Nadaba sin descanso hacia la playa y el mar volvía a llevarlo para adentro. Finalmente después de mucho esfuerzo logró llegar a la orilla. Estaba exhausto y se dejó caer en la arena respirando con dificultad, pero cuando nos acercamos alarmados sonrió extrañamente.
     Por la noche junto al fuego en las pausas entre una canción y otra, a Pipo y Miguel se les ocurrió un juego. Tenía algo del ¿qué vas a ser cuando seas grande? y consistía en tratar de vislumbrar el futuro de cada uno. Casi todos teníamos veinte y pocos años mas. ¿Sería posible a través de nuestros gustos actuales y nuestras inclinaciones naturales llegar a vislumbrar el curso que tomarían nuestras vidas en los años por venir? Era difícil, pero de todos modos empleamos  aquella larga noche en echar una mirada a nuestras posibilidades futuras. Cada uno debería decir lo que a su criterio le parecía qué llegaría a ser cada unos de los otros con el paso del tiempo. Las coincidencias se irían sumando y la que obtuviese mayoría de menciones quedaría como una de las formas del destino posible. Y así la rueda comenzó a girar  y uno a uno democráticamente se fueron barajando los diversos destinos. Miguel sin duda sería músico, una gran estrella de la música de nuestro tiempo, el rockanroll, y también por varios votos, poeta, al estilo de los grandes poetas malditos como Rimbaud... Javier tambien sería músico famoso y revolucionario, algo así como un Stravinsky del blues,  un innovador. Pipo que por ese entonces ya era autor de éxito era evidente que sería un compositor famoso, aunque para muchos su destino era el de poeta y para otros sería sin duda un lider mundial. A mi que andaba siempre garabateando en mis cuadernos se me adjudicó esa noche el destino de dramaturgo, pero fundamentalmente el singular destino de cronista... y "copista" al estilo de los cronistas que dejaron testimonio de la conquista del Nuevo Mundo y también en la tradición de los copistas e iluminadores medievales...
     Cada uno debía recordar su destino para que años después se pudiese ver si los pronósticos eran acertados.
     Así pasaron los pocos días maravillosos de La Pordioserie, porque una mañana nos enteramos que acababa de llegar un contingente de amigos de Buenos Aires y que en lujosas carpas estaban acampando un poco mas allá, cerca del edificio de la playa. Los fuimos a ver, era el grupo del los esotéricos de La Academia con los hermanos Romero: Carlitos y la Kelly bajo la dirección de Carlos Suarez como lider del grupo. y enseguida nos trasladamos a sus dominios. Ese si que era un campamento organizado. Se había impuesto un régimen estricto donde cada uno desarrollaba diferentes tareas y había un horario para cada actividad, para trabajar y para descansar, sesiones de lectura y reuniones de fogón, ejercicios espirituales y recreación, música y meditación. Todo programado, todo funcionando como una máquina de precisión y no se pasaba hambre ya que había dos abundantes comidas al día. Suarez era un tipo muy interesante, había estado en la comuna de Silo en Mendoza e imponía un respeto instantáneo. Lo primero que nos pidió al incorporarnos a su grupo fue que abandonásemos la costumbre generalizada de jugar a loquear y mariconear y tratarnos de "señora", porque según él, eso contribuía a fijar una falsa personalidad y debíamos desecharlo como negativo. Frecuentemente se hacían reuniones en las carpas para evaluar posiciones y hacer críticas de las actividades personales. A mi me parecía que podía adaptarme al nuevo orden del campamento, pero Miguel entró a conspirar. No se resignaba a que nos impusiesen un reglamento, ya no estábamos en edad escolar. ¿y que era eso de funcionar a horarios como máquinas cronometradas? Pipo después de la caótica experiencia de La Pordioserie pensaba que cierto orden natural era indispensable para la convivencia comunitaria. Javier se las arreglaba para hacer siempre lo que quería, es más, era intocable, mientras todos hacían las tareas y ejercicios él podía dormir hasta el mediodía, intervenir o no en los ejercicios... él lo único que tenía que hacer era tocar, componer, ensayar...
Mientras tanto llegaba mas gente de Buenos Aires. Una tarde como arribando en un charter mágico apareció todo el jet-set. Ahí estaba Juanito cuya presencia resultaba insólita en el decorado boscoso del campamento, lejos de El Moderno y los senáculos de Florida, aunqu siempre hermosísimo con sus ojos esplendidos del mismo azul del mar, y había llegado con los chicos, sus amigos: Carlitos y Joe, Daniel y Javiercito y Pedro... y hasta la mítica Marisa Monasterio... Estabamos todos y el verano a pleno.
     Al atardecer salimos Cylbia, Juanito y yo a caminar por la playa. Nos sentamos en la arena abstraídos en la contemplación del horizonte y cuando nos dimos cuenta Cylbia estaba llorando a mares y tuve que explicarle a Juanito que no era nada, apenas una simple reacción osmótica de los lagrimales de Cylbia con las saladas aguas oceánicas...
     Esa noche también, gran batucada alrededor del fuego haciendo música  y bailando y cantando con entusiasmo inusitado. Miguel y yo bailamos sobre una alfombra de hojas secas y acariciados por las ramas de los pinos.
     Al amanecer Juanito y sus amigos partieron rumbo a Villa Gesell y Mar del Plata.
     Me fui a dormir a mitad de mañana y tuve un despertar imprevisto: abri los ojos sobresaltado para ver a mis traviesos amigos meando sobre los dormilones para despertarnos. Salí corriendo... ¿a quién se le habría podido ocurrir esa broma tan pesada?... Los odié. No los perdonaría nunca.
     En los días siguientes Miguel empezó a tener serios problemas con el grupo. Se negaba a recibir órdenes y bastaba que le encomendasen una tarea para que le diesen ganas de hacer cualquier otra cosa. Era totalmente anárquico y no soportaba ningún tipo de autoridad. Empezó a subvertirme, planeaba complicadas acciones para burlar las directivas del grupo y siempre contaba conmigo para sus planes, y yo lo seguía encantado en sus extrañas maniobras porque nos divertíamos un montón. Hasta que finalmente logró lo que era de esperar: hubo una reunión de "altos mandos" y nos comunicaron que debíamos abandonar el grupo.
     Ese mismo día Miguel y yo salimos para Villa Gesell y enseguida entramos a funcionar en el clima de locura total y absoluta libertad de la Villa. Volvimos a tomar  nuestros estimulantes y además... ¡había aparecido una droga nueva! Era una basura total, pero pegaba, tenía cierto circo. Se llamaba Instilasa y eran unas gotas para destapar la nariz, pero que tomada en grandes dosis tenía efectos alucinógenos. Era un veneno de lo mas berreta, venta libre en todas las farmacias. Venía en un simple envase gotero de plástico verde y se decía que actuaba sobre los centros de la memoria. Los que experimentaban solían tener largas secuencias de lejanos recuerdos. Por otro lado quemaba implacablemente las fosas nasales, la garganta y el estómago. Había que tomarse  casi todo el gotero para obtener un efecto notable. Producía alucinaciones cinéticas y estados de verborragia obsesiva. Con Miguel agregábamos algunos estimulantes para completar el espectro psicodélico en un coctel explosivo.Nos íbamos a la playa de noche con una guitarra y en esa fosforescencia de estrellas que se agitaban como luciérnagas furiosas ante nuestros ojos alucinados hacíamos música. Las voces se tornaban super extrañas, falsetes tan altos que no podían ser y profundas resonancias de caverna con ecos lejanos que repetían finales de estrofas y coros fantásticos que acompañaban nuestras voces.
     Miguel quería que yo cantase. Y yo era malísimo para eso, entonaba como perro ladrando a la luna, nunca entraba a tiempo y mi voz pasaba de un registro a otro a cada momento. Pero igual Miguel estaba empeñado en que yo cantase. Como Tango, él tambien afirmaba que "Todo el mundo puede cantar", así que había que intentarlo. Yo me sentía un desastre pero Miguel se tornaba implacable. Habíamos tomado como ejercicio esa canción tan bonita de Joan Baez que estaba de moda: "Cumbaya". La melodía era simple y el coro pegadizo así que practicamos aquella canción durante interminables horas. Miguel me hacía escuchar los tonos de la guitarra y me mostraba la posición de los dedos, pero para mi era imposible, mi mano izquierda se ponía dura como piedra sobre el diapasón y todos los tonos me parecían sonar iguales.
     Anduvimos juntos varios días sin dormir, hablando durante interminables horas en los bares de la Villa  revivíendo el pasado en largas conversaciones nos contamos nuestras vidas, largas secuencias de nuestras historias personales y después durante el bajón, como siempre, nos perseguimos, nos odiamos y cada cual se fue por su lado. Yo me fui con unos amigos que estaban en el Pinar. Estaba loquísimo y me pinté soles y serpientes aladas en los pantalones. Me colgué un cartelito al cuello con una frase hallada al azar en un libro de Victor Hugo: "Yo soy un hombre que piensa en otra cosa." Había encontrado una guitarra vieja  y rota con solo tres cuerdas y solía ir esconderme entre los médanos a tocar en esa guitarra desafinada interminables historias cantadas implrovisadas bajo el ardiente sol.
     Y así fue como la conocí... días antes había visto en el cine de la Villa la última película de Ingman Bergman, "Persona", uno de sus films mas polémicos e inquietantes y esa tarde yo estaba ahí, perdido entre los médanos y ella apareció no sé de dónde. Cuando la vi me pareció que era la mismísima Liv Ulman... vestía una casaca de gamuza marrón, pantalones de corderoy verde y el viento agitaba  sus larguísimos pelos bajo su chambergo.

                                                                               *

lunes, 9 de abril de 2012

"GENERACIÖN DESCARTABLE" - Capítulo "Brujos de Verano"

     Durante mucho tiempo no nos paraba nadie. Habíamos salido en ómnibus hasta la ruta y caminábamos hacia el sur haciendo dedo.Camiones inmensos pasaban junto a nosotros formando fuertes corrientes de aire que nos hacían tambalear, "pero nadie nos quiere llevar".... Asi caminamos varios kilómetros y volvimos a tomar algunas pastillas porque creíamos que nos faltaba energía mental como para hacer parar uno de esos grandes camiones.
     Debían ser las tres de la tarde cuando llegamos a un bar. Había gente en las mesas y cuando entramos hasta el mostrador para pedir agua, algunos se rieron de nosotros y nos largaron estúpidas indirectas. Patty y yo tratamos de ignorarlos, pero Luis Alberto en una reacción de violencia inesperada arrojó sobre los comensales el contenido de su vaso de agua y se puso a gritar con aullidos insoportables:
- ¡Hijos de puta! ¿Qué se creen que siempre nos van a molestar? ¿No se dan cuenta que están podridos? ¡Ustedes y todo su maldito dinero están podridos!
Y después de un alarido sobrenatural cayó desmayado a nuestros pies dejando que el vaso vacío rodase por el piso del local.
     Aquella gente no alcanzó a reaccionar porque sino nos hubiesen linchado. Alguien nos ayudó a cargarlo y lo tendimos en  el pasto junto al camino. Al rato despertó con un ánimo completamente angelical sin recordar nada de lo que había pasado. Y como nos pusimos a hacer dedo desesperadamente logramos parar a uno de esos camionazos que nos llevó hasta Las Armas. De ahí nos levantó una camioneta que nos dejó en La Villa un amanecer viendo salir el sol a la orilla del mar.
     Vagamos por las anchas playas casi desiertas. En el aire flotaba una bruma brillante que ponía reflejos dorados sobre los cuerpos. Patty caminaba errabunda delante nuestro apoyandosé en una rama que usaba de bastón. Como Miguel, también ella tenía la costumbre de hablar sola en voz baja consigo misma y siguiéndola unos pasos mas atrás el Peli y yo podíamos oírla murmurar. Miraba a su alrededor como si atravesase un paisaje fantástico. Aveces se volvía hacía nosotros y pretendía decirnos algo pero ningún sonido salía de su boca y solo percibíamos un leve movimiento de labios. Yo me acercaba y le preguntaba:
- ¿Qué decís, Patty?
Y ella me miraba como desde muy lejos y seguía moviendo los labios sin emitir ningún sonido.
- No te oigo, Patty. -insistía yo -Hablá mas fuerte.
     Pero ella seguía con su lenguaje mudo. En algún momento se me ocurrió pensar que era yo el que no podía oirla, pero el Peli tampoco pudo captar nada.
- Esta gurisa está como embrujada. -dijo el Peli -Necesita descansar.
     Entonces nos metimos por una calle y anduvimos caminando por el pueblo hasta que en algún lugar nos encontramos con Sonia. Se paró frente a nosotros con su radiante sonrisa y nos dijo que estaba en una casa que había alquilado con un amigo. Podíamos ir con ella, había lugar para todos. Caminamos una pocas cuadras y entramos en un parque muy bien cuidado con hermosos árboles y una colina de césped sobre la que estaba la casa. Era un chalet y ellos ocupaban el piso de arriba hasta donde se llegaba por una escalera exterior. Una vez adentro Sonia nos presentó a su amigo, a quien casualmente yo conocía de Buenos Aires, del Moderno.
     Era un tipo muy extraño. Se llamaba Fausto Giordano y nos habíamos conocido atraves de Cylbia Washington. Una noche lo habíamos encontrado en la puerta del Moderno y nos había invitado a fumar un joint en la pensión donde vivía en un viejo caserón amarillento en una esquina de San Telmo. Era un tipo hermoso, aunque demasiado enigmático. Grandes ojos celestes casi glaucos y pelos largos lacios. Pretendía parecerse a Rimbaud a quien admiraba y también era poeta. Acababa de publicar una revista de poesía con poemas satánicos donde invocaba a todos los demonios entre poemas de Ginsberg y textos de Breton. La revista estaba buena, en tamaño gigante, algo notablemente maligno se agitaba en su contenido. Nos regaló un ejemplar: "El Ángel del Altillo". Tenía excelentes ilustraciones, sorprendentes fotografías y una selección de poemas muy acertada. Paginas de Ginsberg, Girondo, Grass... Vivía con su mujer en una pieza de pensión. Ella también tenía idénticos ojos alucinados... y las paredes  estaban  "empapeladas" con chatarra oxidada de autos encontrada en la calle. Fumamos ese joint y conversamos hasta el amanecer mientras Cylbia dibujaba enmarañadas flores psicodélicas. Por la mañana nos fuimos y no nos habíamos vuelto a ver hasta entrar con Sonia en el chalet de la Villa. Estaba ahí, mirándonos con crueldad y sonriendo enigmático, desnudo, envuelto en una sábana ajustada con un cinturón de cuero rojo. Parecía un emperador romano sentado en su catédra frente al escritorio.
     Patty enseguida se tendió a descansar en la gran cama doble y después de hablar un rato con Sonia yo también me dormí junto a ella.
     Cuando desperté sería pasada la medianoche. Estaba solo. Todos habían salido a recorrer los boliches de la Villa.Me parecía que la habitación estaba hiperiluminada y algo atraía poderosamente mi atención. Me sentía intranquilo y empecé a recorrer el lugar buscando por todas partes hasta que lo encontré. Estaba en un rincón junto a la cama. Era un extraño y ridículo mueblecito para guardar los zapatos. Totalmente construído en madera, como una repisa de tres, cuatro estantes para poner los pares de zapatos. Cada estante tenía una forma especial moldeada para sujetar al fondo el taco de los zapatos y un suave declive hacia adelante donde descansaba la punta. Era un mueble insólito y estaba lleno de zapatos de hombre y  de mujer de diferentes colores. Me senté en el piso frente al aparato y lo observé durante largo tiempo. Me parecía maravilloso. Recorrí con la vista las divisiones, los lugares apropiados para cada tipo de taco, los diferentes tamaños de los compartimientos. Era un mueble muy elaborado y de dificil realización y al mismo tiempo era superfluo y casi inutil pero en conjunto resultaba delicioso. Segui observando. Los estantes tenían una ligera inclinación y toda la construcción se hallaba en un plano inclinado para lograr una mejor exhibición de los zapatos. En uno de los compartimientos había un par de zapatos rojos de tacos muy altos y en otro unos suecos azules, en el siguiente un par de zapatos marrones de hombre y al lado un par negro, mas abajo varios pares de zapatillas y hasta un par de botitas cortas beat. El conjunto daba la impresión de una compleja maquinaria.¿Acaso no parecía una mini-muestra de Dalila en el Di Tella? Y también me hacía acordar a los juegos de "Sapo" de los boliches de campo .Sentía la extraña sensación de un "deja vue", de una vieja melodía que se había olvidado y que de pronto se recuerda. Y en realidad todo el fenómeno tenía algo de musical: En un movimiento lento y ondulante recorría los sucesivos compartimientos y luego pasaba a una visión de conjunto que parecía ampliarse tratando de ubicar el objeto dentro del orden de universo. Esa sensación tenía el ritmo de un oleaje, se hacía intensa y se diluía y cuando estaba a punto de desaparecer volvía con mayor intensidad. Por algún motivo la co-incidencia con aquel objeto era tan fuerte que abarcaba todas las dimensiones del tiempo. Lo percibía con tal intensidad que lo veía en el presente  a la vez que en el pasado y en el futuro.
     Ahí me encontraron mis amigos cuando regresaron al amanecer.
     Anduvimos divagando por la Villa varios días. Andaba por allí un gurú, una especie de santón oriental. Era un hombre de unos sesenta años, alto, de aspecto muy saludable y pelos largos hasta la cintura que llevaba atados en un rodete. Piel bronceada, dimensiones casi atléticas. Una corte de jóvenes y adolescentes alborotados lo seguía a todas partes. Era vegetariano. Iba a la playa desde muy temprano, se quedaba con un diminuto taparrabo, hacía ejercicios de yoga y cantaba mantras. Era de Córdoba, de Vialet Masé.
     Una noche al pasar por un bar lo vi en una larga mesa con mucha gente. Le hacían preguntas, lo reporteaban con un grabador. Fausto estaba en la mesa y al verme se apartó del grupo y me llamó. Hacía días que no lo veía. Me preguntó por Patty y le dije que no sabía nada de ella. Miró hacía todas partes y me pidió que lo acompañase un poco que tenía que decirme algo. Nos internamos en la oscuridad por un sendero arbolado y de pronto me arrinconó contra una pared y me puso un cortaplumas en el cuello.
- Decime donde está Patty. -me dijo - Yo sé bien que vos sos un brujo negro y estás haciendo tus hechicerías con Patty, pero si a ella le llega a pasar algo yo te mato. Decime donde está. Vos sabés.
     Sus ojos celestes despedían chispas de cruerldad. Yo no sabía nada de Patty y eso era todo lo que podía decirle. Él no me creyó y me tuvo así un momento apuntándome con su arma. Parecía estudiar cualquier tipo de signo que pudiese revelarle algo. Hubo un tenso silencio y después aflojó, guardó el arma y se volvió desapareciendo en la oscuridad. Y no volvería a verlo nunca más, pero esos ojos terribles me persiguieron durante mucho tiempo. Me sentía débil y temeroso y al mismo tiempo se había puesto en movimiento una máquina infernal. Con pocas palabras Fausto había despertado en mi un profundo sentimiento de culpa. Inducido por el temor yo asumía todo lo que él había dicho: entonces era eso lo que yo desconocía de mi mismo. Yo era un instrumento de poderes tenebroso, un mago negro, un ser siniestro dedicado a oscuras prácticas de hechicería... Me sentí enloquecer, estaba desesperado. Yo no quería ser ese.¿Pero si esas características perteneciesen al plano inconsciente? ¿Estaríamos en el mundo cumpliendo roles fijos y asignados en la lucha entre los poderes? ¿ Estábamos determinados a ser unos brujos negros y otros magos blancos? Los blancos con la luminosa bandera de la conciencia total y los negros actuando "sin saber" como meros instrumentos de oscuras fuerzas inconscientes. Estaba aterrorizado. Anduve sin poder parar durante toda la noche. Ya no habría más un lugar donde detenerse a descansar porque ahora huía de mi mismo y ningún lugar sería lo suficientemente seguro. El peligro estaba dentro mio, el peligro era yo mismo. La belleza siempre me había parecido una verdad indiscutible, como decía el poema de Keat: "La verdad es bella y la belleza es verdad", y los ojos de Fausto habían irradiado en aquel momento una extraña belleza. Una mirada fría, gélida, mortal y capaz de aniquilarme pero inequívocamente bella.
     Deambulé hasta el amanecer y busque refugio en la carpa de unos amigos en el camping del Pinar. A la tarde desperté desolado y volví al pueblo. Me decía a mi mismo: ahora entiendo por qué soy tan paranoico, porque soy negro...
     Y al doblar una esquina me encontre con Patty. Se paró frente a mi como extraviada murmurando sus palabras inaudibles pero después pudo articular que había estado totalmente loca caminando junto al mar y entre las dunas, que llegado a un lugar solitario se había sacado las ropas y había desparramado todas sus cosas por la arena y había permanecido horas al sol en total catatonia hasta que alguien se había acercado desde muy lejos por la playa para ayudarla y ese alguien había sido nada menos que Pipo. Si, era él, no era otra alucinación. Era Pipo y estaba con otros chicos en Valeria del Mar en un campamento. Andaba paseando junto a la orilla del mar y de pronto la había visto lejana y diminuta como un espejismo entre las dunas y la había rescatado de su profundo trance.... Realmente la había salvado. Y estaban todos en el campamento, nos esperaban allá. Ella había vuelto a buscarme. Mientras salíamos a la playa le referí mi siniestro encuentro con Fausto. Ella se detuvo, me miró fijamente murmurando algo inaudible y me pasó la mano por la frente. Después sonrió y tuve la sensación de que mis oscuras divagaciones de la noche anterior  se borraban de mi mente. Podía dejar de torturarme con esos pensamientos. ¿Acaso no veía  ahora ese majestuoso mar azul rodando junto a nosotros mucho mas inmensamente bello que cualquier mirada maligna? ¿Y no caminaba ella al lado mio sin haber sucumbido a ninguna brujería, conduciéndome hacia el campamento de nuestros amigos? No debía seguir confundido. Por eso mientras avanzábamos comencé a cantar una canción. Había una música que estaba en el aire y yo solo tenía que seguirla. Era una canción sin palabras conocidas y a mi mismo me extrañaban los sonidos que brotaban de mi garganta:

                                        "Tha - Ha - Ka - Enen - Man - Ma
                                          Tha - Ha - Ka - Enen - Ma - Enen - Rá
                                           Axa - Ho - Atha - Wa
                                            Ha - Tha - Oxú

jueves, 29 de marzo de 2012

"GENERACION DESCARTABLE" - Capítulo: "Rutas"

A partir del Help  Pipo y Junco se hicieron inseparables. Aveces yo iba a visitarlos al departamento de la calle Billinghrst. La mamá de Pipo estaba de viaje y como era de suponer Pipo había llevado a todos sus amigos a vivir a su casa. Miguél estaba formando Los Abuelos y se reunía con los músicos del grupo para ensayar en el departamento. Y ahí estaban todos instalados como en un hotel ocupando las diferentes habitaciones.
Desde la calle se oía la música del grupo que ensayaba con los equipos a todo volumen. Dentro del departamento el señorial ambiente se había transformado en un campamento de gitanos. Se acercaba el verano y por el calor prematuro estaban todos medio desnudos o vestidos con ligeras ropas extravagantes. Habían tomado por asalto los roperos y lucían profusión de pañuelos coloridos, sombreros y fantasías.
Con Miguél intercambiamos unas pastillitas y enseguida me contó que el grupo ya estaba formado. Se llamaban "Los Abuelos de la Nada". Me confió que había sacado ese nombre del libro de Leopoldo Marechal, "El Banquete de Severo Arcángelo. Yo tenía que leerlo, me aseguraba que era formidable. Inaudi, el personaje era "padre de los piojos y abuelo de la nada".
Siguió hablando del grupo. Se habían conectado con Mandioca, el nuevo sello discográfico del editor Jorge Alvarez y estaban a punto de grabar el primer simple con "Diana Divaga" y "Tema en Flu sobre el planeta".
Al rato se pusieron a ensayar en el living. El grupo sonaba formidable. Repetían el tema infinidad de veces y grababan fragmentos mientras Miguél daba minuciosas indicaciones. Probaban los truenos y relámpagos que abrían el tema de Diana.
En algún momento Junco me tomó de la mano y me condujo hasta una habitación. Si yo quería podía cambiarme, porque con esa ropa tan formal, tan de saco y corbata debía sentirme incómodo. Así que pasamos largo tiempo eligiendo ropas multicolores y pintándonos flores y pájaros en la cara, probandonos vinchas y collares y anillos... Y así aparecimos bailando en la sala. El grupo había terminado de ensayar y habían puesto en nuevo álbum de Donovan, "Melow Yellow" que sonaba repetidamente en el combinado con el automático levantado.
Nos pusimos a bailar con Junco y pronto se nos unió Miguel. Pero enseguida Junco se fue a su habitación y nos quedamos bailando solos Miguel y yo. Nos gustaba bailar juntos porque los dos bailábamos muy bien. Sobretodo él era excelente bailarín. Inventábamos movimientos originales y super sexy. Otro tipo de relación no había resultado entre nosotros, pero en cambio acostumbrábamos bailar juntos durante horas enteras sin cansarnos. Lentamente pero con movimientos precisos nos desplazábamos por la amplia sala aprovechando todas las posibilidades del espacio. Aveces bailábamos enfrentados y muy cerca uno del otro, pero otras veces parecíamos bailar solos cada cual por su lado. Así era nuestra relación, aveces coincidíamos, aveces desistíamos...
En un momento Miguel se llegó hasta unos almohadones  que estaban dispuestos en el piso y se acostó ahí sin dejar de moverse al compás de la música. Estaba tendido boca arriba y yo bailaba de pié frente a él. Sus gestos eran muy atractivos. Buscaba diferentes puntos de apoyo en su torso y movía brazos, piernas y cabeza en lentas ondulaciones. Él tenía los ojos cerrados y no me veía, pero yo estaba fascinado porque me parecía leer extraños y veloces jeroglíficos en sus movimientos y no podía dejar de mirarlo...y leerlo. Su boca se movía continuamente como hablando sin emitir sonidos y aveces se acariciaba con ademanes altamente eróticos. Por momentos abría los ojos y miraba sobresaltado como tomando conciencia de estar en ese lugar.
Entonces sonreía hieráticamente y volvía a sumergirse en el mundo interior detrás del velo de los párpados. Ese mundo suyo que yo estaba siempre tratando de penetrar y que me resultaba totalmente hermético.
Él era muy comunicativo y extrovertido, no tenía reparos en contar a sus amigos su infancia de pobreza, cómo había sido separado de su madre y adoptado por la familia que lo había educado, sus numerosos trabajos miserables y su vida en la calle. Además de que inventaba como loco y siempre modificaba las historias el caso es que siempre podía hablar de sus cosas sin ocultar nada. Pero yo imaginaba en su interior lugares inaccesibles y profundos misterios.
Yo en cambio era el polo opuesto, introvertido, nunca contaba mis cosas. Me hubiese sido imposible confiar a mis amigos mi compleja intimidad. Nadie sabía nada de mi, cultivaba en el silencio un estilo ligeramente enigmático... y sin embargo me sentía continuamente puesto en evidencia y desnudado por mis amigos. Sentía que ellos de alguna manera sabían hasta lo más oculto y escondido de mi mismo. Me rompía la cabeza pensando cómo hacían mis amigos para adivinar todos mis secretos. En un lenguaje de código cifrado que solo ellos y yo podíamos entender, me hacían saber a cada momento que lo sabían TODO. ¿Cómo lo harían?... ¿telepatía?... ¿lectura psíquica?... ¿magia adivinatoria?... ¿eran todos videntes?... Nunca pude llegar a saberlo, pero con el tiempo dejé de preguntármelo y simplemente lo daba por hecho, ellos lo sabían todo, lo que pensaba, lo que sentía, lo que quería, lo que yo trataba de ocultarme aun a mi mismo...
Aveces sin querer darme cuenta del sentido profundamente erótico de mis palabras yo le decía:
- No soporto las limitaciones físicas. Quisiera que fuésemos etéreos y transparentes. Interpenetrarnos, atravesarnos y poder ocupar un mismo lugar en el espacio. Fusionarnos y confundirnos...
Dejamos de bailar y salimos al balcón a la noche y allí Miguel volvió a su obsesión por la telekinesia. Yo no terminaba de entender si era una preocupación real suya o si me estaba cargando. Desde el alto piso del edificio mirábamos hacia la calle y Miguel hacía esfuerzos desesperados por mover con la mente y con precisos pases magnéticos los pesados automóviles estacionados en la calle allá abajo. Estaba seguro de poder moverlos.
- ¿Viste? -me decía -¿Viste como lo levanto?...
Yo no veía que se moviesen para nada pero aveces lograba convencerme y me parecía que se movían un poco. ¿Pero qué pretendía él en realidadl, moverlos o que yo viese y admitiese que se movían?...
Antes de retirarse a su habitación me dijo:
- Me voy a hacer el amor. Las mujeres se vuelven locas por nosotros, no porque seamos supermachos, no, pero la verdad es que cogemos como los dioses. En el amor también hay que tener imaginación. Yo siempre digo que no tengo historia de posesión, en la pareja cada uno es libre de coger con quien quiera... siempre que sea como uno, claro. Y si me llegan a engañar que no sea con un camionero porque no le dirijo mas la palabra. Chau señora, no se vaya que después vengo con las facturas para el mate.
Me quedé solo y volví a la sala. Era cierto lo que aveces decía Miguel, que al final en los delirios siempre nos quedábamos solos, pero además también yo al final me quedaba siempre solo. Recorrí la sala lentamente. Estaba iluminada por la débil penumbra gris lluviosa del televisor encendido fuera de emisión. Con Pipo solíamos poner el televisor en lluvia o en rayas horizontales mientras escuchábamos música a todo volumen. Ahora ese ámbito me parecía desolador y mecánico. Fui hasta el combinado y di vuelta el longplay con movimientos casi violentos, entonces el universo introdujo una variante cuando empezó a sonar el maravilloso "Superman Luminoso".
Recorrí el pasillo al que daban todas las habitaciones. Las puertas estaban cerradas. Solo la puerta de una habitación permanecía abierta con la luz encendida. Me asomé al interior y vi el ropero abierto de donde asomaban vestidos coloridos y telas suntuosas. Todo estaba un poco revuelto pero el conjunto lucía encantador, como una invitación. Sobre el toilette brillaban doradas fantasías y frascos de vidrio con cosméticos y perfumes. La cama estaba abierta ligeramente desordenada y yo estaba ahí asomado a ese mundo espectante y completamente loco. No, no pensaba entrar a curiosear entre los frasquitos y olisquear las deliciosas fragancias, no quería ponerme a admirar las espléndidas fantasías para quedar finalmente atrapado entre el espejo y las frescas sábanas de la cama. No, todavía no. Con una sonrisa leve y triste cerré suavemente la puerta de la habitación creo que para siempre. Desandé el camino del corredor y volví a la sala para tenderme sobre los almohadones donde había estado bailando Miguel. Encontré papeles y lápices y estuve dibujando el resto de la noche hasta que sin darme cuenta me encontré en plena mañana entre los extraños habitantes de la casa que empezaban a despertar. Me sentí mal, me veía ridículo, observado por todos, parecía el único sobreviviente de un baile de carnaval emergiendo inesperadamente en el living del departamento... Todos despertaban frescos y dispuestos a encarar el día con energías renovadas y yo estaba ahí como una extraña flor delirante de la noche desmesurada, ya casi marchita y al borde del abismo de la mañana.
Y estuve suspendido allí hasta que llegó Patty, nos encerramos en la cocina y tuvimos un largo y complicado diálogo. La intuición me aseguraba que nos comprendíamos profundamente, pero algunos fragmentos de conversación me hacían pensar que estábamos hablando de cosas completamente diferentes. Ella estaba sentada sobre la mesa de la cocina y yo en el peldaño superior de la escalerita de la alacena. Era otra reunión en las cumbres. Hasta que finalmente al cabo de largos rodeos llegamos a la conclusión de que tanto ella como yo preferíamos irnos a Villa Gesell a ver el mar y andar entre los pinos antes que estar ahí en esas improvisadas cumbres de las estructuras domésticas. Ella me ayudaría a cambiarme, sacarme ese atuendo colorido y el maquillaje estridente, ponerme un simple jean y una campera como para no llamar la atención y poder salir a la ruta. Nos costó mucho trabajo pero despues de interminables maniobras ya casi estábamos listos para salir cuando apareció el Peli dispuesto inmediatamente a formar parte de la expedición. Tomamos un par de cápsulas y llevamos otras como provisiones para el camino. Pipo y Miguel nos aseguraron que irían en los próximos días, que los esperásemos, que ellos se nos unirían. Y finalmente salimos a hacer dedo por las rutas argentinas, rutas argentinas hasta el fin.

jueves, 1 de marzo de 2012

"HELP" - (GENERACIÓN DESCARTABLE)

G E N E R A C I Ó N     D E S C A R T A B L E

" H E L P "

                                     "Pero esta vez todavía no alcanzaremos
                                       a descubrir el Gran Misterio."
                                                                                      Junco

Volvíamos a reunirnos en el Obelisco a la noche tarde adonde iban llegando siempre nuevos amigos. Por ahí andaban Pipo, Miguél y Tango y otra gente que yo todavía no conocía, algunos que recién se acercaba al grupo. Entre estos había una chica que yo veía por primera vez. Era chiquita y flaquita pero muy bien proporcionada con unos pelos cobrizos ondulados y enredados con mechones rubios descoloridos, ojos tristes y sonrisa escéptica. Era Junco. Nos acercamos e intercambiamos algunas palabras como si nos conociésemos desde siempre. Llevaba una campera de cuero negro que le quedaba muy grande y un pantalón elastizado muy ajustado en imitación leopardo. Con los ojos muy pintados daba la impresión de una niña disfrazada de prostituta.
Entonces empezó a correr la voz de que estábamos muy en la vidriera, era muy tarde y pasaban los patrulleros, estábamos haciendo mucha bandera y en cualquier momento íbamos a terminar todos en alguna comisaría. Pero había saltado un lugar para copar y enseguida nos dirigimos todos hacia allí. Era cerca, unas pocas cuadras por Diagonal Norte, un bulincito bohemio, el atelier de un pintor en un edificio antiguo; y en grupos de a dos y de a tres para no llamar la atención nos mandamos para allá. El lugar era muy reducido, con algunos cuadros amontonados en un rincón y unos almohadones desparramados por el piso.Y en ese espacio donde difícilmente podían convivir dos personas nos hacinamos casi quince náufragos. Nos fuimos acomodando sentados en el suelo y apretados contra las paredes muy divertidos ante el absurdo de meter tanta gente en ese mínimo lugarcito.
Y cuando todos empezamos a conversar y a fumar y encendieron una luz roja y pusieron música de los Jefferson Airplain en el tocadiscos, la escena se tornó realmente alucinante.
Junco estaba apretada entre Pipo y yo y junto a mi estaba Miguél  y a su lado Tango. Ya habíamos estado tomando nuestras pastillitas, (las pequeñas ayudantes de mamá), y estábamos  todos muy animados. Junco hablaba conmigo y a mi me parecía que me la podía ganar. La veía tan seductora... Pasaban los maravillosos temas de los Aviadores de Jefferson: "Amante Fantástico"... "Conejo Blanco"... "La Chica de los Autos Raros"... "Alguien para Amar"... "¿Cómo te Sientes?"... "3/4 de Milla en 10 Segundos"... Miguél sostenía la tapa del disco y leíamos los títulos de los temas. Tango había inventado un juego original: tomaba las tapas de algunos long-play, iba leyendo y te hablaba con los títulos de los temas. Después iba intercambiando los títulos y podía decir las cosas mas graciosas, delirantes, poéticas y surrealistas imaginables.
Escuchábamos la música envueltos en esa luz roja entre las densas nubes de humo, la voz de Grace era formidable y el tema "Regresa a Mí" que duraba cinco largos minutos nos volvía realmente locos y lo repetíamos todo el tiempo.
De pronto cuando me volví hacia Junco para comentarle algo ya era demasiado tarde,. estaba confundida en un estrecho abrazo con Pipo y se besaban apasionadamente. Bueno, me habían ganado de mano, así que tratando de no darle importancia seguí hablando con Miguél y Tango y escuchando al grupo californiano.
Pero al rato notamos que el nuevo romance estaba levantando presión, sin duda, porque ya Pipo y Junco se habían quitado los abrigos y rodaban por el piso entre las otras personas. Casi no había espacio para nada, pero ellos rodaban y se estiraban ante la mirada comprensiva de los amigos.. El juego de los besos y los abrazos duró mucho tiempo hasta que se puso verdaderamente candente. Algunos hacían comentarios graciosos, pero a ellos parecía no importarles, hasta que muy naturalmente y como afiebrados, como si hubiesen estado completamente solos comenzaron a sacarse las ropas hasta quedar completamente desnudos.. Después de quitarse los pantalones él se sentó en la posición del loto y cuando ella quedó desnuda buscó refugio entre sus brazos y él la cubrió por completo. Así estuvieron un rato mientras él la contenía y la cubría amorosamente. Las caricias y los besos siguieron avivando el fuego hasta que ella tomando la determinación se sentó en la posición del árbol. La penetración hizo que se arquease hacia atrás en un gesto de placer. Todos seguíamos el desarrollo de la escena un tanto divertidos y con muestras de ternura. Algunos hacían comentarios y otros seguían conversando entre sí sin darle importancia al asunto.
Junco ya estaba meciéndose dulcemente sobre la rama del árbol. Por momentos se abría sin inhibiciones y después se replegaba buscando ocultarse entre los brazos de Pipo. Se miraban extasiados y luego volvían a confundirse en un apretado abrazo.
Del grupo brotaban exclamaciones de placer y expresiones excitantes. Sus movimientos se iban acelerando a medida que aumentaba la excitación. Estaban hermosísimos, desnudos bajo la luz roja envueltos en el humo con la música de los Aviadores... Ella se echó hacia atrás hasta acostarse en el suelo y el la cubrió con su cuerpo. Entonces empezaron a moverse lentamente primero y después en un ritmo cada vez mas acelerado. Ella lo abrazaba y lo rodeaba con sus piernas en tanto el ritmo de las voces y los comentarios del grupo también se iban acelerando hasta que cuando pareció que la pareja se acercaba al orgasmo, alguien gritó:
- ¡Help!
Y todos copadísimos empezamos a gritar:
- ¡Help!... ¡Help!... ¡¡¡Heeeeeeelp!!!... -palmeando acompasadamente hasta que alcanzaron el orgasmo entre risas y aplausos generales.
Después de un breve descanso se incorporaron y se vistieron. Pipo preguntaba:
- ¿Y...qué tal estuve?...
Entonces Miguél le dijo:
- Un poco monótono, siempre lo mismo che, todo para adelante como un camionero...
- ¿Y qué querés, -se defendía Pipo -hay que estar ahí con todos mirándote.
- Si, -dijo Miguél -pero ella en un momento te hizo un pase de piernas que era como para hacerle algunas variaciones...

Desde entonces se llamó "Help" a ese tipo de reuniones donde alguna pareja hacía el amor.
Mario el colorado empezó a repartir unas tarjetas rojas muy lindas con las letras HELP en blanco y todos estábamos de acuerdo en que esas prácticas  era al menos una buena terapia mucho mas efectiva que varios años de psicoanálisis en la costosa clínica del Dr. Fontana.

" H E L P "

G E N E R A C I Ó N     D E S C A R T A B L E

omaragon omarteum: "AMOR DE PRIMAVERA"

omaragon omarteum: "AMOR DE PRIMAVERA": Era una chica muy dulce y de una forma de ser encantadora. Tenía 17 años y nos amabamos de un modo muy "flu". Siempre tenía la mej...